Por Amalia del Cid
Esta es la historia de una adolescente que un día dijo “voy a escribir una novela” y se sentó frente a su computadora para teclear las vidas de dos hermanos, María Eugenia y Eduardo Castillo, que se acusan entre sí por la muerte de la madre de ambos. Un mes más tarde la tenía lista. Sí, así como lo lee, apenas un mes. Y envió su obra por correo electrónico para participar en un concurso del Centro Nicaragüense de Escritores (CNE). Ganó.
Fátima Villalta tiene 17 años y ya es conocida como la escritora más joven de Nicaragua. En mayo de este año su nombre salió del anonimato y ahora está bajo los reflectores de quienes esperan la publicación de su novela Danzaré sobre tu tumba. Con críticas bipolares y una expectativa popular inmensa, la jovencita se prepara para el gran momento.
Aunque por ahora su imagen es la de un prodigioso ratón de biblioteca, se confiesa una adolescente “normal”, que hasta hace poco asistía a clases de secundaria en un colegio católico de su Matagalpa natal, peleaba con los profesores, llegaba tarde, rehuía las misas y salía mal en matemáticas, misteriosa materia que para ella es directamente proporcional a un “jalón de pelo”.
“Era un desastre, no vayan a pensar que era la mejor alumna”, bromea, y una media luna ilumina la carita que se ha hecho famosa en los últimos meses, a partir de ese 16 de mayo en que una voz anunció por teléfono: “Su obra ha sido seleccionada…”
Era Luz Marina Acosta, del CNE, quien comunicaba la buena nueva; pero Fátima no la dejó terminar. Antes se puso a dar saltos, gritando, riendo y llorando.
Ahí estaba el fruto de sus desvelos. Desde que concibió la idea de los hermanos Castillo comenzó a escribir todas las noches entre las 10:00 y las 11:00 para acabar a eso de las 3:00 de la madrugada. En esas horas de gracia su imaginación volaba, como si alguien dentro de su cabeza, un duende, quizás, le hubiera estado susurrando la historia.
Así descubrió que María Eugenia se llama así, que en la actualidad tiene unos 68 años y que su infancia fue terrible, llena de burlas y desprecios, incluso de su propia progenitora. Así fue esbozando la culpabilidad, eje del conflicto entre su protagonista y Eduardo. Así aparecieron nuevos malentendidos que alimentaban el misterio: ¿quién de ellos mató a la madre?
Así se le fue marzo.
Y llegó el primero de abril, último día de la convocatoria. Imprimió la novela, tachó y corrigió. Pero se agotaba el tiempo y, todavía insatisfecha, tuvo que enviar la obra. Una voz (tal vez la del mismo duende que le dictó la historia) le dijo: “Mandala, que para eso la escribiste”.
“Además, si perdía, nadie se iba a dar cuenta”, dice Fátima, que en el concurso utilizó el seudónimo J. J. Gorki, en honor al novelista y dramaturgo ruso Máximo Gorki.
De un año a la fecha la joven ha llevado una dieta a base de libros de autores latinos, franceses y norteamericanos. A veces William Faulkner, Ernest Hemingway y Gabriel García Márquez andan regados por su casa, en el baño, sobre el comedor, cerca de la cocina… Porque procura leer hasta tres obras a la vez, como ahora, que está inmersa en Pedro Páramo, de Juan Rulfo, Rayuela, de Julio Cortázar, y Cuando ya no importe, de Juan Carlos Onetti. Todo un reto para cualquier lector.
Todos esos grandes maestros han aportado a su formación y Gabo la influenció en la narración de la historia. El pueblo de su novela es una especie de Macondo (de Cien años de soledad), nada más que en Nicaragua y en los años 60. “Quise crear mi propia atmósfera”, cuenta Fátima, que es hija de Ivania Chavarría, estilista, y Leopoldo Villalta, periodista empírico. “Creo que fue por el lado de su papá que sacó ese talento”, señala su madre.
Talento para narrar, sí. Pero no para titular. Al menos no todavía, admite la novelista.
— ¿Por qué decís eso?
—Titular es muy difícil, tiene que ser algo novedoso, que además pegue— reflexiona.
—¿Cuál nombre querías poner a la novela?
—Varios bien ridículos— ríe.
—Decime algunos.
—No sé… algo como La Séptima Plaga o Un ratón en la casa— recuerda. Y suelta una carcajada ahogada.
De haber triunfado su última propuesta, la novela se publicaría como Plagas y Anonimatos, que fue el título con que la escritora concursó y ganó.
A decir verdad Fátima se considera una aprendiz. Y está nerviosa por la eventual publicación de Danzaré sobre tu tumba, que pronto será enviada a imprenta. Es que la publicidad ha sido tan rimbombante, que teme una decepción colectiva. Pero su madre la tranquiliza diciéndole: “Todo está bien”.
No… no todo está bien. Lo cierto es que a ella un mes no le parece suficiente, que le habría encantado dejar que la novela se fermentara, para luego hacerle mejoras o de una vez volverla a escribir. Sin embargo, y ya que no hay vuelta de hoja, se ha preparado para recibir las críticas, desde las constructivas hasta las despiadadas.
“Prefiero que me digan qué es lo que me falta, para seguir aprendiendo. Prefiero que hablen”, apunta, y después se pone a dar sorbos a un helado rosado.
Ahí, sentada con las piernas enrolladas, parece una muñequita de China o de vidrio, tan frágil que da miedo tocarla. Su imagen está muy lejos de lo que esperaban ver los miembros del jurado del CNE, cuando les tocó conocerla. Suponían que un tema de tanta complejidad tenía que haber sido elegido por una persona adulta.
Pero esta es la Fátima que escribió la historia de los Castillo, que sueña con ser periodista y empezará a estudiar la carrera de Comunicación Social el próximo año. Ya su madre le ha dado luz verde, pues con la experiencia del concurso comprobó que las letras son el destino de su hija.
Esta es la Fátima que acostumbra ir por las tardes al parque de Matagalpa para observar la vida de la gente, que se inventa cuentos a partir de una tapita de gaseosa tirada en el suelo y que es tan curiosa que ya ha sido capaz de seguir a una persona, para descubrir hacia dónde se dirige y así continuar desarrollando una trama en esa cabecita donde habita el duende que le cuenta historias .
—¿No has tenido problemas?
—A veces me quedan viendo raro— cuenta. Y vuelve a reír.
Mientras se acaba lo que resta del 2011, que ha sido su año sabático, sigue comiendo libros, un poco ajena al giro que ha dado su vida a partir de ese primer párrafo de su novela, que comienza así: “Tenía cuatro años cuando vi por primera vez a mi padre. Traía consigo un ramo de flores para mi madre, un coche de juguete para mi hermano Eduardo y para mí, un beso solamente, agrio y forzado”.
Pronto veremos cómo se desarrolla la historia de Danzaré sobre tu tumba. Aunque, según Fátima, hay cosas que ni ella sabe. Tal vez el duende sí las sepa.


