Francisco de Asís Fernández
Mi viejo yo entristecido, sin autoridad,
ya no tiene la serenidad para atrapar balas con los dientes.
Ya estoy empezando a vivir de esos momentos que duran para siempre,
a sentir que yo soy el último pedazo de mi padre
que ya no puedo empezar a querer algo tanto para luego perderlo.
No logro oír el vuelo de los ángeles y ninguna esperanza anima mis impulsos.
Cuando llegue el invierno y ya no me queden iniciativas,
cuando se pueda mirar al mundo con frialdad y no te atraiga la carroña
cuando el dolor ya nunca cese,
cuando el sol le dé intensidad al color de las flores y la belleza sea
brutal y sorprendente,
no seré centavero de pensamientos y sentimientos con corazón miserable,
siempre para mí la sangre será la huella del crimen y el perfume la huella de la rosa,
siempre las visiones y los olores del amor serán mi ruina y me pondrán la cara contra el piso
y siempre habrá pájaros que no conocen la traición, que vuelan y se desvanecen como ángeles,
porque el amor es un ángel.
Las manchas del tigre
Encontré en mi corazón la zarpa de un tigre en la tempestad
capaz de matar sin remordimientos.
Allí viven revueltos el ángel y el animal derrotándose y venciéndose
Huyendo y buscándose en una guerra que no conoce la piedad o el arrepentimiento.
Soy yo hecho de extremos.
Tengo recuerdos imprecisos y una inconsciencia que me da la vida que me quita.
Desconfío de la verdad y desconfío con mentira.
Instinto y olfato me defienden del hombre que tapa mis manchas.
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