«Se va a hacer Nuevo Apawás, se va a hacer nuevecito. Si tiene nueve iglesias, se van a hacer las nueve iglesias, el edificio de la Policía, un hospitalito, un centro comercial, colegios. Podremos ir a pasar unos días allí durante el año». Emilio Rappaccioli, exministro de Energía y Minas, en entrevista a medio oficialista, 25 de marzo de 2014
La casa de Adelayda Díaz Méndez es la primera que se observa al entrar a Apawás. Luego de más de una hora de trayecto en bote, desde San Pedro del Norte río abajo, el pequeño atracadero del caserío recibe a los viajeros, generalmente comerciantes que van de paso a otras comunidades o habitantes del lugar que vienen o van a San Pedro del Norte. La casa de doña Adelayda está subiendo unas empinadas escaleras, justo al inicio de la vía principal de Apawás, una calle de tierra con varios comercios.
En septiembre los productores decidieron negociar con la empresa, sin obtener resultados positivos, pues a inicios de octubre le dieron un ultimátum a CHN: o pagaban por las fincas el 15 de ese mes o no había presa. En noviembre Roberto Abreu, gerente general de Centrales Hidroeléctricas de Nicaragua (CHN), presentó “avances” de Tumarín sin referirse al tema de las tierras y luego, el 17 de diciembre del año pasado, inversionistas brasileños de CHN anunciaron que el 97 por ciento del territorio para la represa ya estaban pagados y a inicios de enero de 2015, el embajador de Brasil en Nicaragua, Luiz Felipe Mendonça, declaró a medios oficialistas que ya se había completado la adquisición de los terrenos.
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Apawás pronto dejará de existir. El agua del río Grande de Matagalpa, movida por la central hidroeléctrica Tumarín, lo va a inundar y sus aproximadamente 450 habitantes deberán reubicarse en otra parte. Será solo una parte de las 1,635 personas que requerirán reubicación, según datos del estudio de impactos y plan de manejo socioambiental presentado en 2013 por Centrales Hidroeléctricas de Nicaragua (CHN), empresa concesionaria del proyecto.
Pero Adelayda no sabe dónde estará su nueva casa. “Nos dijeron que vamos para otro lado, dicen que es para San Miguel. Yo les dije a ellos (CHN) que hasta que me tuvieran en el Nuevo Apawás me iban a sacar de aquí, que no les entregaba hasta que ellos me digan: Adelayda andate, ya está tu casa, así sí me voy porque así me dijeron desde un comienzo”, sin embargo el futuro está marcado en las paredes de madera de las casas y comercios de Apawás, donde se observa una frase escrita con spray de color azul: “Elegible a reasentamiento” y debajo el logo y las iniciales de CHN.
“En el caso de los pobladores tenemos un período de aproximadamente dos años, hasta 17 de diciembre de 2017 (para desalojar), pero en el caso de los que están alquilando dicen que tienen seis meses, los tramos que están en la calle tienen seis meses para desalojar”, explica José Francisco Alemán, presidente de los pastores evangélicos de la comunidad de Apawás, quien también asegura que “mientras no nos entreguen una casa no vamos a abandonar ni aunque ellos (CHN) nos digan sálganse, ya estamos organizados con la población”.
“HASTA NO VER, NO CREER”
Apawás es un pueblo pequeño, pero muy religioso: hay siete iglesias, incluyendo una católica que, según lo que saben los pobladores, será construida en el Nuevo Apawás, el pueblo prometido por CHN y el Gobierno, aunque Alemán afirma que hay “un problemita”, ya que en el contrato realizado por CHN “salen los templos, pero no las casas pastorales y yo les reclamaba a ellos (CHN) porque decían que siempre nos van a reponer la casa pastoral, pero un contrato no es así: yo le vendo una casa a usted y yo voy a recibir lo que dice el documento y si el documento no dice que hay una pastoral, ¿cómo la van a construir allá? y lo mismo pasa con el colegio, salen dos aulas y son cuatro”, comenta preocupado.
Otro punto de incertidumbre es que la gente no sabe dónde iniciará su nueva vida. El pastor dice que quiere ver dónde va a ser su nueva casa. “Nos enseñaron un mapa aproximadamente donde va a ser, pero no hemos ido. Ellos (CHN) nos dicen: confíen en nosotros y está bien, yo confío en ustedes, pero hay un dicho popular: hasta no ver, no creer y hasta que yo vea la casa que nos dan, entonces yo sí voy a desalojar”.
Hasta el momento Alemán solo sabe que “la casa va a ser al otro lado del río, el lugar se llama Boca de Piedra, entre San Miguel y El Coco, pero lo que nosotros les pedimos a ellos (CHN) es que nos lleven a ver el terreno, tenemos el reclamo y la protesta, queremos ver la longitud del terreno, a ver si está de acuerdo con los documentos, un ejemplo, la iglesia está en la calle central y nosotros demandamos de igual manera que se reubique como está acá”.
LA PRENSA buscó la versión del equipo de CHN en Apawás, pero Josefina Ocanto, coordinadora de medios socioeconómicos del proyecto Tumarín, dijo que no estaba autorizada para dar declaraciones, pues la orden debe proceder de la oficina de la empresa en Managua. LA PRENSA también solicitó una entrevista a la sede de CHN en la capital desde la semana pasada, pero no hubo respuesta.
EXILIO EN PALPUNTA

LAPRENSA/J.TORRES
Quince kilómetros río abajo, después de Apawás, se encuentra Palpunta, el sitio donde se ubicará Tumarín y donde Centrales Hidroeléctricas de Nicaragua (CHN) levantó el primer campamento provisional que ahora es una casa de madera y bambú levantada sobre pilotes en la cima de un cerro, desde donde se observa el río Grande, será hasta aquí donde llegue la carretera que nacerá en San Pedro del Norte y una a ese poblado con la hidroeléctrica.
Rosa Emilia Rocha, su esposo Gabino Rugama y sus cinco hijos hasta ayer fueron vecinos del campamento, pues el miércoles pasado, 21 de enero, les notificaron que el martes siguiente deberían desalojar las tierras que CHN les había comprado. “Nosotros les dijimos que si nos dejaban 15 días más y nos dijeron que no, que no podían, que esa es la fecha. Hoy miércoles hablaron con nosotros”, contó.
Desde su máquina de coser, Rocha comentó que la finca que vendieron a CHN era de 80 manzanas, “pero en la medida que ellos hicieron dijeron que eran 60 y eso nos pagaron, 60 manzanas y ahora donde compramos, compramos apenas 28 porque la gente ya está dando caro, además que teníamos que hacer la casa de nuevo y ahí no hay dónde trabajar, es potrero”. La nueva vivienda estará a 15 minutos caminando desde la que era su casa.
En los terrenos que fueron suyos la familia Rugama Rocha dejará su guineal y la tierra fértil donde sembraban maíz, frijoles, arroz y yuca, y junto a ellos aproximadamente 20 familias más también tendrán que reubicarse y, según doña Rosa, “solo algunos tienen lista la casa, otros no y dicen que van a hacer campamentos de plástico”. La urgencia del desalojo es porque “la carretera ya viene cerca”.

LAPRENSA/J.TORRES
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