Por Ethelvina Sánchez Ortega
Canastos dañados, plásticos de todos los colores, botellas vacías y toneladas de desechos de comida, que descargan diariamente ochenta camiones recolectores de basura, emanan un fuerte hedor.
Mientras algunos llegan a La Chureca a buscar desperdicios de alimentos, otros van a recolectar basura que les sirve como fuente de ingresos.
A las 9:00 a.m. me encontré con Óscar —mi contacto en el basurero— quien me presentó a su vecino don Carlos, el señor con quien iría a “pepenar”. Me entregaron la herramienta de trabajo: un largo tubo con dos ganchos en el extremo que sirven para picar y un saco. Óscar me advirtió que tuviera cuidado de no perderlo pues en caso de hacerlo tendría que pagar 70 pesos.
Salimos con gancho y saco en mano, más su fiel compañera, una carreta de madera en la que transporta los desechos que luego va a vender. Mientras caminábamos hacia las entrañas de La Chureca los perros, vacas y zopilotes merodeaban los alrededores.
Estamos aquí. Llegamos al cerro de basura. No sabría decir la cantidad exacta de personas de todas las edades que esperaban ansiosos la llegada de las primeras camionadas del día.
“¡Ya viene!”, gritaban ansiosos. El ruido de motores se escuchaba cada vez más cerca. Un enorme camión blanco apareció y don Carlos corrió hacia éste, segundos después reaccioné y lo seguí. Mientras el camión soltaba los desperdicios la gente se amontonaba alrededor. Comenzamos a picar basura “buena”, o sea papeles, botellas de plástico, latas y todo lo que se pueda vender, ya que la libra de latas la pagan a cinco pesos y la de plástico a dos con 20 centavos. Con el dinero que se gana alcanza para comprar arroz y frijoles, si se tiene éxito se compran huevos, pollo o carne.
A medida que transcurría la mañana, los fuertes rayos solares, el terrible hedor y la gran capa de humo mataban las pocas energías que quedaban en mi exprimido cuerpo. Los ojos me ardían y mi estómago sufría de un extraño dolor.
Hoy confirmo que los churequeros a diferencia de otros prefieren “ensuciarse las manos” de una manera honesta para poder darle una mejor calidad de vida a sus seres queridos.
Luego de más o menos cuatro camionadas de basura no pude más y tiré la toalla. Había llegado a mi último round. D
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