Como una muñeca rusa matrioska, que encierra en su interior una, otra y otra sorpresa, o como una estructura de una caja china, cuya historia que leemos está contenida dentro de otra, anterior y más amplia, como lo señala Mario Vargas Llosa en su magistral prólogo del Quijote, así es la novela de Simeón Rizo Castellón: Memorias de lo olvidado. La manera en que está construida es magistral. Empezando en Ciudad Darío, mientras camina una corta distancia el autor inicia a tejer una trama que nos llevará primero a Jinotega, luego a San Juan de Limay, luego a Pueblo Nuevo, El Sauce, León. Y en medio de ese tejido va desgranando los antecedentes de su familia materna: Castellón, remontándose primero hasta la Guerra Nacional, el Ejército del Septentrión, el incendio de Granada y muchas cosas más, llegando en una sola línea hasta situarnos a los tiempos de Fernando VI y Carlos III, en pleno imperio español.
Veintinueve secciones componen la novela, en algún momento puede existir la tendencia de creer que estamos ante una serie de relatos familiares, pero detrás de esa primera impresión, hay una serie de hilos que unen totalmente el diálogo, y lo que tenemos a nuestro alcance es una de las novelas mejor escritas en Nicaragua.
Lo magistral, a mi manera de ver, es que de un simple relato familiar, lleno de su vasta cultura además de ser un trotamundos, Simeón eleva el relato, lo sitúa en otro plano, para insertarlo dentro de la historia patria, llegando a hacernos reflexionar sobre nuestra tragedia como país.
El análisis que hace sobre la Guerra Nacional es sencillamente estremecedor: “Para nosotros los Segovianos, Matagalpinos, Jinoteganos y demás extraños a occidente, no hubo ascenso, ni reconocimiento, menos medallas o compensaciones; para los nuevos gobernantes fueron otros los que hicieron y ganaron la guerra.
Somos inexistentes para Nicaragua, somos fantasmas que bajamos de la montaña para salvar a la Patria, donar nuestra sangre o dejar nuestras riquezas.
El único error en mi criterio de tan certero análisis, es la palabra: occidente, en realidad la que corresponde es “pacífico”. La república conservadora, que es lo que resulta de la Guerra Nacional, fue una estructura de gobierno en donde las dos oligarquías participaron ampliamente. El patriciado granadino y el patriciado leones se insertaron en una sola Constitución, la del 58, para gobernar y explotar a los indígenas, la peonada y la clase artesanal que emergía en esos momentos.
Lo interesante de la novela es recoger el mismo mensaje que su hermano José lanzara para su campaña política, cuando logra coronarse como candidato a la presidencia de la república por el PLC en el año 2006, “el corredor del olvido”, refiriéndose al olvido que por ancestro han sufrido las Segovias y el norte en nuestra vida política.
Si se analiza lo que sucedería mucho después con “la Contra”, el ejército campesino insurreccional más grande que ha tenido América Latina, se verá que lo que describe Simeón es lo que pasó: fueron inexistentes, fueron fantasmas para Nicaragua.
La obra está llena de una fina ironía a todo lo que es el mundo católico. Simeón, egresado del mejor colegio jesuita de Nicaragua, con conocimiento pleno de ese mundo hace alarde de su conocimiento de todos los misterios, devociones, ritos y dogmas de la religión de sus padres.
Para Simeón todos los curas son esencialmente comelones, glotones, seres insatisfechos con su estómago, claro que la cosa cambia cuando se trata del primo de su abuelo, monseñor Pereira y Castellón, relato lleno de imágenes muy dulce producto de la tradición familiar.
La novela nos revela el origen de sus posiciones agnósticas, y del acendrado concepto de libertad, que lo hace incluso ser un defensor ciego de la libertad que tiene el hombre de elegir el momento de su muerte. Quiero destacar una característica más de este libro. Sus constantes latinazos. Leyéndolo, me recuerda aquella anécdota que nos relata Salomón de la Selva en La Ilustre Familia , “que fue llevado por su abuelo ante el padre Remigio Casco, para que le enseñase casi con las primera letras el amor al latín”.
Un gran esfuerzo cultural, ¡hay que leerla!
El autor es abogado.