Antíope, hija de Nicteo, regente de Tebas, era una hermosa doncella que no escapó al interés de Zeus, seductor incansable quien para atrapar sus presas femeninas recurría a cualquier ardid, incluso transformarse en algún animal o cosa, desde un toro como lo hiciera para raptar a Europa o una lluvia de oro para bañar a Dánae y poseerla.
Después de que fue poseída por Zeus, Antíope tuvo miedo a la ira de su padre y huyó a la ciudad de Sición. Allí fue acogida por el rey Epopeo, quien le brindó hospitalidad y después la hizo su esposa.
Nicteo, por su parte, se suicidó por la vergüenza de la deshonra y la fuga de su hija, pero antes de quitarse la vida le pidió a Lico, su hermano, que no descansara hasta vengar su honor.
Lico, para cumplir la petición de Nicteo declaró la guerra a Sición. Después de sangrientas batallas los sicionos fueron derrotados y Epopeo asesinado por los vencedores.
Cuando Lico llevaba a Antiopea de regreso a Tebas, la joven alumbró en el camino dos niños varones, a quienes llamó Anfión (que significa “de dos lugares”) y Zeto (cuyo significado es “el que busca”). Pero Lico no permitió que Antiopea se llevara a sus tiernos gemelos, quienes fueron abandonados en el monte Citerón donde los encontró un humilde pero bondadoso pastor, quien se compadeció de los gemelos, los recogió y llevó a su choza para cuidarlos y criarlos como si fuesen sus hijos.
De regreso en Tebas, la desdichada Antíope fue tratada con crueldad por Dirce, su tía política, quien además de esposa del rey Lico era una de las sacerdotisas de Dionisio (Baco en la mitología romana), las que durante las celebraciones religiosas llamadas Dionisias se emborrachaban hasta perder el juicio.
Durante mucho tiempo Antíope estuvo prisionera de Dirce, soportando sus maltratos, hasta que pudo huir de Tebas. La fugitiva tomó el rumbo de Sición —la única otra ciudad que conocía— y de camino pasó por la choza del pastor que había recogido y criado a sus hijos, lo cual sin embargo ella lo ignoraba.
Antíope pidió albergue y comida a los moradores de la choza pero Anfión y Zeto se lo negaron. Ellos creyeron que aquella mujer era una esclava que se había escapado de sus amos, y proteger a los esclavos fugados era un delito que se castigaba severamente.
Pero aún no había abandonado Antíope la cabaña cuando se presentó Dirce y, frenética, se abalanzó sobre la fugitiva, la tomó de los cabellos, la arrastró fuera de la choza y se la llevó de vuelta a Tebas.
En aquel momento el pastor que había criado a Anfión y Zeto les advirtió que tendrían que cuidarse de las Erinias (también llamadas Euménides), divinidades infernales que castigaban algunos crímenes graves, entre otros los que se cometían contra el padre, la madre y los hermanos.
—¿Y por qué nos van a castigar las Erinias?, preguntaron los muchachos.
—Pues porque esa mujer es vuestra madre. Ustedes le negaron protección y ahora ella será sometida a crueles tormentos por su brutal tía. Quizás hasta la asesine.
Los gemelos no pidieron más explicación y salieron en persecución de la malvada que llevaba prisionera a aquella desdichada mujer que ahora ellos sabían que era su madre.
No corrieron mucho para alcanzar a Dirce y rescatar a Antíope. Y cuando la madre estaba a salvo, Anfión y Zeto ataron a Dirce, de los cabellos, a los cuernos de un furioso toro que la arrastró hasta que murió destrozada.
Según la leyenda, en el lugar exacto donde murió Dirce brotó un manantial que fue llamado la Fuente Dircea, a donde llegaban los tebanos para rendir culto a su memoria, pues ella había sido sacerdotisa predilecta de Dionisio.
En otra de las versiones del mito de Antíope y Dirce, se cuenta que Dionisio vengó la dolorosa muerte de su sacerdotisa, haciendo que Antíope enloqueciera y vagara durante largo tiempo por toda Grecia, sin poder detenerse en ninguna parte. Hasta que Foco, nieto de Sísifo, se compadeció de ella y la curó de la locura.
Después de sanarla Foco se casó con Antíope y la llevó a vivir en la Fócida, la región donde se encontraba la ciudad de Delfos con su famoso templo y oráculo de Apolo.
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