Cada quien tiene derecho a sentir admiración o rechazo por Ricardo Mayorga. En eso no debería haber problema. La dificultad inicia cuando, desde mi posición, descalifico al que piensa diferente.
Hay quienes consideran que Mayorga es un vulgar y patán que no merece un minuto de su consideración. Y al otro lado, hay quienes ven en él un peleador bravo que llegó a campeón mundial.
Las dos conceptos sobre Mayorga son correctos. Su manera de hablar y actuar no representan ningún valor apreciable. Y también es cierto que alcanzó la cima y está en la historia pinolera.
El problema es cuando a partir de ahí comenzamos a ser intolerantes entre nosotros mismos. Y tras la intolerancia llega la descalificación. Después la ofensa y luego agresiones mayores.
A mí Mayorga no me inspira respeto y mucho menos admiración, pero eso no me da derecho a atacar al que lo vea con otros ojos. Diferencias podemos tener en todo. La clave es nuestra actitud.
Y el problema no es Mayorga. Somos nosotros y la intolerancia. Yo puedo irme hacia un bando, pero le niego al otro el derecho de que se vaya por el lado que estime conveniente. No es justo.
Ahora, ya deberíamos estar claros que Mayorga es un peleador que vio pasar sus mejores días y que a su manera ha mantenido cierto atractivo, del cual algunos siguen sacando provecho.
Y es ilógico que siga en un deporte que no domina y en el cual no se ha preparado. No aprendió boxeo tras años de dedicación . Menos que aprenda artes marciales tras solo unas semanas.
Aquí nos divide la política, la religión, ¿ahora Mayorga?
Ver en la versión impresa las páginas: 12 B