Mercedes Gordillo
Una mujer con sombrero
Un serafín solamente posee cabeza, gravita, leve, sonriente y sereno. Un querubín del segundo coro, espíritu niño emplumado, canta vuela. Miguel, Rafael, Gabriel, lucen espadas de fuego, peces o una azucena. El de la guarda, mi protector, ha conservado mi larga vida. Música: arpas, liras, violines, trompetas, melodías celestes. Una mujer con sombrero, oculta su rostro, provoca silencio, instantes de hielo y se detiene el tiempo… un ángel pasó.
Debo quitarme el sombrero
Debo quitarme el sombrero decirlo casi todo. No sufrí por la temprana muerte de José, mi papá en la memoria.
Por mi madre de cien años, tres semanas y tres días competí con Magdalena. Añoro, mimos, risas, delirios.
He leído, releído mil veces el mismo Libro Rojo, páginas sabias de Autor Indeleble: Maestro.
Siendo joven aprendí en serio a tocar piano durante ocho años continuos; lo dejé por vagabunda. Ahora sólo interpreto un pobre adagio imperfecto y un soneto desabrido.
También fui feliz bailé al son de la Sonora, marcó mi vida. Todavía escucho a Daniel Santos, Bienvenido, Celio y Celia. Augustín Lara me obsequió su foto y un libro bajo la luna quebrada.
He visto planetas alineados, interrogantes, un cometa luminoso cercano al fin del mundo. Recientemente, Silvio, me envió un sombrero alado.
Debo preguntar, averiguar muchas cosas, todo aquello que desconozco. No debo odiar, sino perdonar a algunos lirios perversos, peligrosos. Aprender a ignorar flores blancas como yo. Debo rezar a Dios por la vida, las espinas. Dar gracias por desear expresar estas palabras.
Hay algo muy importante, amoroso: decir a mis amados hombres: los quiero desde siempre, para mí son lo más grande.
Ardientemente, con urgencia debo orar por convertirme en barro húmedo invernal o polvazal del verano más caliente.
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