Eduardo Cruz
“El ser humano es capaz de salir adelante en todas las adversidades”, afirma el psiquiatra forense Denis García. Sin embargo, para las mujeres que han sufrido una violación, la vida no vuelve a ser la misma.
“Rosita” es hoy una joven de 20 años de edad. Tiene un compañero de vida, dos hijos y trabaja como doméstica en una casa particular. Todas las mañanas se levanta, baña a su hija de 7 años, la lleva a la escuela y luego ella se va al trabajo.
La vida de “Rosita” transcurre aparentemente en la normalidad en la comunidad Las Flores, en Masaya. Pero en las noches, cuando todos están durmiendo, ella despierta asustada porque aún sueña cosas feas. Todavía la atormenta el recuerdo de los más de cinco años en que constantemente fue abusada por su padrastro.
Se trata de la misma niña de 9 años de edad que en el año 2002 conmovió a la opinión pública de Nicaragua, su país de origen, y Costa Rica, adonde vivía con su madre María de los Santos Reyes y su padrastro, Francisco Fletes Sánchez.
En ese año 2002 “Rosita” fue el centro de una discusión sobre si abortaba o no porque a su corta edad estaba embarazada producto de la violación que sufrió víctima supuestamente de un vecino en Costa Rica. Finalmente abortó en la clandestinidad apoyada por redes de mujeres. Pero en el 2007, estando ya en Nicaragua, nuevamente quedó embarazada, a los 14 años de edad, y tuvo una niña. En esta ocasión se descubrió que su violador era su padrastro, el mismo que en el año 2002.
Su padrastro hoy está preso y “Rosita” ha tenido que superar horas y horas de terapia, junto a su madre, con psicólogas de un organismo de mujeres que le brindó ayuda. Cuando estalló el escándalo del segundo embarazo, su progenitora trató de vender la casa en Las Flores, Masaya, para vivir en otro lugar donde nadie las conociera, pero fue imposible encontrar un comprador.
En ese momento la presión era insoportable para las dos mujeres. Vivían bajo la acosante mirada de algunos vecinos. Menos mal que “así como hay gente mala, hay gente buena”, dice María de los Santos. Hasta los medios internacionales estaban encima de ellas. Todavía en la actualidad no quieren saber nada de periodistas. Y si hablan en esta ocasión es solo para decir cómo han sobrevivido a la torturante situación.
“Rosita” y su madre fueron donde la psicóloga por mucho tiempo, quien siempre les aconsejó que nunca deben callar los abusos. Pero hace unos meses atrás dejaron de ir “por falta de tiempo”. “Estamos muy agradecidas con las redes de mujeres”, aseguran.
Tanto “Rosita” como su madre hoy están acompañadas de sus parejas. Para “Rosita” no fue fácil poder convivir con un hombre después de todo lo que pasó, pero el muchacho la ha apoyado desde que se juntó con ella. “Él le dice (a Rosita) que no tenga miedo”, dice su madre. “Nuestros maridos nos han apoyado”, agrega María.
Ambas mujeres no quieren hablar del calvario que sufrieron. María se molesta en extremo cuando se le consulta sobre por qué pasó tanto tiempo antes de que denunciaran al verdadero abusador de “Rosita”. “La gente ha dicho muchas cosas que no son ciertas. Pero me vale. La gente me pone harta”, expresa.
El psiquiatra Denis García explica que cuando un niño o una niña es abusado sexualmente por alguien que tiene dominio sobre ellos, es difícil que delaten a su agresor, porque son intimidados por sus victimarios con lastimar a alguien de su familia. “El niño o la niña se sacrifica por los demás. Hay personas que rompen el silencio hasta 50 años después. Yo he visto casos así”, dice García.
Según García, aún con todas estas causas, la mayoría de los violadores no tienen trastornos mentales, sino que son hombres sanos.
Otras causas con menor frecuencia son las personas con hiperactividad sexual y el consumo de drogas.
De acuerdo con el psiquiatra forense Denis García, en muchos de los casos las violaciones son propiciadas por relaciones de poder, es decir, de una persona mayor a una menor o de parte de un superior.
Los niños y niñas son más propensos a una violación crónica, es decir, con sometimiento y amenazas. Mientras que las mujeres adultas son violadas mediante asaltos sexuales, es decir, repentinos y a la fuerza.
