SEGUNDA PARTE
BILWI/RAAN.- Andrés Esteban no quiere irse del hospital Nuevo Amanecer de Bilwi, Región Autónoma del Atlántico Norte (RAAN). La enfermera que entró hace poco a la sala le dio la orden de “alta” firmada por el médico y la receta de los medicamentos, que debe tomar para que se le cure esa llaga que tiene a un lado de la nalga izquierda, la que ahora tiene tapada con una gasa y con cinta adhesiva transparente.
Al principio fue un lunar y luego se le hizo una rueda sin forma, que se le fue poniendo en carne viva entre más tiempo pasaba en la silla de ruedas, o sentado, a rastras, en las tablas del rancho donde vive en el barrio Punta Fría.
“En mi casa no tengo quien me cure”, dice Andrés, afligido.
Es uno de los 300 ó 400 hombres que, según la Asociación de Buzos Activos y Lisiados de la Costa Atlántica (ABALCA) han enfermado a causa del síndrome de descompresión, el mal que aqueja a la mayoría de los buzos miskitos que se dedican a la pesca de langosta en las aguas del Caribe nicaragüense.
Los enfermos se han ido acumulando en el transcurso de dos décadas, desde 1990, cuando se abrió la pesca comercial en el país. Cuando volvieron miles de miskitos que durante años estuvieron refugiados en territorio hondureño. Muchos, la mayoría quizás, sólo hallaron trabajo en el buceo de langosta, un oficio de alto riesgo laboral que se ejerce con las mínimas condiciones de seguridad.
Desde esa época comenzó a repetirse una tragedia, que cada mes acumula nombres y apellidos nuevos. El noventa por ciento son miskitos. Eso sí, casi todos son hombres que enfermaron antes de los 40 años, es decir la plenitud de sus años productivos.
EL TOQUE DE LA SIRENA
En el caso de Andrés fue hace cinco años. Él, que empezó a bucear a los 14 años, faenaba en uno de los barcos de la empresa Maricasa, cuando se accidentó.
Para arrancar el crustáceo, se hundió a 120 ó 130 pies en las aguas del Caribe. Ahora no lo recuerda bien. Cada día, en la medida que se agota la langosta en el mar (hacia el final de la temporada, porque son demasiados los pescadores), los hombres deben sumergirse a profundidades mayores para dar con el “buitre marino”.
Eso le tocó hacer a este hombre moreno, de extremidades grandes, que no se dimensionan porque o bien, está encogido en una cama, o arrugado en una silla de ruedas, como estaba la primera vez que habló con LA PRENSA en “Aquí me quedo”, el céntrico comedor de Bilwi.
Allí estaba. Sentado en su silla, que es un híbrido de plástico blanco y metal. A un lado de las estufas que asaban carne de cerdo, res y pollo. A cada persona que se arrimaba a comprar, Andrés esbozaba una sonrisa. Algunos se acercaban y le dejaban unas monedas. Otros se iban.
Andrés oyó el cuento de la sirena, de la famosa “Liwa Mairin”, cuando era un niño. “Es una mujer que sale en el mar. A veces es buena. A veces es mala”, dice.
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- El abogado Carlos Brooks se cansó de llevar demandas laborales de buzos.
Brooks dice que el problema con los empleadores es el mismo: falta de pago de prestaciones y de indemnización una vez que éstos se accidentan en el mar.
Todos sabemos que es una actividad de alto riesgo, dice Brooks, quien en muchas ocasiones llevó hasta ocho causas al mismo tiempo. Dice que las instituciones estatales no funcionan y que muchos empresarios hacen arreglos por su cuenta con los buzos, y los buzos por necesidad ceden, explica el abogado.
Brooks también apunta algo que reseñan distintos estudios sobre los buzos: la mayoría de los lisiados son hombres activos, menores de 40 años, jefe de hogar, con hijos y esposas que con el tiempo los abandonan.
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PELEA POR HACER CUMPLIR DERECHOS
Si en el agua la pelea es con la profundidad, con la falta de oxígeno en los tanques viejos que llevan los barcos; en tierra la pelea de los buzos una vez que enferman, es por no quedar atados a una silla de ruedas.
Es lo que ahora lucha Benito Prudo, de 36 años, originario de Sandy Bay, una tierra paradisíaca situada al norte de Bilwi, en la que brotan los enfermos como los cocoteros.
Prudo se accidentó hace ocho meses en un barco de la empresa Copescharly, que pertenece a un empresario de origen hondureño. A diferencia de Andrés, Benito estaba asegurado en el Instituto Nicaragüense de Seguridad Social (INSS).
