AGENCIAS
Mientras el gobierno de Estados Unidos se apresta a atacar a Siria en castigo por presuntos ataques con armas químicas a su propio pueblo, y que según la oposición dejó 1,500 muertos el miércoles 21 de agosto, ya abundan las preguntas sobre el posible desenlace. El ataque está supeditado a los resultados de una investigación que presenta hoy la ONU sobre el uso de armas químicas por parte del Ejército sirio.
Especialistas en seguridad nacional, incluso algunos funcionarios, se preguntan cómo un ataque limitado afectará realmente al presidente Bashar al Asad: ¿lo ablandará o, por el contrario, lo endurecerá en su posición? Y no está claro hasta qué punto una operación militar ayudaría a la acosada y dividida oposición siria o reduciría los temores de que un eventual régimen de rebeldes intransigentes no sea favorable a Estados Unidos.
Una operación acotada y a corto plazo podría ser una solución de compromiso entre un alto mando militar renuente a intervenir en una guerra civil y una Casa Blanca resuelta a demostrar que Obama hablaba en serio cuando en 2012 manifestó que emplear armas químicas significaría cruzar una “línea roja”. El objetivo mayor es causarle tales daños a las fuerzas armadas y el armamento del gobierno sirio, que le resultará difícil realizar nuevos ataques con armas químicas y obligará a Asad a pensarlo dos veces antes de volver a usarlas.
El primer temor sería de una represalia por parte de Bashar al Asad y que miles de sirios se lancen a cruzar las fronteras a Turquía y Jordania.
El desconocimiento sobre el alcance y las características del ataque impide aventurar sus consecuencias, pero su inminencia ha forzado a los gobiernos a adoptar una posición pública que va desde el apoyo sin fisuras a la intervención hasta las amenazas vertidas por los aliados del régimen de Asad.
Entre esos dos extremos, un número de países, sobre todo vecinos de Siria, temen las consecuencias de un estallido de la violencia en toda la región, por lo que adoptan una posición intermedia, en principio poco proclive a una intervención armada extranjera.
El presidente de Irán, Hasán Ruhani, expresó el jueves que este país se empeñará en impedir una acción militar contra el régimen sirio, durante una conversación con su homólogo de Rusia Vladimir Putin, reportó la televisora estatal iraní. Ruhani agregó que la intervención militar extranjera “tendrá un alto costo para la región”.
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Ante la inminencia de la acción militar se han multiplicado los debates sobre qué espera lograr Washington y si una campaña acotada —de algunas horas o un par de días— ayudaría al objetivo de derrocar a Asad u obligar a Siria a adoptar formas de gobierno más democráticas. El gobierno dice que sus objetivos no son demasiado ambiciosos. “Las opciones que estudiamos no incluyen un cambio de régimen”, expresó el vocero de la Casa Blanca, Jay Carney.
Anthony Cordesman, especialista en seguridad nacional del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales, duda de que una medida militar estadounidense tenga consecuencias duraderas. “Uno puede alcanzar blancos de valor político y de valor militar”, manifestó. “Pero eso no determina el desenlace ni brinda seguridad a la gente, y por cierto que no le impide a Asad seguir adelante. Al fin y al cabo, se parece más a ganar una pelea en el patio de la escuela que a lograr algo de importancia estratégica”.
EMPODERARÍAN A EXTREMISTAS
Uno de los principales detractores es el militar de mayor graduación, general Martin Dempsey, jefe del Estado Mayor Conjunto, quien expresó su renuencia en una carta al senador Carl Levin, presidente de la Comisión de las Fuerzas Armadas de la cámara alta. Dempsey indicó que los ataques militares podrían ayudar a la oposición y presionar a Asad, pero añadió que la última década de guerras en Irak y Afganistán demuestra que “no basta alterar el equilibrio de poder militar sin tener cuidadosamente en cuenta lo que se necesita para mantener un estado en funcionamiento”.
Advirtió que si se derrumba el gobierno sin que exista una oposición capaz de reemplazarlo, “podríamos sin quererlo empoderar a extremistas o desatar justamente las armas químicas que tratamos de controlar”. Dempsey señaló que una operación limitada requeriría cientos de ataques misilísticos a la defensa aérea, los sistemas armamentistas, las instalaciones militares y centros de mando; de acuerdo con la duración del ataque y la cantidad de elementos navales y aéreos utilizados, el costo podría ascender a miles de millones de dólares.
Christopher Griffin, director ejecutivo del instituto Foreign Policy Initiative con sede en Washington, puso en duda la prudencia de lanzar una operación acotada para castigar a Asad. “Una operación militar emprendida con el solo fin de enviar un mensaje enviaría el mensaje equivocado”, dijo Griffin. Socavaría tanto la política explícita del presidente de que Asad debe caer como la intención explícita del gobierno de colaborar con una oposición moderada”.
El mismo analista y otros aluden al anuncio que hizo Obama hace algunas semanas, de que EE. UU. enviaría diversas armas a los rebeldes sirios. Hasta el momento, según funcionarios consultados, no se han entregado armas. Los ataques militares, dijo Griffin, deben ser “parte de una estrategia más amplia para obligar a Asad a renunciar, crear una oposición moderada con la cual podamos trabajar y preparar el futuro de Siria”.
ARMAR A REBELDES
Richard Haass, presidente del Consejo de Relaciones Exteriores, señaló que entregar armas “significativas” a los rebeldes sería la mejor manera de prefigurar el campo de batalla y afectar el desenlace en Siria. “Creo que los ataques, con solo ocurrir, constituyen un éxito en sentido estrecho”, dijo Haass. “Les demuestra que no pueden usar esas armas y salirse con la suya. Si los sirios siguen masacrando —y yo creo que probablemente lo harían— a sus conciudadanos a medida que se prolonga la guerra civil, Estados Unidos tiene otros medios para contrarrestarlo en lugar de la participación militar directa. Por eso he argumentado y seguiré argumentando a favor de armar a la oposición”.
“El presidente Obama usó esos términos —línea roja— hace poco más de un año”, expresó Michael Rubin, del American Enterprise Institute. “Si uno traza una línea en la arena y permite que el adversario la cruce, eso no solo es cuestión de confianza en Siria, es algo que verán los norcoreanos, los iraníes y posiblemente otros malhechores alrededor del mundo. El concepto del ataque simbólico es afirmar que ‘no puedes cruzar esa raya’”.

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