[/doap_box][doap_box title=»El silencio, la mayor barrera» box_color=»#336699″ class=»aside-box»]
Esta situación hace difícil el trabajo de los forenses, porque tienen que tratar con delicadeza a las víctimas pero la Policía presiona para que los resultados estén listos y poder llevarlos ante el juez. Una víctima puede hablar del caso el mismo día, pero otras a veces lo hacen hasta décadas después.
La mayoría de las veces, las víctimas no hablan porque son amenazadas, indica García, quien dice que las víctimas prefieren sufrir en silencio antes de que sus padres o sus hermanos sean agredidos.
Según el forense, las violaciones causan distintos trastornos entre las víctimas, como inseguridades, baja autoestima, sentimientos de culpabilidad, depresiones, dificultades para el trabajo y para los estudios, cambios de personalidad, ideas e intentos de suicidio, entre muchas otras.
Para García, llegar ante el psicólogo o el psiquiatra le ayuda a la víctima a descargar sus culpabilidades y darse cuenta de que es una víctima y no la culpable.
[/doap_box][doap_box title=»» box_color=»#336699″ class=»aside-box»]
- 1,896 denuncias por el delito de violación atendió la Policía Nacional en todo el país en el año 2011, según el anuario estadístico de la institución. En el año 2010 la cifra fue inferior: 1,829 denuncias tramitadas, mucho menos que en el 2009, cuando fueron recibidas 1,964 denuncias por violación.
[/doap_box]
“Rosita” y su madre evitan a toda costa hablar de lo que pasó. El pasado les persigue, pero dicen que han salido adelante gracias “a Dios y al apoyo de muchas personas”. “Rosita” a veces va a una iglesia evangélica y también les han visitado los Testigos de Jehová.
EL PODER DE DIOS Y LA PSICÓLOGA
Fátima Hernández va caminando en las calles y va viendo a todos lados. Camina con recelo, temerosa. Así quedó después de haber sido víctima de violación. Al igual que “Rosita”, su caso fue famoso ante la opinión pública del país.
Una tarde, después de la jornada laboral, se fue a un bar con unos compañeros de trabajo. Al caer la noche, uno a uno se fueron separando hasta que se quedó con el último de sus compañeros y terminó en un motel. Algo le habrían puesto en la gaseosa que se tomó esa noche. El acusado por la violación, Farinton Reyes, siempre negó todo.
Después de ver que las autoridades no hacían cumplir la ley en su caso, Fátima decidió dar la cara ante los medios de comunicación y todo el país conoció su situación. Farinton fue condenado, pero a los cuatro años quedó libre.
La familia de Fátima la acompañó durante todo el proceso, desde el primer día. Hasta huelgas de hambre realizaron en la entrada de la Corte Suprema de Justicia (CSJ). Fátima sufrió desmayos y su vida estuvo en riesgo.
Frente a su plantón, en la CSJ, había personas que le pasaban dando palabras de aliento y muchas otras que le gritaban improperios. Hasta amenazas de muerte recibió. “La gente me decía que lo mío era un show”, recuerda la joven, aún con tristeza por todo el escarnio al que se vio sometida.
Fátima está en la universidad terminando la carrera de Derecho que descontinuó cuando ocurrió la violación. Y también dirige un organismo que defiende a las mujeres en cualquier situación adversa. Se llama Asociación de Mujeres Forjadoras del Pensamiento (Amfep). “Aquí defendemos a las mujeres en todo aspecto”, dice Fátima, quien trata de sacar lo positivo de todo lo que ocurrió, ya que asegura que de no haber pasado la violación ella no trabajara en la actualidad en defensa de las mujeres.
En ese organismo, Fátima está en diario contacto con los problemas que sufren otras mujeres y eso hasta cierto punto le ha servido como terapia.
“Lo primordial, para superar todo, han sido el poder de Dios y la psicóloga. Yo sigo yendo donde la psicóloga. Mi mamá y mi papá también están en terapia”, dice Fátima.
El papá de Fátima, Esteban Hernández, se vio obligado en su trabajo a jubilarse, siempre a causa de la violación que sufrió su hija. Tanto él como Fátima y Farinton le trabajaban al Ministerio de Gobernación (Migob) y hubo presiones e intereses de por medio para que Esteban dejara de trabajar en el lugar. Hasta el día de hoy no le han pagado la liquidación, se quejó Fátima.
