Delwing Cruz Medina
Managua, Nicaragua. No es difícil encontrarlos. Viven a la luz pública. Todos se conocen entre ellos y la mayoría se llaman por sus apodos. No conocen de fines de semana, ni días feriados. Trabajar en un semáforo, según ellos, es “jugársela”.
No es mi primera vez en un semáforo, pero sí será mi primera vez como trabajador. Son las 11:00 a.m. y el sol comienza a hacer de las suyas. Durante este par de horas tengo dos misiones: vender y sortear los cientos de vehículos que pasan a diario por los semáforos de La Robelo, en la Carretera Norte.
En cada semáforo existe una especie de norma ética: no se permite que un extraño venda su producto sin permiso.
Hoy soy un extraño. Me guía doña Danelia Urbina, una señora robusta que tiene 15 años de ser vendedora ambulante. “Vendo lo que esté en temporada”, me cuenta, mientras ofrece sus mangos y jocotes. Agrega que ellos “están asociados a la Policía y tienen un permiso”.
Hoy trataré de seguir los consejos. “Tenés que esperar que el semáforo esté en rojo”, “mové la pana”, “hacé señas con la mano”. Creo estar listo. “¡Maaangos, jocoootes, naraaanjas!”, grité sin tener suerte.
Al parecer ser vendedor no es mi fuerte, pero sí el fuerte de José y Ángel, de 9 y 10 años, respectivamente. Después de clases ellos se dedican a limpiar vidrios y les va muy bien.
Ángel lleva tres años entre verde, amarillo y rojo. Su mamá, doña Ana, también trabaja ahí. Ella vende mangos.
Es mediodía y una larga fila de vehículos decora la Carretera Norte. El rojo se impone y es momento de “jugárselas”. “Quien más se mueve es quien más vende”, dicen. Ángel está montado en una Hilux blanca. Ha dejado limpio el vidrio y su trabajo fue recompensado. “Mirá me dieron 10 pesos”, me dice con alegría.
Este niño moreno y de contextura delgada tiene 8 hermanos, entre ellos Ana, quien al mediodía les lleva la comida. “Estoy en tercer grado en la escuela Oasis de Esperanza y cuando sea grande quiero ser doctor”.
Entre sueños y realidades transcurre la vida de todos ellos. En el semáforo trabajan alrededor de una 25 personas. La mayoría ha llegado ahí por medio de algún amigo. “Llegué aquí gracias al ‘Ñajo’ (un amigo) cuando tenía 15 años”, recuerda Juan, quien los sábados estudia una carrera técnica en el Manuel Olivares.
Mi día en el semáforo ha finalizado. Por hoy, para Ángel dejé de ser Delwing —ya que cree que es un nombre complicado— para él ahora soy “el chele”. Ése será mi apodo cada vez que regrese a esta plaza a sortear carros. D
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