Querida Nicaragua: En muchas ocasiones he tocado el tema de los hombres poderosos. El poder, si no se sabe manejar, pervierte tanto el cuerpo como el alma, pervierte a hombres y pueblos, destruye sistemas democráticos, estados de derecho, justicia, pervierte a los militares a quienes convierte en soldados de una guardia pretoriana, llega un momento en que nadie puede emprender algo libremente porque el funcionario no ha recibido “orientaciones de arriba”.
En estos tiempos, cuando en el mundo hay un desarrollo material extraordinario y abundan los bienes superfluos que el ser humano va convirtiendo en necesarios, el dinero es más apetecido que nunca, y aquí los poderosos llegan al poder como si fuera un botín que se conquista en una batalla.
Por lo general los hombres que llegan al poder se rodean de incondicionales que les ayudan a hacer grandes negocios a expensas del Estado. Así se hacen millonarios tanto el gobernante como sus amigos.
Son rarísimos los presidentes probos y meticulosamente honrados como don Vicente Cuadra, el presidente conservador en 1871, quien gobernó el país cuidando escrupulosamente del tesoro nacional, que, por otra parte era sumamente pobre, pues en esos finales del siglo XIX Nicaragua tenía muy poco desarrollo y había quedado en desgracia luego de la Guerra Nacional contra los filibusteros. Don Vicente es un ejemplo de honradez que lamentablemente no ha sido imitado en los siglos posteriores.
Cada individuo que va llegando al poder, con las naturales excepciones que todos conocemos, queda convertido en un potentado. Y al tener tanto dinero acumulan más poder y no quieren dejar el trono presidencial como en los casos de Zelaya, Somoza y Ortega.
Recuérdese cómo públicamente el general en retiro don Humberto Ortega, declaró que era un hombre de fortuna. Cuando lo entrevistaron en televisión y le hicieron ver su holgura económica, el contestó con toda naturalidad que por supuesto, el no había estado diez años en la Jefatura del Ejército para luego bajar montado en una bicicleta.
Más franco no pudo ser el general. Y la verdad es que todos sus compañeros son hoy en día, hombres con posibilidades y con dinero suficiente para vivir como ricos, algunos de ellos tienen grandes propiedades, fincas de recreo, hermosas casas en las playas, cuentas bancarias, etc. Todos son gente de bien vivir. Algunos entraron en el 79 con una mano adelante y otra atrás, pero hoy tienen mucho dinero.
Esto se llama manejar bien el poder, disfrutar de las mieles del poder.
Y el pobre pueblo sigue debatiéndose entre la pobreza y la miseria extrema. No terminamos de salir de nuestras deudas y cada día nos endeudamos más.
Necesitamos cambiar de actitud. Terminar con la idea de que el poder sirve para mandar y para enriquecerse, para hacer un círculo de incondicionales que terminan siempre fabricando un caudillo, un dictador, un mandamás que quiere seguir en la presidencia para siempre y cuyos amigos lo apoyan porque el poder es también una fuente de riqueza y bienestar para ellos.
Se necesita un nuevo estilo de gobernar para que nuestro pueblo sienta el cambio y pueda disfrutar de los bienes que produce una democracia bien ejercida.
¿Y cómo lo lograremos? Educando a nuestros niños para que sean hombres honestos, de mentalidad diferente. Enseñando valores cívicos, patriotismo, moralidad, buenas costumbres, solidaridad con sus hermanos, cumplimiento del deber, puntualidad y orden.
En muchas universidades se enseñan matemáticas, computación, leyes, medicina, arquitectura, administración de empresas, etc., pero en ninguna se enseña disciplina, puntualidad, orden, amor al trabajo, veneración por la patria. No se les enseña moral ni trato social, ni urbanidad. Cuando bien eduquemos a nuestros niños, saldremos de la plaga de aquellos que se enamoran y se pervierten en el poder pervirtiendo a casi toda la administración pública y a una gran parte de la población. Eduquemos a los niños, es urgente.
El autor es gerente de Radio Corporación. Excandidato a la presidencia de la República en 2011.
Ver en la versión impresa las páginas: 10 A