Anastacio Somoza Debayle y Hope Portocarrero en un evento público en los últimos años de la dictadura. LA PRENSA/CORTESÍA/ILUSTRACIÓN: B. RODRÍGUEZ

Un oficio sin límites

Prólogo del libro de reportajes y entrevistas “Los días de Somoza” de Fabián Medina Sánchez La escritura resulta en ocasiones atrevimiento, esa decisión tenaz de romper con los tabúes que aprisiona no pocas veces a los novelistas, y también a los periodistas. Cuando hace algún tiempo se publicó en las páginas de La Prensa la […]

  • Prólogo del libro de reportajes y entrevistas “Los días de Somoza” de Fabián Medina Sánchez

La escritura resulta en ocasiones atrevimiento, esa decisión tenaz de romper con los tabúes que aprisiona no pocas veces a los novelistas, y también a los periodistas. Cuando hace algún tiempo se publicó en las páginas de La Prensa la entrevista que Fabián Medina le había hecho en Guatemala a Anastasio Somoza Portocarrero, el célebre “Chigüín”, heredero último de la dinastía, hubo asombro y malestar, y no pocos espantos.

¿Qué le pasaba a Fabián, que de manera tan desenfadada le daba la voz a un criminal, que como jefe de la temida EEBI era responsable de bombardeos a la población civil, de asesinatos a sangre fría, como el de los socorristas de la Cruz Roja en la carretera a León en 1978, e implicado, según no pocos, en el asesinato de Pedro Joaquín Chamorro, el director del periódico que publicaba la entrevista?

Aquel me pareció siempre un caso para llevarlo delante de los estudiantes de una escuela de periodismo. Fabián preguntaba. El entrevistado respondía con cálculo, como si se hubiera pasado años estudiando aquellas respuestas, y sobre todo, con cinismo. El entrevistador se lo hace saber, que sus respuestas parecen cínicas, y el personaje no se inmuta. Tiene una respuesta adecuada, y estudiada, para todo. A veces uno tiene la impresión de que se está saliendo con la suya porque el periodista no le quita la palabra, ni lo agrede. Queremos ver la entrevista como un acto de revancha.

Pero lo que al final de todo sobrevive es la entrevista misma como documento periodístico, y como documento histórico, que es como se coloca ahora en su papel de pieza central de este libro donde se publica de manera completa, porque se trató de largas horas de conversación, y en la versión del periódico Fabián tuvo que dejar de largo partes sustanciales. Y ahora lo que tenemos enfrente es periodismo puro, periodismo del mejor, y un tabú más roto. No hay personajes que no puedan ser entrevistados, porque el oficio de preguntar no puede tener que ver nada con el agrado o la repugnancia, el aprecio o el desprecio. Lo que importa, y ésta es la lección, es saber, y que la gente que va a leer la entrevista sepa. De otra manera, la mitad del oficio de informar se hubiera quedado en el camino.

¿Quién habla, al fin y al cabo, y a quién quiere uno escuchar? Al entrevistado. El entrevistador no viene a ser sino un intermediario inteligente, que tiene que saber preguntar, pero tampoco uno puede esperar de él que descalifique a cada paso a su entrevistado, sea quien sea, aunque su deber es no dejarlo callar, sacarle todo lo que sea posible de lo que quiere ocultar, y al fin y al cabo, hacer que componga su propio retrato. Si la entrevista refleja cinismo, es porque el entrevistado es cínico, y ése es un triunfo del periodista que se atreve con el tabú.

Somoza Portocarrero es el eje de este libro de reportajes y entrevistas que tratan sobre la vida de Nicaragua bajo la dictadura de la familia Somoza, y sobre la lucha para acabar con la dictadura. Un libro que es una composición de diferentes voces que nos da a entender toda una época principal de nuestra historia, en las variadas perspectivas que nos ofrecen diversos protagonistas. Desde el propio heredero final de la tiranía, que ya nunca pudo ceñirse la corona que según sus cuentas nunca quiso tener en sus sienes, porque aún el uniforme de oficial de la Guardia Nacional le tocó por accidente; a la del capitán Justiniano Pérez, su segundo al mando de la EEBI, que habla con distancia del destino de la Guardia Nacional, emparentada desde su origen hasta su final a la familia Somoza, y que él juzga su pecado genético, y su pecado mortal; a la de la comandante guerrillera Dora María Téllez, segunda al mando del comando que tomó el Palacio Nacional en agosto de 1978, y que estuvo a la cabeza de las fuerzas que por fin expulsaron al ejército de Somoza de todos su cuarteles en la ciudad de León, abriendo así las puertas del triunfo revolucionario de 1979.

Pero hay también otros personajes que bajo sus propias luces y sus propias sombras construyen este mosaico contemporáneo. El dirigente sindical Domingo Sánchez Salgado, “Chagüitillo”, por ejemplo, uno de los más entrañables personajes de la historia nicaragüense, campeón en recibir carceleadas bajo la dictadura de los Somoza, y campeón en pronunciar discursos, al grado que introdujo por sí mismo un nuevo vocablo en el habla nacional, el “chagüite” como sinónimo de discurso o perorata política.

O Luis Manuel Toruño, Charrasca, el muchacho lumpen del barrio San Felipe de León, convertido en un mito gracias a su osadía durante la lucha irregular contra las tropas de Somoza, criado en las calles de la delincuencia callejera, cabeza de pandilleros gracias al prestigio de su arrojo, e incapaz de someterse nunca a ninguna disciplina militar tras el triunfo de la revolución, al que contribuyó con sus acciones, una figura de leyenda más del dominio de un novelista que de un libro de historia.

Y la historia de Alberto Gutiérrez, Macho Negro, carne también de novela, el guardia nacional que solía llevar de la brida el caballo del viejo Somoza, ya sin jinete, en los desfiles del Día de los muertos, convertido luego verdugo, y que tras incontables muertes y daños termina fusilado en el barrio de Monimbó, frente a un pelotón guerrillero. O la de Dinorah Sampson, la amante de Anastasio Somoza Debayle, otro personaje de novela, todopoderosa en las alturas del poder a las que escaló gracias a sus atractivos sexuales, reina de la corrupción que siempre quiso parecerse a Eva Perón, y ser como ella, benefactora de los pobres.

Al leer estas páginas juntas, que atestiguan el oficio de Fabián, bien probado a pesar de su juventud, o, a lo mejor, gracias a su juventud, no dejo de recordar la frase con que Ernesto Cardenal cierra su espléndido poema sobre la historia de la conquista de Nicaragua, El estrecho dudoso: “non debe el coronista dejar facer su oficio”.

No debe el cronista dejar de hacer su oficio. De esta manera se escribe la historia, y también la literatura. Al fin y al cabo, el periodismo es un oficio sin límites.

Masatepe, mayo 2009.

La Prensa Literaria

Puede interesarte

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí