La familia Ponza Meza. Atrás (de izquierda a derecha) Misael y Jacqueline. En frente, en el mismo orden: Sergio (hijo), Sergio (padre) y Alfredito.

Pequeños ¡gigantes!

Medir un metro de altura no ha sido impedimento para desarrollarse a la máxima potencia. Ellos han aprendido a vivir en “un gran pequeño mundo”

Delwing Cruz

Serían casi las 12:00 del mediodía. El niño vestido de azul y blanco llegó corriendo a su casa. Sus ojos parecían represa de agua, ya que con sólo parpadear una corriente de lágrimas cayó sobre sus mejillas. Su respiración se agitaba a cada segundo. El pequeño, de 9 años, no hablaba y no dejaba de llorar.

Su padre lo abrazó inmediatamente y le preguntó qué le había pasado. Con la voz entrecortada el niño contestó:

— Papá, es que en el colegio un grupo de niños me dijeron enano cabezón.

Don Sergio Ponza, enano de nacimiento, comprendió inmediatamente que era el momento y el lugar de hablar con sus hijos:

Sentó a sus cuatro hijos —el mayor y el menor de estatura baja y los otros dos de estatura alta— junto a él y su esposa. No sabía cómo comenzar la plática con sus hijos. Guardó silencio por un segundo, respiró, y entrelazando sus manos le dijo a su hijo mayor:

—Sergito si ellos te dicen eso es porque vos, así como yo, somos enanos. La explicación continuó por un par de horas…

Hoy 10 años después de aquella escena los Ponza Meza han superado todo tipo de complejos. “No me importa lo que la gente diga”, manifestó Sergio, de 19 años. Ahora la misión de este chavalo amante del gimnasio y del piano, es aconsejar y hablar con su hermano menor: Alfredito, de 13 años.

“Cuando vamos por la calle y la gente nos dice enanos, Alfredito se enoja y hasta que quiere pelear con todo el mundo, sin importarle si son más grande que él”, relata Sergio, quien en un futuro quiere ser un pianista famoso, “por qué no decirlo, el más famosos de Nicaragua”, agrega.

Alfredito, o “gordo”, como le dicen sus hermanos, está en primer año de secundaria en el Ramírez Goyena. Según nos dijo es amante de los números, pero odia las ciencias naturales. “Yo me llevo muy bien en el colegio con todos. Ahora nadie me molesta, ni me dice nada”.

Misael y Jacqueline, de 16 y 17 años respectivamente, son hermanos de Sergio y Alfredito, sin embargo del matrimonio Ponza Meza ellos no nacieron con enanismo. “Cuando vamos por la calle y alguien le dice a alguno de mis hermanos enano me molesto y les digo que ése no es su nombre”, expresa Jacqueline.

L os hermanos Ponza sufren de acondroplasia. La acondroplasia es un trastorno genético que se presenta en uno de cada 25 mil niños nacidos, según Wikipedia.

Julia María Sandino  posa como toda una modelo profesional para el lente del “suple”.
LA PRENSA/H. ESQUIVEL/
D. CRUZ/ FOTOARTE: JAIRO OSORNO

Se trata de un trastorno del crecimiento óseo; de hecho, el nombre de la enfermedad proviene de 3 vocablos griegos (a = sin; chondro = cartílago; plasia = crecimiento o desarrollo), es decir, sin crecimiento normal del cartílago.

Es el tipo más frecuente de enanismo que existe, caracterizado por un acortamiento de los huesos largos y mantenimiento de la longitud de la columna vertebral, lo que da un aspecto un tanto desarmónico: macrocefalia, piernas y brazos cortos y un tamaño normal del tronco, entre otras desrregularidades fenotípicas.

La gente que nace con acondroplasia no necesariamente tiene que ser hijo de alguien que tiene ese trastorno, tal es el caso de Julia María Sandino, sus padres son de estatura alta y en su familia, por ambas partes, es la única que tiene acondroplasia.

Ella tiene 19 años y le gusta ser el centro de atención en todos lados. Se considera una persona sociable, vanidosa por excelencia, pero a la vez muy selectiva con sus amistades. Por ahora está soltera y según nos dijo su chico ideal tiene que ser alto, recio, cabello castaño y ojos claros. “No quiero sonar racista, pero no me gustan los chicos de estatura baja. Me gustan grandes”, dice esta joven entre risas.

Actualmente lleva segundo año de Derecho y uno de sus mayores sueños es viajar por todo el mundo y aprender otro idioma. “Estaba en preescolar cuando unos niños me dijeron enana. Me puse a llorar y fue ahí cuando mi madre me dijo: ‘vos sos igual que ellos, tenés manos, tenés pies, una cabeza, una boca…’” Así Julia comprendió que lo único que la diferenciaba de los demás es que ella era de baja estatura.

S ergio Ponza (hijo) hoy piensa de forma más madura. “Antes la gente se burlaba de mí, me decía cosas en la calle, sin darse cuenta de que me hacían daño. Eso me angustiaba, me deprimía. Ahora, cuando alguien me dice enano no me molesta, porque en realidad soy enano y me siento orgulloso.

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Todos los entrevistados concuerdan en que si le ponés mente a lo que la gente te dice vos mismo te estás haciendo daño, vos mismo te estás rechazando.

“Mis padres han sido de gran apoyo por mí. Ellos son mis amigos y me ayudan a ser mejor cada día”, dice Julia, para quien la burla de la gente no es más que un gesto de ignorancia. “No debemos ser discriminados por nuestro tamaño, somos personas que podemos realizar cualquier tipo de actividad”, expresa Sandino.

Sergio no ha borrado de su mente el comentario de aquel grupo de niños de cuarto grado. Por un momento llegó a preguntarse ¿por qué había nacido así?, ¿por qué él? Después de un tiempo sus preguntas tienen respuestas: “Nací así, porque Dios así lo quiso”, dice mientras posa como todo un modelo ante la cámara fotográfica.

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