Al volver la mirada hacia atrás, Fátima ve que con su lucha su familia fue altamente perjudicada. Fueron semanas tras semanas de protestas, plantones, huelgas de hambres. Su padre sufrió varias afectaciones de salud, y todo por apoyar a su hija para que alcanzara justicia.
El victimario está libre, pero eso para Fátima ya no tiene mucho significado. En su momento sintió mucha decepción del poder judicial, ya que no aplicó la justicia como debió ser, considera ella.
“No me arrepiento de ese desgaste, tenía que luchar por mis derechos. Estaré culminando mi carrera dentro de unos meses y será una pena enfrentarme a tantos jueces… quiero estar en el terreno del poder judicial y decirle a los jueces cómo se tiene que aplicar la ley, hacerles ver sus errores”, comenta Fátima, quien hasta el momento no se ha encontrado con personas que la rechacen, sino con gente que le dice que fue valiente y que la felicitan por su lucha.
“SOLO QUIERO A MI HIJACOMO ERA ANTES”
En Bluefields, otra víctima de violación también resiente la falta de justicia en su caso. Es la joven Militza Matute. Su caso se agrava porque la violación le desencadenó un problema de salud que la mantiene inmovilizada y con dificultad para comunicarse. Lo poco que habla lo dice con coherencia.
Ella fue becada por un convenio entre los Estados de Venezuela y Nicaragua para estudiar Medicina en el país sudamericano. Pero un día su mamá Ana María Martínez recibió una llamada de Venezuela en la que le comunicaban que su hija había sufrido una “desadaptación” y que regresaría al país en cuatro días.
Han pasado dos años y su hija no se ha recuperado. Un día antes de cumplir un mes de haber regresado al país, Militza le reveló el delito del que fue víctima, un monitor o supervisor de la escuela donde ella se encontraba, la violó. Pero nadie se lo cree, ni las autoridades de Venezuela y al parecer tampoco las de Nicaragua. O no se lo quieren creer.
Ana María denunció en la Fiscalía. La Fiscalía dice que mandó un requerimiento a la Procuraduría General de la República (PGR) para que mediante cancillería se pidiera el apoyo de las autoridades venezolanas para investigar, pero ahora ni la PGR ni la Fiscalía le dan una respuesta a Ana María.
Peor aún, el Hospital Militar le dio por desahuciada a su hija. No conforme, Ana María recibió la colaboración de la población y pudo llevar a su hija a Cuba. Allí le dijeron que no podían hacer nada de momento porque no existía un dictamen sobre la enfermedad de Militza, es decir, no se sabe con certeza qué enfermedad tiene. Luego, siempre con ayuda, Ana María llevó a su hija a Miami, donde le dijeron lo mismo que en Cuba: ¿Qué le hicieron en Venezuela a su hija?
De regreso en Nicaragua, Ana María quiso llevar a su hija a un hospital privado, pero no la quisieron atender. Un organismo medió para que atendieran a Militza y la respuesta fue la misma: “No queremos problemas con el Gobierno”.
Si su hija se agrava, Ana María no sabe qué hará, ya que en los centros de salud y hospitales del Estado no la quieren atender.
Ana María ha tenido que abandonar trabajo y estudios porque su hija la necesita las 24 horas del día, los siete días de la semana y no tiene ayuda ni del papá de Militza, quien también vive en Bluefields pero no se ha acercado para apoyar a su hija. Ni en la Embajada de Venezuela le han dado respuesta.
Militza se despierta en las mañanas, desayuna, toma medicamentos, se pone un pañal (debe usarlos las 24 horas del día). Ve televisión, oye música, su mamá le lee para que se le mantenga activo el cerebro. Se vuelve a dormir. Así han transcurrido los dos últimos años de su vida. Su presunto victimario continúa en la impunidad en Venezuela.
Como dice el psiquiatra forense Denis García, “el ser humano es capaz de salir adelante en todas las adversidades”. De ser cierta esa afirmación, las víctimas de violación son el mejor ejemplo.

Ver en la versión impresa las páginas: 6 A

