Nicaragua recibió un nocaut el miércoles 1 de julio a las 2 de la mañana. A esa hora, Alexis Argüello decidió adelantársenos en el viaje hacia la eternidad, obligándonos a despertar de golpe, mientras batallábamos por digerir el impacto de su partida.
Ayer, dentro de un carro fúnebre, iba el cuerpo de este boxeador sin el que no se podrá entender la historia del deporte en nuestro país. Sus tres coronas mundiales, las defensas exitosas a esos títulos y, sobre todo, la humildad, su cualidad más verdadera.
No volveremos a ver la sonrisa permanente en su rostro. Ni vamos a oír el estruendo de sus carcajadas, ni apretaremos su atenazadora pero amistosa mano, ni escucharemos las palabras con que alentaba en la dificultad o el abrazo para estimular al necesitado.
Pero ya no necesitaremos nada eso. Tenemos su ejemplo, su legado, su historia. Todas esas batallas épicas y momentos magistrales que nos regaló, mientras demostraba que no existía contradicción entre la grandeza y la sencillez, la fama y sinceridad.
Cuando Alexis se impuso a Rubén Olivares en 1974, abrió el camino y luego se dedicó a poner en alto la barra para las nuevas generaciones, mientras llenaba de orgullo al país y nos probaba a todos que se podían alcanzar los sueños, si se trabajaba con dedicación.
Sus demostraciones frente a Leonel Hernández, Alfredo Escalera, Ray Mancini, Andy Ganigan y, por supuesto, Aaron Pryor, en su primera batalla, son parte de los recuerdos que perennizan a Argüello y que vamos a conservar con especial afecto en el corazón.
Nicaragua ha reaccionado con dolor ante la pérdida de uno de sus mejores hijos. Ahora falta ver si somos capaces de convertir esta tragedia y sobre todo su ejemplo, en fuente de inspiración para sus deportistas y para todos sus ciudadanos en general.
Aparte de su humildad genuina y del formidable instrumental físico que tenía, quizá la más grande virtud de Alexis fue su compromiso con la excelencia. Entendió que no necesitaba ser más poderoso o rápido. Sólo necesitaba usar bien lo que tenía.
Ahora su muerte lo hará incomparable y la eternidad lo convertirá en insuperable, pero no necesitaba ir de esa forma, así sin despedirse. Sin embargo, hizo tanto por nosotros que se lo dispensamos y le deseamos un buen viaje.