Pasa, lentamente, un carro andrajoso
arrastrado por caballos viejos y flacos.
A su paso deja ruido de cascabeles y cacerolas,
hedor, suciedad y mugre.
Un hombre y una mujer,
borrachos,
arrastran los pies
entre el barro de las calles de Boston.
La tartana destartalada
parece una mujer gorda
sobre las patas cojas de unas muletas de goma.
Detrás, unos niños fúnebres caminan
hacia la muerte con el rostro marcado por la tristeza;
empujan el carro cargado de carpas viejas
y andrajos de un circo ambulante.
El joven Edgard mira hacia atrás, el pasado
desde la ventana de la Universidad de Virginia,
el rostro macabro de su padre borracho, muerto;
el rostro pálido y tísico de la madre muerta;
el rostro de sus hermanos, muertos,
hundidos en el barro de alcohol y tuberculosis.
Edgard presiente la llamada de la sangre,
es el lirio negro de una mano que golpea
su conciencia
despertándole del sueño,
indicando los caminos virtuosos del vicio:
la calle etílica del alcohol,
la calle espirituosa del láudano,
la calle olorosa del opio.
Edgard conoció todas las calles.
Un día contrajo matrimonio
con su prima Virginia,
pero esta triste Ligeia fue conducida al cielo
por un coro de trapecistas de circo
y el pobre Edgard bebió.
Bebió, bebió.
Sólo Dios sabe cuánto bebió
el joven Edgard.
Apuró tanto, tan de prisa,
que el delirium tremens pronto tocó su cabeza.
Su vida pálida se arrastró por calles solitarias,
por las calles lóbregas de Baltimore,
por las tabernas tristes y oscuras.
Un día
encontraron
el cuerpo ebrio
de un hombre
borracho
tirado como perro
en un callejón estrecho.
Era Edgard.
Lo condujo al hospital una tartana
y sólo tenía cuarenta años.
Una mañana fría de octubre
fue enterrado en medio de la niebla
en el cementerio de Baltimore.
Nadie asistió al entierro, nadie.
Nunca tuvo a nadie,
sólo a Virginia.
De niño quedó huérfano, solo.
Desde la luna su amada Ligeia
cantaba con voz de oro
entre un coro de payasos de circo.
Sólo el sepulturero y su ayudante
fueron testigos de aquel ataúd rústico
que aún despedía por el camino de piedra
ese rancio olor de los alcoholes malos.