A propósito de los recientes, y desafortunados, incidentes en un preescolar de Managua ha resurgido el debate sobre la forma más apropiada para castigar a los hijos. Hay algunos que incluso se atreven a ver dos bandos: los defensores de la faja y sus detractores. ¿En cuál bando se apunta usted?
Hay quienes se atreven a afirmar que quienes defienden el castigo físico son padres más estrictos, mientras que los que privilegian otra forma de castigo son padres de “manga ancha” o muy complacientes con sus hijos. Afortunadamente, el tema es mucho más amplio porque se trata de educación.
Para ejercer una profesión las personas dedicamos en promedio cuatro años de estudio que, en principio, nos harán aptos para cumplir satisfactoriamente las tareas requeridas para un puesto de trabajo y hacernos merecedores de una retribución proporcional. Paradójicamente, para educar a los hijos los padres no siguen ese proceso de formación.
Es común encontrarse con padres que se excusan en la frase “nadie te enseña a ser padre o madre” o en el “yo educo a mis hijos como me educaron a mí”. Este sería el camino más fácil para huir de la obligación de querer formarse para educar a sus hijos como deben.
La educación de los hijos es un derecho irrenunciable y responsabilidad fundamental de los padres, tarea que solo es delegada, en parte, a las instituciones educativas que han elegido para dar continuidad a la estrategia educativa que los cónyuges han establecido.
La escuela es únicamente el complemento educativo, quienes deben trazar el proyecto educativo de sus hijos son los padres y no el currículo escolar o el personal docente. Para esto los padres deberán responderse ¿qué quiero para mis hijos? ¿Cómo los quiero educar?
Pero entonces ¿violencia física o no? ¿Cómo se debe castigar?
En primer lugar, se educa en positivo. El castigo o cualquier otra acción correctiva debe estar encaminada a ser formativa y no represiva. De esta forma el efecto producido por el castigo es la formación de la conciencia, la adquisición de las virtudes y no una marca de faja en las piernas o en la espalda.
Es un tema de autoridad. Si la autoridad de los padres está sostenida en la violencia física, se encuentra en una situación que solo lo aventajará cuando sus hijos sean más débiles que él. Si su autoridad reside en la referencia moral será respetado siempre.
Las acciones correctivas no deben ser improvisadas, han de ser discutidas y preparadas por los padres de acuerdo a la personalidad, características y edades de los hijos. ¡Ah, pero es tan fácil hacerse con la chinela o con el manotazo en vez de educar con la cabeza!
¿Qué pasa con los niños que solo obedecen por miedo a los golpes? ¿Qué solo estudian bajo amenazas? Pues que solo trabajan cuando el jefe está cerca, que se roban cosas de la oficina porque no hay cámaras que los ven y peor aún: que educan así, porque así me educaron a mí.
Es necesario que los padres asuman el papel irrenunciable que les compete en la educación de los hijos, pero que lo hagan siendo conscientes de que requieren formación como padres. Nadie nace sabiendo cómo serlo, pero se puede aprender a serlo.
El autor es consultor en Educación
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