Por Taha Adnan
Cariño,
¿por qué se empeñaba en su silencio tu teléfono desconfiado?
Yo había llegado a nuestra cita,
a la hora menos dos cigarrillos,
el café de la Ópera estaba a rebosar,
como de costumbre,
los clientes tenían un aire tan elegante
que, entre ellos, yo parecía una mancha de aceite
en una camisa blanca.
Una flamenca disfrazada de baronesa
como si acabase de salir de una película clásica
me observaba con desconfianza
y apretaba el bolso entre sus brazos.
Yo fingía no ver nada,
y me echaba al coleto las cervezas
como si acabase de escaparme de un desierto de sed.
Palomita,
la cerveza aquí cuesta tres euros.
¿Por qué eres tan despiadada?
¿No podías encontrar algo más barato
que la terraza de este bar?
Una gitana con cara malintencionada
me propuso comprarle una rosa
pero tú,
¿dónde estás tú, flor mía?
¿dónde demonios estás?
Hasta el Sol se asomaba tímidamente,
compasivo,
para hacer brillar mi copa de vez en cuando.
¿Por qué no iluminas mi cara, luz de mis ojos?
Preciosa,
después de muchas copas y siete cigarrillos
el Sol se había eclipsado
No me quedaba ya más que imitarlo.
(Bruselas 13 enero 2007)
Traductor: Antonio López Peña
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