Por Edgard Escobar Barba
Buscaba la Navidad sin darse cuenta. No la mentaba pero si oía o veía a sus alrededores ya con la gente o ya los medios de comunicación, comenzaba a renegar de ella a cada rato. La atacaba con o sin tener motivo. Llegaba a ser inoportuno y, en otras, ingenioso. Tarde o temprano terminaba por conseguir lo de siempre: quedarse solo, aún estando rodeado de gente conocida o no, más que familiares u amigos, nada para éstos que eran ya unos extraños. Si, no tenía. Navidad. Con nostalgia o rabia, despedida. Y ahora qué hago, se dijo y siguió de largo por la calle, mostrando una frialdad que no existía
Muchas veces se le podría dar la razón: día de ventas y comercio. Materialismo. Bombardeo inhumano sobre compre. Compre hasta la vida, compre el amor, compre la amistad, compre el respeto, o mejor dicho, busque lo cepillen, busque lo barbe-en. O aproveche estas fiestas para madrugar con alguna antiley en navidad o suelten a un político corrupto, como a un Barrabás. Este mes. Era una quincena para los y las oportunistas. Los regalos no hacen estos días, le dijo alguien, o si acaso, dijo otra, el mejor regalo es reunirse con los seres queridos. No importa si tengas o no dinero, si es abundante o no la cena, si acaso se reduce a una taza de café o a un pavo relleno. Las dos son válidas. Babosadas, contestó y le dio a la lengua: es reunión para ancianos metidos en asilos o son los muebles objetos de sus no ya casas; es reunión para los chavalitos internados estos días en hospitales o para huérfanos en otras casas o en un hospicio. Ya no digamos que fuera uno desahuciado y lo peor, saber el día que tu muerte es en estas fechas, qué descaro. Uta. Eso apesta. Yo soy sano o simulo serlo, no tengo porqué aguarme la fiesta decembrina, so pretexto de ponerme una buena borrachera, o algo así. Se decía a sí mimos y a quien se dejara oírlo despotricar. Claro. Se defendía sin capa y sin espada ante los demás o incluso ante él mismo.
Siendo ateo era intransigente con las creencias religiosas o paganas. Si en nuestro país ni cae la nieve y menos hay renos. La tala de árboles, jum, es despale, antiecológico, ja-ja. El calendario nos hace recordar esta fecha, dijo un joven, y por lo menos recordarnos la paz, la paz interna, la reconciliación de amistades y familia. Tonteras, le contestó nuestro personaje. Y no necesariamente tiene que creer en el nacimiento de un niño transformador del mundo y el universo, dijo la chavalita. Pamplinas, ya empiezan el chantaje y el intento de enternecerlo a uno, para ser uno más. Ni quisieron entrar en debate Y los vio irse alegres a sus respectivas casas. Claro, él tiene argumentos para destazar antropológicamente los orígenes de estos días, un lienzo lleno de parches, agregando lo del árbol, la piñata, las esferas, la estrella, los adornos, los nacimientos, la festividad del sol, un tal Clouse, bah, y pensar que aún en ciertas regiones paran la guerra y de trinchera a trinchera salen y se dan el abrazo. ¡El colmo! ¿Y si murieras ahora, en este instante? ¿Te gustaría despedirte de ellos y ellas? O lo dejas a la imaginaria o pones más pretextos para ir a reconciliarte porque vos no, ellos son los culpables, porque tu maldito orgullo no te permite la soberbia la humildad es de cobardes, de pendejos .
Cierto o no, el tipo se recordó de su ex mujer y dos hijos. La abuela. El perro. Y sin decir más, les cayó de sorpresa. No hubo reproches ni reclamos. Sonrieron. La cena no era abundante y peor si se sumaba su apetito representante de tres bocas. Aún así, compartieron los alimentos y al sentarse en la sala, ya sin el perro, fallecido, aún así vinieron enseguida las anécdotas de otras navidades cuando escasamente la pasaron juntos porque el papá andaba de viaje metido en los negocios propios o el jefe lo martirizaba para la renuncia, o porque simplemente este tipo andaba distraído en otras cuestiones menos la indicada de la familia navideña. Era celebrar con otras mujeres de paso o con los amigochos casuales, porque en familia se aburría y apenas los hijos empezaron a crecer se fueron cada uno a celebrar con su gente excluyéndolos a sus progenitores. Se avergonzaron unos de otros. Solos los adultos tirando a entrar a la tercera edad y la abuela a la cuarta. Recordó para sí, cómo sus padres y compañeros de la escuela le mataron la ilusión de la Navidad. De los pleitos, de no recibir regalos, o las burlas de los vecinos porque sus juguetes eran baratos. La ropa era pequeña, en rebaja, o mayor, pero no la requerida. No había cenas, mejor comer donde fuera porque si no eran puros reclamos y salía a relucir las deudas, las bebederas. No, no creía en estos días. Tuvo a bien fingir cuando rondaba a la que sería su esposa, los suegros. La abuela.
Se puso triste. Los demás lo distrajeron. Le recordaron no los regalos sino los recuerdos de detalles ya como se quemaban los panes o como componían el arroz aguado no programado y las gracias de la perrita y se estaba yendo la Nochebuena. A punto de marcharse, lo retuvieron y le dieron un espacio en la sala, para dormir. No era necesario se preocuparan si alguien de allá arriba o de aquí abajo —con el pretexto del amigo secreto— le daría la sorpresa mañanera. Nada. El mejor regalo estaba dado y se los dijo balbuceando y lo callaron hubo abrazos cortos y se fueron a dormir. Nada dijo de su partida.
Antes de cerrar los ojos —definitivamente— alcanzó a oír a la abuela decir: la Navidad no fue echa para los amargados, sino para los que guardan un poquito de ilusión y creen se realizan los sueños.
Y así fue , por lo menos, para este amigo antes de partir.
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