Amalia Morales
Lo que pasa en El Zapote, parece cuento, pero no lo es.
Un día, a mediados de junio, la población de esa comunidad remota a 203 kilómetros de Managua y a orillas del río Oyate, que sobrevive de la ganadería, se entera a través de los periódicos revisados por internet, y otro tanto por la televisión nacional, de una idea, un megaproyecto que se fragua en Managua, la capital. El Gobierno ha anunciado —y la Asamblea lo ha aprobado por ley—, la construcción de un canal interoceánico que va a sacar al país de su pobreza histórica. El canal lo hará un empresario de China, país conocido por ser el mayor productor de fertilizantes en el mundo.
Pero la verdadera aflicción de los habitantes de El Zapote, caserío de unas 72 o 75 familias, donde los niños reciben clases un día sí y otro no porque faltan los maestros, comienza cuando descubren, por las mismas vías, los periódicos revisados por internet, y otro tanto por la televisión nacional, que la posible ruta de ese quimérico canal podría ser por el río Oyate, esa raya de agua quebradiza en el mapa que está a 500 metros del caserío y los distingue de ser un Zapote más —abundan los caseríos con ese nombre— perdido en los recovecos de la geografía nacional.
Podría ser ficción, pero no lo es. La ruta del canal, por ese río, acaba de confirmarse.
El Oyate ejerce como frontera entre dos departamentos al sureste del país, Chontales y Río San Juan, o bien, entre los municipios de Acoyapa y Morrito.
Pero el Oyate es más que eso para los zapoteños. Sus aguas, que después de que las revuelve la lluvia lucen un color chocolate, ayudan a sostener la ganadería, pilar de la economía local. Del río beben las vacas y se riega el pasto de las fincas que reverdecen a su alrededor.
La gente teme que el monumental proyecto, del que ninguna autoridad les ha llegado a aclarar dudas, los saque de allí y acabe con sus rutinas de cada día, que han sido las mismas en las últimas tres décadas.
LA LECHE DE CADA DÍA
Una mañana, a fines de julio, Ronald González va del caserío a la finca. Viene de entregar los 50 litros de leche que le dieron sus vacas, al otro lado del puente moribundo por donde no se atreven a pasar las camionetas de los compradores. Entre las siete y ocho de la mañana ocurre el encuentro. Llegan a caballo los ganaderos con sus pichingas y los compradores con sus bidones en camioneta que pagan el litro de leche a 7 córdobas con 50 centavos. Después de la transacción, que más o menos se repite diario con la variante de precio en verano, González regresa a su finca, esta vez para desparasitar terneros.
“Se oye la bulla del canal. Y hay gente preocupada por eso. Algunos quieren vender y buscar dónde irse. Hay un señor de allí que vendió”, dice apuntando con el dedo hacia la izquierda, pero aclara que vendió antes de la “bulla”.
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DE LA BULLA A LA VENTA

“Ahora nadie quiere comprar”, dice más luego María Auxiliadora Mendoza, habitante de una de las primeras casas viniendo del río. En el caserío hay una que otra casa desocupada, con las paredes pintadas de un “se vende” y un número de celular a la par.
Las habladurías van y vienen en los pocos espacios públicos del caserío.
En la pulpería de Tania Morales, tal vez el comercio más grande del caserío, el tema es recurrente.
“Aquí queríamos hacer un baño, pero nos hemos detenido porque si eso lo hacen, pues lo vamos a perder”, dice Morales quien convive con mujeres (su mamá, sus dos hijas y una muchacha que le ayuda en el negocio) mientras su esposo vende afuera.
El temor de Morales no es infundado. En El Zapote, donde no ha llegado ninguna autoridad a hablar del tema, la gente afirma que de concretarse el proyecto del canal se tragaría tres millas de lotes a su alrededor. “Se llevaría a todo El Zapote”, dice Mendoza.
Sin embargo, la “ley especial para el desarrollo de infraestructura y transporte Nicaragüense atingente a el canal, Zona de libre comercio e infraestructuras asociadas”, aprobada en junio, con 61 a favor y 25 en contra, no determina el área a expropiar.
Tampoco dejó definida la ruta. En proyectos anteriores se han planteado seis posibilidades, pero tres se han descartado. Edén Pastora, delegado para el proyecto del dragado en el río San Juan, ha descartado el paso por el San Juan.
Parece que la desinformación, que trae consigo trazos de ficción, comienza en la ley y en las autoridades.
Algunos diputados opositores que han recorrido distintas zonas del país, han apuntado lo mismo: hay desinformación con el megaproyecto que promete cambiar el rumbo económico del país.

En el caso de El Zapote, la desinformación provoca confusión y especulación. Los comunitarios creen que si se descarta la ruta por el San Juan, cobra fuerza cualquiera de las rutas que marcan su paso por el Oyate, al otro lado del lago Cocibolca, donde, según el recorrido, empalma con los ríos Rama y Escondido, como se confirmó ayer.
“El lago debe estar como a unos 15 kilómetros. Cuidado menos. Si está cerquita”, dice Oscar Gutiérrez, otro ganadero de El Zapote, quien oye la conversación con Mendoza, montado en su caballo.
“Hombre, estamos enredados con esto del canal, pero voy a esperar. Hasta no ver”, dice Gutiérrez sin acabar la frase.
El ganadero cuenta que está trabajando con normalidad sus fincas. Cuenta que esta es época de chapear (cortar) y sembrar pasto para el ganado.
Esa tranquilidad no la tienen otros ganaderos, según Mendoza, quien asegura que algunos están dejando “sucias” las fincas antes de hacerle mejoras. Entre ellos menciona al ganadero Hollman Marín, dueño de una finca de 1,700 manzanas y unas tres mil varas de río.
Marín, contactado vía telefónica, niega y dice que todo está normal en su propiedad. “A mí no me han notificado nada de las posibles rutas”.
Y, contrario al sentimiento que recorre a la gente de El Zapote, Marín celebra la realización de la obra. “Considero que sería un beneficio para la ciudadanía”, dice.
Varias veces se llamó a teléfonos convencionales y celular al alcalde de Acoyapa, Armando Chavarría, pero tampoco respondió las llamadas.

Esa mañana de julio, antes de desparasitar a los terneros de sus diez vacas paridas, Ronald González, recorre un tramo del río Oyate. Mientras él, que no aprobó la primaria pero que tiene a sus tres hijos estudiando, cuenta hasta dónde creció el río tras los últimos aguaceros. Recuerda también que trabajó años en plantaciones de Costa Rica, adonde se van los comunitarios sin vacas, y que allá juntó dinero hasta que logró comprar las 14 manzanas que ahora trabaja. El mayor de sus hijos lo espera montado en el caballo, a un lado del camino. Entre otras cosas, González recuerda que este verano fue muy cruel para la ganadería. Muchos perdieron animales. Mientras habla, cae una llovizna. Más allá se ve una alambrada y vacas echadas. De fondo, tal vez agradeciendo el agua, se oye el rumor de los monos congo. Aquí todo es vivo y cierto.
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