El proceso de cambio estructural

Las economías en desarrollo se caracterizan normalmente por una elevada subutilización de la fuerza de trabajo (es decir por altos niveles de subempleo) y por lo que, siguiendo a la Cepal, puede conceptualizarse como una acentuada heterogeneidad estructural. Dicha heterogeneidad estructural se puede definir atendiendo a la estructura productiva o a la estructura ocupacional.

Adolfo Acevedo Vogl (*)

Las economías en desarrollo se caracterizan normalmente por una elevada subutilización de la fuerza de trabajo (es decir por altos niveles de subempleo) y por lo que, siguiendo a la Cepal, puede conceptualizarse como una acentuada heterogeneidad estructural. Dicha heterogeneidad estructural se puede definir atendiendo a la estructura productiva o a la estructura ocupacional.

La estructura productiva se dice heterogénea cuando coexisten en ella sectores, ramas o actividades donde la productividad del trabajo es alta o normal (es decir, alcanza niveles por encima del promedio), con otras en que la productividad es mucho más baja que el promedio.

Resulta significativo comparar, además de los niveles de productividad propios de cada sector con el promedio, los niveles de productividad en sectores con potencial similar para absorber mano de obra, y aquí también las diferencias suelen ser bastante grandes. La razón de productividad promedio industria manufacturera-agricultura es 2.3 en África, 2.8 en América Latina y 3.9 en Asia. En Nicaragua la productividad promedio de la industria manufacturera es 2.4 veces mayor que la de la agricultura.

A esta estructura productiva, altamente heterogénea, le corresponde cierto tipo de estructura ocupacional. Una es una especie de espejo de la otra. En una economía como la nuestra existe mano de obra ocupada en actividades y sectores de productividad alta o normal, que equivale en lo fundamental al empleo pleno. Pero la mayor parte de la mano de obra se encuentra ocupada en condiciones de productividad muy reducida, que genera empleo precario e informal, equivalente en lo fundamental al subempleo.

Esto es así porque los sectores de menor productividad suelen generar la mayor parte del empleo, mientras que los sectores de mayor productividad, por esta misma razón, tienden a generar porcentajes muy reducidos del empleo. En el caso de Nicaragua, los sectores agropecuario, comercio y servicios comunales, sociales y personales, cuya productividad sectorial como porcentaje de la productividad media de la economía es la más reducida, generan el 76.7 por ciento del empleo total.

Aquí puede apreciarse el potencial de crecimiento del cambio estructural: el movimiento de la fuerza de trabajo desde actividades de baja productividad hacia actividades de mayor productividad es capaz por sí mismo de incrementar de manera significativa la productividad de la economía como un todo.

Para ilustrar esta idea, supongamos que los niveles de productividad sectorial permaneciesen sin cambios, pero que se modifica la distribución sectorial del empleo, acercándose a la que prevalecía en Corea del Sur en 1990, de manera que se emplearían mucho menos trabajadores en la agricultura y mucho más en la industria manufacturera.

Los resultados de esta simulación muestran que la productividad promedio del trabajo, el PIB y el PIB por habitante de Nicaragua serían 33 por ciento superiores a lo que son hoy, exclusivamente por este cambio en la estructura de la ocupación.

Este ejercicio simple ilustra un punto fundamental: que en países que parten de una situación en la que porcentajes muy altos de la fuerza de trabajo encuentran ocupación en sectores de baja productividad —y por consiguiente exhiben elevados niveles de subutilización laboral—, el proceso de cambio estructural debe desempeñar un papel fundamental en el proceso de desarrollo.

Sin embargo, es importante destacar que la mejoría en la productividad promedio de la economía pasa —al menos en una fase inicial— por importantes mejoras en la productividad del trabajo en los sectores más importantes en la generación de empleo, principalmente la agricultura. Precisamente debido a su alto peso en la generación de empleo, si no se mejora la productividad en estos sectores será extremadamente difícil mejorar la productividad promedio.

Por otra parte, debido a las restricciones de tiempo que impone la duración del bono demográfico, es importante anotar que este proceso de cambio en la composición del empleo y la estructura productiva ha ocurrido con una rapidez e intensidad mucho mayor en aquellos países que, como Corea del Sur, han logrado en la segunda mitad de este siglo superar la brecha que los separaba de los países hoy desarrollados.

Este proceso, que tomó más de un siglo en los países que se desarrollaron primero, apenas tomó tres décadas en Corea del Sur. Es decir que, al menos potencialmente, Nicaragua aún tiene la posibilidad de aprovechar el tiempo que resta del bono demográfico, promoviendo el cambio estructural.

Sin embargo, no puede olvidarse que el país ha experimentado un proceso de cambio estructural en las ultimas cinco décadas, pero en la dirección menos indicada. Es así que la participación de la fuerza de trabajo ocupada en la agricultura se ha reducido drásticamente, desde un 59.6 por ciento en 1963 hasta el 32.2 por ciento en 2010, una disminución comparable a la que ocurrió en Corea del Sur entre 1963 y 1990.

Sin embargo, al contrario de lo ocurrido en aquel país, esta disminución no se tradujo en un fuerte incremento en la participación de la fuerza de trabajo ocupada en la industria y los servicios modernos, sino en un incremento del empleo en el comercio y los servicios de baja productividad, y como resultado la productividad promedio del trabajo, en vez de experimentar una mejora significativa, declino. El cambio estructural debe reorientarse, y promoverse con fuerza, en la dirección correcta.

(*)Economista

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