¿Quién tiene la razón?

Muchas discusiones de pareja se enfrascan en querer convencer al otro sobre la validez de nuestro punto de vista. Esto es difícil de conseguir. Ante la frustración por el intento fallido de que otra persona vea el mundo como nosotros lo vemos, las personas insultan, usan el sarcasmo, minimizan la opinión del otro, gritan o dan cátedra.

Ana Salgado

Terapeuta sexual y de parejas

Muchas discusiones de pareja se enfrascan en querer convencer al otro sobre la validez de nuestro punto de vista. Esto es difícil de conseguir. Ante la frustración por el intento fallido de que otra persona vea el mundo como nosotros lo vemos, las personas insultan, usan el sarcasmo, minimizan la opinión del otro, gritan o dan cátedra.

El problema con la razón es que no sirve para nada tenerla. Es más, si uno se obsesiona por tenerla mucho dentro de una relación y prioriza la defensa de “sus razones” por encima de los sentimientos de la otra persona, existe el riesgo real de que uno se quede solo con su razón. Esto no solo por los malos momentos que esta batalla ocasiona, sino además porque la otra persona se empieza a quedar sin espacios en la relación.

Las relaciones están construidas basadas en sentimientos, no de razones. Si lo pensáramos fríamente, nadie estaría en una relación de pareja. Solo porque nos vemos movidos por los sentimientos es que nos lanzamos a la locura de estar emparejados, porque de otra manera no tendría sentido. Y no digo que sea horrible estar en pareja. Es lindo y bien llevado, vale mucho la pena, pero es más práctico y cómodo estar solo.

En vez de enfrascarnos en quién tiene la razón, hay que entender que cada uno tiene sus razones y lograr acoger los sentimientos de la otra persona. Acogerlos significa escucharlos. ¿Cómo se escucha un sentimiento? Bueno, lo primero es estar claro que al estar hablando de sentimientos, no podemos escucharlos con la cabeza, sino que necesitan ser escuchados con el corazón, es decir, sin prejuicios y sin juzgarlos, valorarlos como más o menos válidos o descartarlos porque “yo no me sentiría así”.

Estar peleando por “mis razones” es haber perdido de vista lo que es realmente importante.

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         LA PRENSA/Luis González.

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