- Yatama acusa al Frente Sandinista de chantajear y presionar por votos a los comunitarios de Río Coco
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ENVIADA ESPECIAL/ WASPAM
Doña “Bertilda”, una miskita de ochenta años, no sabe por qué la cocina nueva que le regaló el Gobierno hace un par de meses “ya no sirve”. Su vecina, otra miskita, pero más joven y robusta que la anciana que parece reducida en ese vestido amarillento y polvoso que viste casi todos los días, le explica que “la estufa ya no sirve porque es descartable”. Pero las dos se equivocan. La cocina, con la pintura reluciente y las letras rojas y claras en las que se lee “alba”, sólo necesita que le rellenen el tanque verde de gas para que vuelva a prender la llama con la que fríe en aceite de coco los plátanos simples que la mujer come siempre a falta de otro alimento.
La solución no es sencilla en este pueblo ubicado a más de 120 kilómetros de la cabecera municipal de Puerto Cabezas y a 600 kilómetros de la capital. “En Waspam el tanque de gas de 25 libras vale 460 pesos”, responde la mujer que nos acompañó a esta comunidad ubicada a veinte minutos del pueblo asentado en la ribera del río Coco, que también hace de intérprete, porque aquí el 95 por ciento de la población es miskita y en las comunidades, sobre todo las personas mayores, no hablan español y lo entienden poco.
A media hora de ahí, en uno de los barrios de Waspam, otra familia recibió una “estufa descartable”. Fue otra miskita de más de 70 años que anduvo durante una semana detrás de un “coordinador del Gobierno”, porque él dijo que le regalaría una cocina, una vaca preñada, una chancha y dinero para reparar su casita de tablas, pero dice que desistió cuando el hombre le explicó que a cambio de eso debía votar en la casilla dos del Frente Sandinista; y ella, que perdió a un hijo en la guerra de los años ochenta, se negó a votar por quienes culpa de la muerte de su hijo.
Una de las tres hijas que viven con ella, en otra de las casas de madera de ese mismo solar, sí recibió una estufa, pero tampoco la ocupa porque se le acabó el gas. A pocos metros de la casa, un grupo de niños juega con una pieza de otra cocina, que tampoco ocuparán más. “Rum, rum, rum”, imita el sonido de un carro uno de los niños, que con un quemador horizontal, ahora su carro imaginario, trata de alcanzar los pies de los otros niños que brincan al paso del quemador desechado.
COCINAS Y ANIMALES A CAMBIO DE VOTOS
Mario Lemans, representante legal del partido indígena regional Yapti Tasba Masraka Nanih Asla Takanka (Yatama, hijos de la madre tierra, en lengua miskita), asegura que el partido de Gobierno repartió cocinas, vacas, cerdos y dinero a los miskitos para que votaran por el candidato orteguista José Osorno, y así restar puntos a su partido que en el 2004 ganó la Alcaldía de Waspam con 3 mil 756 votos contra los mil 948 que obtuvo el FSLN, ahora el mayor votado en ese municipio, según los resultados preliminares del Consejo Supremo Electoral (CSE).
El partido regional reclama un recuento de votos y un cotejo de actas, porque el tribunal electoral otorga una diferencia de unos mil votos entre Yatama y el FSLN, a favor del último.
Pero Yatama sostiene que la diferencia es menos de 400 votos, y eso sin contar unas 16 juntas receptoras de votos (JRV) ubicadas en los raudales del río Coco (las últimas en entregar debido a la distancia), donde se afirman como partido mayoritario.
Por eso, el líder de Yatama y diputado miskito aliado al Frente Sandinista, Brooklyn Rivera, dijo el lunes en una asamblea partidaria en Puerto Cabezas que los resultados electorales en Waspam “fueron sucios” y pidió a las comunidades miskitas estar “alertas” para defender el voto indígena.
El día que Rivera protestó contra los resultados electorales preliminares sobre Waspam dijo a los miskitos que el CSE extendió permisos amplios para dejar votar a militares originarios del Pacífico, sólo entregó cédulas a partidarios del FSLN y éstos también le dieron a menores de edad.
Lemans agregó que el Frente Sandinista “le echó la vaca a Yatama con las donaciones que están mandando para gente pobre: Usura Cero, Hambre Cero, con Alba (ayuda venezolana), con todo hicieron su campaña, con amenazas para el pueblo, que lo tienen humillado”.
El candidato a alcalde de Yatama, Víctor Hooker, aseguró que “los sandinistas repartieron como dos mil cocinas en Waspam y violaron el silencio electoral, porque cuando la campaña cerró siguieron repartiendo, regalando y dando dinero a la gente, daban 3 mil 500 córdobas por persona y les decían ‘no te cobramos si votas en la casilla dos’. También mataron reses, les dieron guaro, y al mediodía del día de la elección andaban una mochila con cédulas para entregarlas a su gente y a niños menores que no tienen edad para votar (menores de 16 años); pero si era cédula de Yatama, no la daban”.
Los fiscales de Yatama y sus simpatizantes también dan fe de que en las JRV los policías electorales actuaron como actores de presión sobre los votantes.
Laura Coleman, de la comunidad de Asang, asegura que cuando fue a votar observó que los policías electorales adentro y afuera de la junta decían a los votantes: “Ya saben, ya saben, le dieron estufa, ahora vota, si no vota en la dos se la quitamos o no le damos”.
“Por eso —reclama Coleman— yo no acepto voto sandinista, las personas de Asang estaban amenazadas porque les dieron cosas o les prometieron otras y así fue en otras comunidades”.
Ana Francis, fiscal Yatama en Sang-Sang, también sostiene que los sandinistas pidieron a los miskitos que marcaran la casilla dos con una “X” y sus iniciales, para luego comparar los votos con una lista de señas que manejaba el FSLN.
UN FRESCO RECUERDO DE DOLOR Y GUERRA
En los años ochenta, Waspam fue uno de los primeros frentes del alzamiento indígena armado, en contra del primer gobierno del FSLN.
Para la mayoría de los miskitos, ese terror de la guerra que les redujo las comunidades a ruinas, está fresco.
“Bertilda” aún recuerda aquellos años que pasó en Honduras: “Lloraba y lloraba para regresar a Nicaragua, los huesos de mis cuatro hijos dejé en Honduras y también perdí a mi marido. Yo no tengo nada. Soy pobre, tengo hambre y miedo de que vuelva la guerra porque tengo ochenta años, no es como antes, ahora hay más hambre”, dice la miskita con la mirada llorosa y perdida en la cocina reluciente e inútil que le adorna la casa.