En cuclillas Emilio López recoge pedazos de tierra que se deshacen entre sus dedos como algodón dulce en la boca. Los terrones que recoge son de una parcela que aró un vecino suyo hace casi tres meses, en mayo, con la esperanza de lograr la “siembra de primera” aquí en áreas rurales de Las Pilas, Villanueva, al norte de Chinandega, donde la cosecha de primera fue un fracaso por falta de lluvia.
Por el resultado de su vecino, cuya tierra sin lluvia se secó, López, de 59 años, todavía no sabe si va a sembrar o no en la mancha de tierra que él tiene en ese sector conocido como San Marcos, a pocos metros de donde pasa el lecho del río Achuapita, que ahora es un camino pedregoso por el que transitan por “turnos” pequeños hatos de reses que beben agua de un charco atrapado entre las piedras al fondo del paisaje.
López recuerda que tras un par de lluvias de junio y una que otra garúa en julio, varios vecinos corrieron a sembrar maíz y trigo, otros adelantaron el arado. Hasta ahí quedaron. No hubo aguaceros. Ni llovió.
Hasta este domingo que “medio brisó” no había caído ni una gota de agua del cielo en esta comarca chinandegana, “Dios es el que sabe cómo hacemos”, comenta Secundino Méndez.
ALQUILAN SUS TIERRAS PARA SIEMBRA DE MANÍ
Lo mismo ha pasado en comunidades que están al pie del volcán Casita, en Posoltega, donde pequeños productores vienen desistiendo de sembrar maíz y alquilan sus tierras para la siembra de maní, un cultivo que después de ciertos años, “lava la tierra”.

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“Después de unos siete años de estarla alquilando, a mi mamá le dijeron que este año no, que su tierra ya no servía para sembrar maní”, cuenta María Auxiliadora Zapata, de 61 años, de Los Zanjones, Sector 3, en Posoltega.
Y parecida es la situación en Rodeo Grande, carretera al municipio de Cinco Pinos, a unos 15 kilómetros al norte de Somotillo, donde Justino Andrade ha comenzado a “picar pozos” para conseguir agua. Eso quiere decir que está cavando pozos más profundos para encontrar agua. “Antes era a unas 12 varas, ahora está como a 15 varas”, dice Andrade asustado y pendiente a la vez del cielo ennegrecido por nubes.
“Hasta ahorita puede ser que llueva” , anota Andrade, quien está viviendo de la venta de cuajadas que hace de la poca leche que le producen las vacas. Dice que el agua es escasa para los humanos y los animales.
LA SEQUÍA, UN TEMA DEL QUE SE HABLA MUCHO
La mañana del lunes en Las Pilas había un grupo de hombres y mujeres reunidos. Estaba negociando con los delegados del alcalde de Villanueva para que tomen en cuenta la reparación de una calle que termina en un hueco enorme que atenta contra la vida de un par de familias.

