Isidro Rodríguez Silva
Su muerte nos derrumba porque fue una mujer llena de vitalidad, domadora de la vida, pero sobre todo fue una mujer que nació para la escena, que entregó su vida al teatro, que hizo de su vida una pasión viva por el teatro. Actriz, directora, promotora, crítica de teatro, maestra para todos, fundadora de Comedia Nacional de Nicaragua. Lo fue todo y lo es todo.
La conocí a través de Nydia Palacios Vivas, en aquella presentación de la obra La oficina de Alfonso Pasos, que había escenificado el Teatro Experimental doctor René Schick bajo la dirección de Palacios. Socorro Bonilla Castellón inició su vida teatral en Nicaragua después de regresar de España, donde estudió arte dramático, con la presentación del monólogo Antes del desayuno en el Teatro de Bellas Artes.
Siempre fue una luchadora del teatro. Cuando montó Antígona de Jean Anouhil, en el Teatro González en 1967, como un homenaje en la Semana del Centenario de Rubén Darío, expresó: “Para interpretar a Antígona, nuestro elenco recibió un entrenamiento intensivo: luchamos por la grandiosidad de la obra y la llevamos al teatro González, entonces la sala más cotizada del país. Las entradas escasamente cubrieron los gastos básicos. También experimentamos la realidad más dura para un actor: ni aplausos, ni ganancia, ni críticas, porque lo que dijimos no se oyó, falta de acústica y de acondicionamiento de la sala”.
Fundó Comedia Nacional de Nicaragua en 1965, con el montaje Los árboles mueren de pie de Alejandro Casona, de quien se había hecho amiga en España. Por su puesta en escena obtuvo el premio Junio de Plata como la mejor del año. De todos los montajes que hizo, dos puestas en escenas me impresionaron por la calidad actoral y por el concepto escénico: el monólogo de Judas de Fernández Morales y Seis personajes en busca de autor de Pirandello. Apropósito de Judas , Pedro Joaquín Chamorro escribió un magnífico editorial en LA PRENSA.
También fue una gran promotora del teatro infantil, con el objetivo —decía ella—, de crear un gusto por el teatro, pero también en la búsqueda de espectadores que surgiría del público infantil. No sólo mantuvo el paradigma de fomentar una cultura teatral y la profesionalización del actor, además comulgaba con un teatro como elemento pedagógico, un teatro que nos enseñara, que nos educara, un teatro para cambiar, para aprender. Por eso sus montajes infantiles La gallina ciega, Pasada entre tío Coyote y tío Conejo, Un jardín para ser feliz, todas de su esposo Octavio Robleto. Recuerdo cuando le llevé el borrador La Muñeca de trapo , mi primera obra infantil, que cambió bajo su enseñanza y se convirtió en Fiesta de Juguetes que se presentó en el Primer Festival de Teatro Nicaragüense, en el Teatro Nacional Rubén Darío, en 1990.
Socorro Bonilla Castellón rindió culto permanente a Rubén Darío, en todos sus recitales, siempre estaban presentes por poemas de Darío. Una de sus mejores interpretaciones fue El rey burgués . En este texto la gestualidad, el uso del cuerpo, la voz, hicieron de estos textos lograr matices interpretativos de gran intensidad dramática y poética. En la Universidad del Valle fundó la Cátedra Rubén Darío, que finalizaba con un montaje coral antológico dariano.
Compartió escena con la mayoría de los principales actores nacionales, con Gloria Elena Espinosa de Tercero trabajó en la Chinfonía Burguesa de José Coronel Urtecho y Joaquín Pasos; con Róger Blen en Las Manos son inocentes de José López Rubio, con Miriam Hebé en Bodas de Sangre para citar algunos. Fue la primera en publicar una revista dedicada al teatro titulada TEATRO, Comedia Nacional Ediciones, que reunía el perfil de los actores, estudios teatrales, reseñas de las puestas en escenas y publicaba una obra de autor nacional.
Si bien es cierto que Socorro Bonillas Castellón deja un gran vacío en el teatro nacional, también nos deja un gran legado, la lucha por la existencia del actor y del movimiento teatral, pero sobre todo la dignidad del teatro como arte y como expresión del más alto valor social. Nos deja su enseñanza, toda una vida de lucha, de caídas, pero también de levantadas, de victoria compartida en cada puesta en escena. Socorro Bonilla Castellón nos deja la magia del teatro, pero también la fe de que el teatro alimenta el espíritu, que el teatro nos permite un pensamiento crítico, un espejo donde podemos vernos en toda la deformidad de los vicios y en toda la grandeza del espíritu humano.
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