La cobertura del INSS fue una de las peleas más arduas de los buzos caribeños y uno de los logros más significativos.
En el 2006, los gremios (dos sindicatos y ALBACA) junto a las viudas de los buzos y los lisiados, protestaron hasta conseguir la seguridad social.
Desde hace tres años, la mayoría de los buzos están inscritos en el INSS. Sin embargo, no funciona como se espera.
Francis Omier, inspectora en funciones del Ministerio del Trabajo (Mitrab), dice que en muchos casos de accidentes el INSS no quiere asumir el pago del 60 por ciento del subsidio, como le corresponde.
“No sabemos por qué esa política”, dice Omier, que está al frente de una instancia muy cuestionada también por los buzos.
Del Mitrab se dice que trabaja al lado de los empresarios, que no se encarga de la seguridad ocupacional de los marinos, y que sus inspectores jamás se asoman por el muelle para verificar el estado y las condiciones de los botes langosteros, en los que zarpan decenas de hombres en tiempos de pesca.
Omier, a favor de su institución, dice que están mejorando y una prueba es que ya tiene un inspector en higiene y seguridad que antes no había.
No es posible saber qué piensa la encargada del INSS en Bilwi, Cintya Dixon. El día que LA PRENSA la visitó, la mañana del martes nueve de marzo, alrededor de las diez de la mañana, su secretaria dijo que estaba ocupada atendiendo a pensionados y que en la tarde iba a las oficinas del Consejo Supremo Electoral (CSE), a evaluar las elecciones. Dixon fue fiscal regional. Su teléfono tampoco lo atendió.
EN EL POLICLÍNICO
Perfume de enfermera. Paredes de color pastel. Una sala habitada por un solo hombre que estira su espalda todo lo que puede sobre una bola azul gigante de las mismas que usan para la técnica pilates las mujeres en los gimnasios exclusivos de Managua.
Benito Prudo llega temprano. Trata de venir entonces. No siempre tiene cómo. Dice que la empresa le pasa 600 córdobas al mes, que no son nada para los costos de vida en Bilwi, pero que algo ayudan. Lo peor es nada, lo dice con un guiño, este hombre que apenas balbucea el español.
Por esa misma dificultad, la fisioterapeuta —una estudiante de Managua— no le entiende cuando, un rato más tarde, al final de la sesión, se acerca para pedirle que le extienda una constancia de que ha estado llegando a la fisioterapia.
“¡Ah una constancia!”, dice al fin la estudiante que anhela regresar pronto al Pacífico.
Tal vez, por eso, porque los buzos saben que los funcionarios y médicos no siempre les entienden, es que ellos prefieren ir adonde las curanderas o sukias que viven en las comunidades y en el propio Bilwi.
Andrés Esteban dice que antes de resignarse a la silla de ruedas, lo intentó todo.
Hubo una sukia que lo metió al mar para curarlo de la Liwa Mairin, pero fue en vano. “Me bañó en el agua, pero nada, no sirvió”, dice con desconsuelo.
Una de las sukias más interesadas en los buzos es “Lakia”, como le llaman a la curandera que vive en el barrio El Muelle.
“Yo quisiera que alguien me apoyara para trabajar con ellos, porque el tratamiento es caro”, dice la mujer.
CÁMARA HIPERBÁRICA
Otra parada casi obligatoria de los buzos es la cámara hiperbárica, que sirve para descomprimir sus cuerpos. En la cápsula, los buzos son sometidos a una terapia de oxigenación intensa que ayuda a recuperar la movilidad en sus miembros. Algunos se curan completamente, o quedan andando.
Sin embargo, el médico Ernesto Taylor dice que ningún hombre que haya sufrido un accidente debe volver al agua.
Pero allá todos saben que la mayoría lo hace, porque no hay otra cosa en qué trabajar.
Se estima que más de mil hombres han pasado por ese aparato que funciona en el hospital Nuevo Amanecer y que fue donado hace unos seis años.
Por la cámara pasó Andrés, quien no pudo volver a caminar, y que ahora pasa cerca de ese pasillo cada vez que se hospitaliza.
Por ahí también estuvo Benito Prudo, hace menos tiempo. Él si salió andando, aunque sus piernas parecían de gelatina y que en cualquier momento se iban a deshacer. Con los días ha aprendido a dominarlas, a sentirlas cada vez más suyas. Él anhela recuperarse y conseguir empleo en otra cosa, aunque sea como marino de un langostero.
Andrés lo que anhela es un colchón para dejar de dormir en el suelo, para no pensar más que el “mar es un diablo” donde comenzó su mala suerte.
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