Marvin Saballos Ramírez.
“El dos de noviembre, cuando no estoy trabajando, visito con la familia el cementerio, limpiamos la fosa familiar y vamos a misa”, me dice Martín, vigilante de un centro comercial capitalino. “Vamos a limpiar las tumbas de mi papa y mi abuelita; es el día del año que dedicamos a eso”, expresa por su parte Doris, ejecutiva de ventas de 22 años, quien dice no profesar ninguna religión. Por otro lado, doña Azucena, residente en Nagarote, cuenta que pinta, limpia y enflora las tumbas familiares, reza un rosario en el cementerio y en casa prepara buñuelos con miel, comida tradicional de la fecha que comparte reunida con toda la familia y además la envía de regalo a los vecinos, quienes a su vez comparten los suyos.
En Nicaragua, el dos de noviembre tradicionalmente lo dedicamos a honrar y recordar a nuestros seres queridos difuntos, en una antigua tradición religiosa que nos llegó de los pueblos europeos vía España y que se mezcló con las creencias de las culturas precolombinas. Actualmente, la fecha parece que ha trascendido a creyentes y no creyentes para convertirse en un momento colectivo de catarsis por el duelo ante la desaparición física de personas que han tenido significado en nuestras vidas, en un evento sociocultural. Damos vida en nuestro recuerdo y cariño a quienes se han ido y a la vez nos confrontamos con nuestra propia finitud. Es un momento de comprensión de la unidad entre la vida y la muerte.
A lo largo del mundo y en las diferentes épocas históricas, todos los pueblos han tenido y tienen ritos y conmemoraciones de sus ancestros, cultos al ciclo de vida y muerte.
Nuestros indígenas tenían una especial devoción hacia sus muertos y un sentido profundo de interdependencia entre el mundo terrenal y el más allá; creencias y valores que antropólogos y sociólogos identifican subsistiendo en muchas de las costumbres que tenemos asociadas a la conmemoración de nuestros difuntos y que se mezclaron con los ritos cristianos. Ofrendar alimentos a los difuntos es una de esas antiguas costumbres indígenas. En México y en los países andinos se elaboran para ellos abundantes y sabrosas comidas, propias para la ocasión, que es frecuente degustar sobre la misma sepultura. Aquí en Nicaragua, en los pueblos de Occidente, se vende buñuelos en los cementerios.
El 2 de noviembre como fecha de conmemoración a los muertos parece tener sus raíces en creencias de los antiguos celtas, quienes eran un pueblo pagano que habitó en gran parte del territorio que hoy constituye Europa Occidental. Ellos celebraban el 1 y el 2 de noviembre el fin e inicio de un nuevo año, la finalización (muerte) de un ciclo de vida e inicio de otro. Al convertirse al cristianismo, esta celebración fue incorporada en las tradiciones cristianas. San Odilon, abad del Monasterio Benedictino de Cluny (sur de Francia), fue quien en el siglo X estableció el dos de noviembre como celebración de los Fieles Difuntos. También por esa época se empezó a celebrar el 1 de noviembre como Día de Todos los Santos, es decir, de aquellos que habían alcanzado la gloria de la vida eterna. O sea, la celebración del ciclo de vida y muerte. En el siglo XV Roma lo oficializó como celebración de toda la Iglesia católica, aunque se señala que las creencias de ofrendar a los muertos siempre han estado presentes en la tradición judeo-cristiana, como podemos leer en el libro segundo de Macabeos: “Mandó Juan Macabeo ofrecer sacrificios por los muertos, para que quedaran libres de sus pecados” (2 Mac. 12, 46).
Para los católicos es un día de oración por el descanso del alma de todos los fieles difuntos. Para el fiel, al conmemorar la muerte, se conmemora la vida, por cuanto se tiene fe en la promesa de la vida eterna.
Para el no creyente, es dar vida en el recuerdo.
Para la naturaleza, es dar vida a nuevos seres a partir de los nutrientes de quienes regresan a la tierra.
Como escribió en su poema Joaquín Pasos: “La fruta que te comes fue tu abuelo hecho polvo”.
Día de Muertos, día de vida.
El autor es psicólogo social.
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