Los griegos de la antigüedad creían que quienes morían jóvenes era porque los dioses los amaban. “Aquellos a quienes los dioses aman mueren jóvenes”, es una sentencia de Menandro, autor griego de comedias del siglo III antes de Cristo. Mientras que Plauto, también autor teatral, pero latino, expresó igualmente que “aquel a quien los dioses favorecen muere joven, mientras goza de salud y conserva sus sentidos y su juicio sanos”.
Estudiosos de la mitología consideran que esa creencia derivaba del mito de Trofonio y Agamedes, hermanos gemelos que construyeron un magnífico umbral para el templo de Apolo en la ciudad de Delfos.
Tan satisfecho quedó Apolo por la obra de Trofonio y Agamedes, que por medio de su oráculo les mandó a que durante seis días gozaran los placeres de la vida intensamente, ofreciéndoles que al final serían recompensados con lo más preciado que los dioses pueden dar a los mortales.
Los gemelos cumplieron la recomendación del oráculo de Apolo y al final del sexto día, después de disfrutar plenamente los placeres mundanos, estaban exhaustos. Pero los dominaba la excitación y no podían conciliar el sueño por la expectativa del premio que Apolo les iba a conceder. ¿Sería acaso la inmortalidad, privilegio de los dioses?
Esperaban que así fuese, pero disfrutarían lo que Apolo tuviese a bien concederles.
A la mañana siguiente Trofonio y Agamedes fueron encontrados muertos en sus lechos. Y se interpretó que el sentido de aquel premio divino, era que la persona que muere se libera del ego, del apego a las satisfacciones banales y, sobre todo, se libera del sufrimiento, de las enfermedades y los achaques propios de la vejez. Y porque la persona que muere joven temprano es llevada a disfrutar las delicias de la otra vida.
Pero no solo al mito de Trofonio y Agamedes se le atribuye el origen de la creencia de que quienes mueren jóvenes son amados por los dioses. Con esa creencia se vincula también el mito de los hermanos Cleobis y Bitón.
Cleobis y Bitón eran hijos de Cídipe, sacerdotisa de Hera, la diosa madre del Olimpo. Ellos vivían felices, nada los perturbaba, todo lo bueno y malo de la vida lo aceptaban de buena manera, no ambicionaban nada que no pudieran tener, no los carcomía la envidia ni los asediaban las insidias.
Un día Cídipe tenía que ir a la ciudad de Argos para participar en la festividad anual de Hera. Como solían hacerlo, Cleobis y Bitón acompañaron a su madre. Iban en una carreta halada por dos bueyes pero a medio camino las bestias se detuvieron súbitamente y no hubo manera de obligarlas a seguir la marcha.
Pero Cídipe tenía la obligación de participar en la celebración del culto de Hera. Entonces, para ayudar a su madre Cleobis y Bitón tomaron los lugares de los bueyes, se uncieron ellos mismos a la carreta y la halaron hasta llevarla a Argos, justo a tiempo para que la madre cumpliera su deber religioso.
Enternecida por aquella demostración de amor de sus hijos, Cídipe pidió a la diosa Hera que premiara el gesto de Cleobis y Bitón dándoles el regalo más preciado que los dioses pudieran conceder a los mortales.
Los muchachos estaban exhaustos después de correr un largo trecho halando la carreta para que la madre no faltara a su obligación sacerdotal con la divina Hera. De manera que se tendieron en el suelo, dentro de una cueva, y se durmieron profundamente.
Pasaba el tiempo y los hermanos no despertaban. Cansada de esperarlos, Cídipe fue a buscarlos. Llegó la madre al lugar donde sus jóvenes hijos parecían dormir pero en realidad estaban muertos.
Pero Cídipe no lloró por la muerte de sus hijos. Entendió que el premio que Hera le había dado a Cleobis y Bitón era llevarlos a los Campos Elíseos, el lugar maravilloso a donde iban las almas de los heroes y personas virtuosas que por sus buenas obras en vida se ganaban el derecho de “pasar la eternidad en una existencia dichosa y feliz, en medio de paisajes verdes y floridos”.
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