Pintura de Miguel Montiel. LA PRENSA/CORTESÍA

Poe

Pasa, lentamente, un carro andrajoso arrastrado por caballos viejos y flacos. A su paso deja ruido de cascabeles y cacerolas, hedor, suciedad y mugre. Un hombre y una mujer, borrachos, arrastran los pies entre el barro de las calles de Boston. La tartana destartalada parece una mujer gorda sobre las patas cojas de unas muletas […]

Pasa, lentamente, un carro andrajoso

arrastrado por caballos viejos y flacos.

A su paso deja ruido de cascabeles y cacerolas,

hedor, suciedad y mugre.

Un hombre y una mujer,

borrachos,

arrastran los pies

entre el barro de las calles de Boston.

La tartana destartalada

parece una mujer gorda

sobre las patas cojas de unas muletas de goma.

Detrás, unos niños fúnebres caminan

hacia la muerte con el rostro marcado por la tristeza;

empujan el carro cargado de carpas viejas

y andrajos de un circo ambulante.

El joven Edgard mira hacia atrás, el pasado

—desde la ventana de la Universidad de Virginia—,

el rostro macabro de su padre borracho, muerto;

el rostro pálido y tísico de la madre muerta;

el rostro de sus hermanos, muertos,

hundidos en el barro de alcohol y tuberculosis.

Edgard presiente la llamada de la sangre,

es el lirio negro de una mano que golpea

su conciencia

despertándole del sueño,

indicando los caminos virtuosos del vicio:

la calle etílica del alcohol,

la calle espirituosa del láudano,

la calle olorosa del opio.

Edgard conoció todas las calles.

Un día contrajo matrimonio

con su prima Virginia,

pero esta triste Ligeia fue conducida al cielo

por un coro de trapecistas de circo

y el pobre Edgard bebió.

Bebió, bebió.

Sólo Dios sabe cuánto bebió

el joven Edgard.

Apuró tanto, tan de prisa,

que el delirium tremens pronto tocó su cabeza.

Su vida pálida se arrastró por calles solitarias,

por las calles lóbregas de Baltimore,

por las tabernas tristes y oscuras.

Un día

encontraron

el cuerpo ebrio

de un hombre

borracho

tirado como perro

en un callejón estrecho.

Era Edgard.

Lo condujo al hospital una tartana

y sólo tenía cuarenta años.

Una mañana fría de octubre

fue enterrado en medio de la niebla

en el cementerio de Baltimore.

Nadie asistió al entierro, nadie.

Nunca tuvo a nadie,

sólo a Virginia.

De niño quedó huérfano, solo.

Desde la luna su amada Ligeia

cantaba con voz de oro

entre un coro de payasos de circo.

Sólo el sepulturero y su ayudante

fueron testigos de aquel ataúd rústico

que aún despedía por el camino de piedra

ese rancio olor de los alcoholes malos.

La Prensa Literaria

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