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Por el tema de la sequía no ha habido reuniones con ningún delegado del Gobierno, pero es un tema del que se habla mucho en esta comarca de tres mil habitantes situada el norte de este municipio chinandegano. “Se están secando los pozos”.
“Se perdió el ajonjolí, el trigo, el maíz”. “No hay pasto para el ganado”. “La gente se está yendo para Costa Rica y Panamá”. Son algunas de las frases que expresan hombres y mujeres cuando se les pregunta cómo los está afectando la sequía.
“Por lo menos el año pasado mirábamos que llovió más, aquí hubo cosecha de postrera”, dice Secundino Méndez, de 59 años, uno de los mayores del grupo que recuerda esta como una de las peores sequías.
“El maíz lo están vendiendo a siete y siete cincuenta”, dice una mujer que está en el grupo. Otro aclara que todavía en la comunidad se consigue a 5.50 la libra de maíz gracias al apoyo de la Asociación Nueva Esperanza, una organización con presencia en la zona.
López cuenta que su único ingreso en este momento lo obtiene por los viajes que hace dentro de la comarca con una yunta de bueyes. Antes de mediodía hizo cuatro viajes de arena y otros materiales y le quedaron 350 córdobas. Después que terminó llevó a los bueyes a “aguar” al recodo de agua que se descubre entre las piedras del Achuapita y luego los dejó “comiendo” en un predio soleado y semidesértico en el que con suerte hallarán algo de zacate.
En Las Pilas los pozos de agua “todavía están altos”, dicen algunos vecinos, pero poco a poco están bajando y saben que bajarán más, si no llueve en estos días. Ayer, al final de la tarde en la zona llovía y tronaba en la zona de Somotillo.
Eva Donaire, de 36 años, está embarazada de seis meses. Va caminando con su hijo de 4 años desde Las Pilas hasta Villanueva. Hace un par de días regresó de Panamá, donde quedó su marido trabajando en construcción. Ella estuvo allá dos años. “Si hubiera sabido que estaba así, no me vengo”, afirma mientras le corre un aro de sudor por las comisuras de la boca.
Donaire trabajó en Panamá dos años como empleada doméstica y se regresó por el embarazo y porque no aguantaba la nostalgia de “la bebé”, su hija de 4 años que estaba al cuidado de una hermana.
GOBIERNO NO APARECE
López asegura que de Las Pilas se han ido “montones” para Guatemala, Panamá y Costa Rica. Sin agua y sin cosecha, ahí no queda mucho por hacer. La gente se va.
A pesar de la desolación que provoca la sequía, hasta este caserío no ha llegado nadie del Gobierno. “Aquí solo vinieron del Marena (Ministerio del Ambiente y los Recursos Naturales) hace tiempo”, comenta Secundino Méndez.
Cuenta que llegaron a dejar semillas y plantas de árboles frutales y maderables para sembrar. “Ideay, pero sin agua se nos están secando”, comenta otro de los hombres. López dice que él ha sembrado algunos genízaros y pochotes y en otra parte de su terreno ha sembrado naranjas y limones. Están sembrados muy cerca de otro terreno donde aplanarán un cuadro para un estadio.
NI PARA “CHAPEADOR” HAY TRABAJO
Con la lluvia los caseríos se avivan. Decenas de hombres salen a buscar trabajo en las parcelas más grandes como “chapeadores”, quienes se encargan de rozar el monte, limpiar la parcela donde se siembra.
Por la finca de María Auxiliadora Zapata pasaron al menos cinco hombres la semana pasada ofreciéndose como “mozos”, pero su marido les dijo que no, porque no hay en qué emplearlos.
En el sector de Los Zanjones, Sector 3, lo único verde que se ve son las matas de maní y soja. “El ganadito va a ponerse flaquito dentro de poco” si no llueve, calcula Zapata, quien vive aquí desde hace 25 años.
Como en otras partes de Chinandega, los ríos y riachuelos que han sido borrados por la deforestación y la sequía, ahora son solo un referente, un camino más por el que circulan carretas, bicicletas y hasta automotores en algunos casos.

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“Para sembrar maíz hay que irse al cerro”, comenta Justo López, de 52 años, originario de Estelí, pero instalado en el sector de la Calle Real, comunidad de Posoltega, hace varios años. López tiene sembrado ocho manzanas y media de caña. Dice que se las vende al ingenio. Aunque la caña se ve amarillenta y pareciera estar marchita, López dice que está en buen estado y que si no crece más se la compran igual para semilla, no pierde.
López que se gana unos pesos como zapatero, servicio que presta a la orilla del plantío de caña. Reconoce que el despale y la siembra de cultivos como maní están acabando con la tierra. “Así queda la tierra después de que se ha ocupado por años para maní”, dice mostrando un puño de arena y piedras.
A López le aflige la falta de agua. Él tiene agua gracias a un pozo, pero reconoce que el líquido cada vez se halla a mayor profundidad. “Este año ha sido peor”, comenta López sobre la sequía.
Y a eso le suma los temblores que no han dejado de sacudir la zona. “Dos veces me han levantado corriendo”, dice sonriendo frente a un paisaje en el que sobresale imponente el volcán San Cristóbal.
TRES MESES SIN LLOVER
“Es poquinga”, dice Justino Andrade sobre la brisa que cayó el domingo en esta zona de Rodeo Grande, comarca que está al norte de Somotillo, una zona seca que está resistiendo la falta de agua.
Andrade dice que la siembra está atrasada y cuando les toque plantar no tendrán más remedio que fertilizar con más agroquímicos los cultivos, para “que medio crezca y esté húmeda la planta”, comenta Andrade.
Saliendo de este caserío se pasa por el río Gallo, del que solo ha quedado una huella ancha de arena. La misma suerte ha corrido El Negro, otro río que recupera algo de caudal cuando los inviernos son copiosos.
Andrade dice que se estaban defendiendo con la venta de ganado hacia Honduras, pero que hasta eso se ha bajado últimamente. “Lo pararon”, afirma y agrega que un ternero se vendía a 9,000 y 10,000 córdobas y ahora cayó hasta 6,000.
Con la venta de animales, de cuajada y lo que vende en una pulpería garantiza el ingreso de diez personas.
La noche del lunes, luego de tres meses de sequía, cayó un aguacero durante la tarde que perduró hasta la noche.
TODAVÍA HAY AGUA
En el caserío de San Marcos, en Las Pilas, las casas tienen agua potable gracias a un proyecto que instaló una organización religiosa estadounidense conocida como Amigos de Cristo. Instalaron una pila y en lo alto de una loma un tanque que almacena el vital líquido.
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