Su figura es discreta, delicada y perfumada. Es tan menuda que casi pasa inadvertida en medio de las otras tres mujeres que se sientan junto a ella en el muro rojo que rodea el árbol desramado, una especie de Cristo crucificado por el tendido eléctrico que pasa frente a la Joyería Karen, en el sector de la rotonda de Bello Horizonte. El torrente de trompetas y guitarrones de los conjuntos de mariachis que pueblan la rotonda alcanzan a mojar esta acera en la que hay cuatro mujeres plantadas, matando el tiempo charlando, esperando que esta noche tibia se afiance y alguien llegue a contratarlas. Ninguna de las mujeres vive por el sector. Todas vienen de distintas partes de la capital. Algunas incluso son originarias de otros departamentos del país. Una de ellas comenta que es de Chinandega, la otra dice que tiene raíces bluefileñas. Las dos tienen en común que sus familias no saben a lo que se dedican en la capital. La tercera, quien viste de negro completo y usa una moña alta como bailadora de flamenco, enmudece y se aparta del grupo. La mujer menuda dice que es de la capital, del barrio Loma Linda, y que lleva algunos años ejerciendo la prostitución. Ofrece sus nombres y apellidos, pero solicita que solo se usen los segundos: Scarlett Hernández.
Scarlett tiene 32 años, los que disimula con un maquillaje que acentúa la forma almendrada de sus ojos.

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Cuando habla se lleva la mano a la altura de las orejas y acomoda su pelo liso y largo de un negro azabache.
Hace unos años, Scarlett trabajó en la Alcaldía de Managua y estuvo un par de años en una fábrica de la zona franca Las Mercedes, pero hubo un recorte de personal y la despacharon. A ella y a decenas de mujeres más. Buscó trabajo en otras partes y nada. Recientemente fue a dos negocios de comida a buscar trabajo en la cocina, porque siempre ha pensado que esto es temporal, pero no le han avisado nada.
“No tuve más que recurrir a esto”, dice sin rebuscamientos. También recuerda que una amiga le sugirió este trabajo, porque podía recoger para pagar las deudas que tenía. En efecto, con el dinero que recogió salió de deudas y recogió dinero para comprarse un terreno y construir su casa. Scarlett cuenta que es de madera y zinc, pero “ahí puedo pegar cuatro gritos. Es mío”, refiere orgullosa esta mujer que es mamá de dos niñas, de 10 y 8 años.
“Tengo todos mis enseres, mis electrodomésticos”. Ofrece más detalles de su progreso material y dice que en este momento está pagando un televisor plasma de 21 pulgadas y un juego de siete ollas de teflón. Los artículos los sacó de una tienda y en estos días se vence el pago de la cuota.
La conversación se celebra a unos metros de sus demás colegas. Las otras tres mujeres siguen sentadas en el muro rojo casi al borde de la acera. Entre los retumbos de las rancheras que vienen desde la rotonda suenan los cláxones de taxis y carros que disminuyen la velocidad cuando pasan por donde están las mujeres sentadas. Algunos vociferan cosas.
Hace poco pasó un hombre con audífonos, gorra y mochila casi golpeándolas con sus gritos. Asustadas se levantaron y se dispersaron por unos segundos. Scarlett reconoce que aunque entre ellas se protegen, la violencia es uno de los riesgos de trabajar en la calle. Tal vez por eso ella optó por contarle a su familia la verdad.
SIN ESCONDERSE
“Mi familia sabe. Yo creo que es algo que tienen que saber porque si a la hora de llegada me pasa algo malo, saben dónde me pueden ubicar”, comenta esta pequeña mujer, que en las noches en que debe salir deja a una hermana cuidando a sus pequeñas.
“Yo vengo aquí, fijo: jueves, viernes y sábado. De ahí es salteado”. Esta semana Scarlett llegó lunes y estuvo “palmado” y de nuevo el miércoles.

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Esta noche se conformaría con unos mil pesos, dice. Por lo general, cobra el servicio sexual en trescientos pesos.
¿Cuánto, amor? —interrumpe un hombre joven ebrio.
Trescientos —contesta Scarlett escuetamente. Se aparta unos minutos con el hombre, quien detrás tiene a otro. Luego regresa y confirma que no se concretó. Detalla que no aceptan servicios por menos de doscientos pesos. “Uno se arriesga”, explica la mujer, quien por regla no presta ningún tipo de servicio, ni siquiera sexo oral, si no es con preservativos. “A nosotros nos lleva un control el Minsa (Ministerio de Salud)”, agrega.
Scarlett lleva como un mes en el sector de la rotonda de Bello Horizonte, que alterna distintas clases de negocios. Hay pizzerías y restaurantes, supermercados, donde llegan familias, grupos de amigos, parejas, pero también hay bares, discotecas y caramancheles de comida rápida.
En todos los recovecos hay mariachis y tríos ofreciendo canciones a 50 y 100 pesos, mientras que en las aceras más alejadas de la rotonda se ven racimos de mujeres y hombres, con ropa provocativa, que cobran por sexo. Estos grupos han parcelado la calle. Alrededor del parqueo del supermercado y de la parada de la iglesia Pío X, está dominada por travestis. En cambio, las mujeres se dispersan por el frente de Rostipollo, la iglesia Pare de Sufrir y el resto de negocios que cierran por las noches.
CAMBIAR DE ZONA
Antes de venir a Bello Horizonte, Scarlett ofrecía su cuerpo en la zona de Carretera a Masaya. “Allí es mejor. Llega gente de un nivel más alto”, cuenta Scarlett y reconoce que los servicios se cobran un poco más caro. Cuenta que debió salir de ahí porque ha habido varias redadas y problemas con la Policía. Ella, quien nunca ha tenido problemas, decidió cambiar de lugar un tiempo. Y entre Plaza Inter, el Hospital Militar y Bello Horizonte, le pareció más apropiado probar en esta zona. “Aquí la gente está bastante civilizada. No se meten con uno”, explica.
Scarlett, quien viste camisa de jeans sin mangas, falda a cuadros corta y sandalias plateadas, aclara que no es así como sale de su casa. Cuando abandona su vecindario viene en pantalón y luego, detrás de una caseta de vigilantes, transforma su atuendo y se maquilla.
Para Scarlett lo más duro es el desvelo. Aun agotada, al día siguiente se levanta para hacer los quehaceres de su casa: lavar, cocinar, planchar.
Le gustaría cambiar de trabajo. Le gustaría hallar uno que compensara sus ingresos actuales (en una semana puede rondar los tres mil pesos). Sabe que es difícil. Dice que tiene un novio, quien es generoso y le ha propuesto montar un negocio. Están en eso. Les falta capital. Tampoco pierde la esperanza de que la llamen de algún lugar donde ha metido papeles.
“Esta vida de desvelo cansa. Cada noche es una arruga más”, manifiesta Scarlett, quien cuatro años después de amanecer en las calles, no se resigna a dejar sus días en las noches de Bello Horizonte.
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