- La muerte de Isis Obed Murillo reafirmó los lazos de una pequeña aldea de Honduras con Manuel Zelaya
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Es martes, mediodía. En este entierro no hay flores. En lugar de pétalos de colores tenues, de esas que ponen los vivos para despedir a sus muertos, lo que hay alrededor de este rancho de paredes de adobe, piso de tierra, sin persianas y techo de zinc, son pancartas que repudian la muerte, el asesinato de un hijo de la aldea de Santa Cruz de Guayape, a unos 200 kilómetros al Oeste de Tegucigalpa.
“Presidente usurpador para el mundo eres lo peor”. “Abogados golpistas Dios hará justicia”.
Pancartas con inscripciones semejantes eran las que cargaba Isis Obed Murillo Mencías, de 19 años y cara de niño, el día que marchó en apoyo a Manuel Zelaya Rosales —el mandatario de Honduras depuesto hace 15 días tras un golpe militar— y que encontró la muerte.
Isis Obed había ido a la marcha del domingo pasado con su papá y tres de sus 12 hermanos. Con consignas como “¡urge Mel, urge Mel!”, abogaban por el retorno de Zelaya. El muchacho, que era de Santa Cruz de Guayape, pero que se había trasladado a la capital hacía poco tiempo, trabajaba y estudiaba. Se sumó a la manifestación que, desde tempranas horas, se extendió como una sábana por la avenida de las Fuerzas Armadas, que desemboca en el aeropuerto internacional de Toncontín.
Ese día por la tarde los manifestantes esperaban que Mel —como le dicen los hondureños a Zelaya— aterrizara en el aeropuerto y que fuera restituido en la silla presidencial. Ése fue el ultimátum que la OEA (Organización de Estados Americanos) le dio el sábado al gobierno de facto que se instaló desde el 28 de junio.
El sábado también habían salido miles a las calles a exigir el regreso de Zelaya. La marcha del sábado había terminado en el aeropuerto, y en la del domingo, en la que Isis Obed se convertiría en la única víctima fatal, estaba previsto el mismo trayecto. Los hondureños, poco acostumbrados a manifestarse en las calles, aseguraron que ese día hubo unas 100 mil personas en la calle. Pero cálculos más sensatos estimaron que participaron de 15 a 20 mil, cuando mucho.
El domingo, sin duda, la demostración fue mayor, pero tampoco había medio millón como exageraban los líderes sindicales que encabezaban la protesta. Avisados por canales de televisión como CNN, cuya señal entró entrecortada, los hondureños supieron que Zelaya haría todo lo posible por aterrizar en suelo catracho. Por eso, los manifestantes caminaron de nuevo hacia Toncontín. Entre la muchedumbre estaba Isis Obed, con sus hermanos y su papá.
Allí, seguramente, se encontraron con vecinos suyos de Santa Cruz de Guayape, un caserío de unas 2,000 personas que apoyan a Zelaya. Algunos pobladores dicen que porque es el único Presidente de Honduras que ha visitado esa aldea. Y la única vez que lo hizo fue durante la campaña. Luego no volvió más, pero según los pobladores, los ha beneficiado con proyectos de semillas e insumos agrícolas.
En Santa Cruz de Guayape, la mayoría de la gente se dedica a la agricultura. En el valle irregular que empieza luego de atravesar un bosque de pino, y que es prácticamente el comienzo del departamento de Olancho, de donde es Zelaya, se siembra maíz, frijol y tomate. “Aquí nadie se había preocupado por nosotros los pobres”, dice María Amalia Moradel, de 26 años, habitante de la aldea.
Otros dicen que desde el paso del huracán Mitch (1998) ningún proyecto de gobierno había entrado en la zona. Tal vez por eso el alcalde Marvin Moradel no dudó en poner tres buses para que los santacruceños viajaran el fin de semana pasado a las manifestaciones que se realizaron en la capital.
Para evitar que la manifestación llegara hasta el aeropuerto, que ya había cerrado, la Policía se tendió en la avenida, donde ocurrió algo sin precedentes en materia de protestas. Los manifestantes se acordonaron frente a la cadena policial, que estaba armada hasta los dientes y en posición defensiva. Y los líderes comenzaron a aplaudir a los policías y a pedirles que los dejaran avanzar. El jefe policial atendió el llamado y empezaron a ceder terreno a los protestantes, que igual que el sábado se apostaron en la entrada del aeropuerto.
Otra parte de los manifestantes se fue hacia el lado de la pista, donde ocurrió la tragedia.
“Ese hombre que disparó era un francotirador”, dice David Murillo, el papá de Isis Obed, el martes junto al féretro de su hijo, el que en pocos minutos será llevado al cementerio del pueblo, una colina donde se impone un frondoso palo de mango.
“Había un hombre que se hincó con un fusil y dijo hoy si va a haber sangre”, oyó decir Murillo, de 53 años y pastor evangélico.
“Mi hijo no tenía enemigos. Desmiento categóricamente lo que han dicho”, dice Murillo y muestra uno de los casquillos de las balas que se dispararon esa tarde, y que además de su hijo muerto dejaron cuatro heridos más de gravedad.
Con ese casquillo, el pastor desmiente la versión del Comisionado de Derechos Humanos, Ramón Custodio, quien aseguró que las balas eran de goma. “Lo desmiento”, dice Murillo furioso mostrando el casquillo que tienen la inscripción LC 83, las siglas de la fábrica y del año en que se habría fabricado esa munición. Murillo dice que si hubiera sabido que eso iba a pasar, se hubiera inmolado por su hijo.