Amalia Morales
Despunta la tarde sin intenciones de lluvia y tres mujeres se encierran en la cabina fría de una radio en el viejo barrio de Bolonia, en Managua. Van a escuchar y comentar la historia de otra mujer que no está en la emisora, pero que vive en alguna parte del país. A veces a esa otra mujer le pegan, le gritan, es víctima de algún tipo de abuso.
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El programa se transmitía de nueve a diez de la noche. Se acabó y no hubo presupuesto para producir libretos nacionales, hasta tiempo después que consiguieron financiamiento del Ayuntamiento de Zaragoza.
“La gente se adaptó rápidamente”, dice Rotsen López, una de las conductoras que también es reportera de esa emisora.
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Silvio Sirias, máster en comunicación y profesor de radio en la Universidad Centroamericana (UCA), dice que recrear historias que la gente ha vivido crea identificación entre los oyentes y “provoca una conversación interna” que puede generar “un cambio de comportamiento individual”.
Sirias recuerda que la historia dramática se utiliza mucho en radios de Suramérica, y en el caso de Nicaragua, también recurren a ese formato programas como Onda Local, que se transmite los viernes en radio La Primerísima, y emisoras como Palabra de Mujer en Paiwas, o la Voz de Matagalpa, y una radio en Camoapa. El uso de este género —explica Sirias— funciona y “trae resultados positivos, porque ayuda a entender mejor la temática y a sensibilizar”.
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Hoy viernes se cuenta la historia de Julieta, una mujer joven que trabaja y que con su sueldo sostiene a una familia numerosa. No gana mal, pero le toca invertir su salario en su sobrina, su mamá, y en costear los estudios de un hermano. Por su cuenta corre el gasto de comida y los servicios de la casa. Ella asume todo. No le queda ni un peso para comprarse un calzón, se queja Julieta con una colega de oficina, a la que al final de su relato le ruega discreción, le recuerda que le contó sus penurias “en confianza”.
Se oye una breve transición musical. El controlista, al otro lado de un vidrio grueso, les hace señas a las tres mujeres que hay llamadas de los oyentes. El trío está distribuido alrededor de una mesa media luna. Hay computadoras portátiles abiertas encima de la mesa. Suenan teléfonos convencionales y aparatos celulares. Entran llamadas y mensajes por chat en reacción a la historia de Julieta que acaban de escuchar por La Primerísima.
Algunos de los que llaman son hombres que se conmueven con la historia de Julieta. Una de las locutoras, Rotsen López, dice que el 60 por ciento de los que llaman al programa son hombres.
También llaman mujeres identificadas que cuentan su historia.
“Soy una trabajadora de Zona Franca, y ese caso viene pasando como me pasó a mí hace tiempo. Soy la única hija mujer, son seis varones los que mi mama tuvo… mis hermanos se aprovechaban de mí, cuando yo salía del trabajo no hallaba comida y la que ponía todo mi pago era yo. Yo no soy casada tengo 30 años… Ese caso que ella está pasando me pasó a mí”, expone la voz de mujer que ha insistido en que trabaja en una Zona Franca.
“Amiga, una pregunta, ¿cómo resolvió esa situación, usted?, ¿y cuál era la situación de sus hermanos? A diferencia de la suya, por ejemplo, cómo se comportaban en la casa?, pregunta Abigail Hernández, gesticulando como si tuviera enfrente a la oyente.
“Mis hermanos se comían todo lo que yo compraba, no me dejaban nada, ellos solo son tomar”.
En la cabina, frente a Abigail Hernández está María Zulema Bustamante, una veterana de la radio en este país, y en medio de ellas, Rotsen López, la tercera conductora del programa Mujeres en conflicto, un programa radial que comenzó a transmitirse por esta emisora en el 2009.
“Gracias, hay otro llamada, adelante amiga, buenas tardes”.
“Es increíble que dentro del trío de ustedes, haya dos personas, a excepción de Rotsen, que tienen un odio visceral hacia los hombres…”, dice otro oyente que en seguida da ejemplos familiares de parientes que han abandonado a sus hijos. En la cabina, las locutoras aludidas se revuelven y quieren explicar al oyente su postura.
“Cada vez que se habla del abuso sicológico, el abuso verbal y físico que sufrimos las mujeres en esta sociedad, inmediatamente salen los objetivos, o que la mujer que dice que no es justo, se dice que hay un odio visceral de por medio, y no nos damos cuenta que eso es parte de la campaña para decir que la mujer que se rebela ante el sistema es una bruja que está en contra de los hombres. Y yo no tengo nada en contra de los hombres, y prueba de que no tengo nada es que trabajo en este tema, porque quiero que las costumbres y la educación en este país cambien”, dice Abigail.
CAMBIO DE HISTORIA
Pero la polémica se abre en el programa cuando otra oyente llama y expone que ella tiene un sobrino al que mantiene. Que el muchacho no quiere ni trabajar, no quiere hacer nada. Los oyentes ofrecen desde medidas radicales como sacarlo de la casa y mandarlo a trabajar.
Por un momento, la atención en la historia de Julieta se decanta por la historia que soltó la oyente del “sobrino mantenido”. Las tres locutoras comienzan a especular en cómo resolverían ese dilema expuesto por la oyente. Todas coinciden en que lo mandarían a trabajar, a estudiar o por lo menos le encargarían los quehaceres domésticos.
Retoman el hilo del programa del día y ponen al aire una de las posibles soluciones al drama de Julieta. El controlista pone al aire un fragmento dramatizado que se graba previo al programa y que es una de las tres salidas al conflicto de esta tarde.
—Me da pena pero no voy a seguir pagándote la universidad —dice Julieta—, el personaje central de la historia.
—Ah, no me vas a seguir ayudando —reclama con enfado el hermano de Julieta.
—¿Por qué voy a seguir de tonta? —pregunta hastiada Julieta.
—Si entré a la universidad fue porque vos me enganchaste —dice el hermano molesto.
—Ese es tu problema. Mi mama se enfermó cuando yo estaba en la universidad y me tocó trabajar para costearme mis estudios —le responde la hermana.
—Qué ingrata que sos Julieta —dice al final el hermano.
—Estoy cansada de que me exploten. Ya no puedo seguir con esta carga. Y ¿sabés qué? Estoy trabajando —cuelga el teléfono Julieta.
Los comentarios vuelven en la cabina. Las llamadas. Los chat. Rotsen dice que hay gente que se confiesa más por chat que a través del teléfono.
A veces acaba el programa, las locutoras se van, y aún en la calle, cuando suben a un taxi, o hacen alguna gestión, y el taxista que las lleva o que las atiende reconoce su voz, sigue el debate sobre los conflictos.
Hernández recuerda que una vez un taxista le lloró y le confió que no pudo seguir escuchando el programa cuando dramatizaron un caso de abuso sexual.
Cabe decir que las tres locutoras son las mismas que radiodramatizan las historias.
Las tres se consideran feministas a su manera, pero sobre todo insisten en que a través del programa no buscan conflictos sino tolerancia, respeto y que prevalezca la justicia entre las mujeres.
“Estas son las bases para lograr un cambio”, dice María Zulema Bustamante, de 68 años, quien es la mayor de las tres conductoras y convive con una nieta de 12 años. “Mi nieta es la mujer del siglo 21”, afirma.
“Necesitamos media hora más de programa”, dice al aire López, con las manos elevadas. De dos a tres de la tarde hay un vendaval de llamadas, chats y ganas —casi incontenibles— de sus colegas de intervenir con comentarios, de buscar salidas al problema de la Julieta del programa que le sirvan al otras Julietas que andan por ahí.
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