Pintura en turno. Augusto Silva

Hay que enterrar una nación

Retorna a Tlaloc para que vomite diluvio, arranque maleza de la sangre y abra horizonte cierto, la raíz profunda. En el espejo de Tezcatlipoca, recóndito en telilla niebla, muere secuestrada la nación. Y se retuerce de dolor, famélica de tanto en vida en brazos de ilusionistas. (Hay dolores tan enquistados que se vuelven compañeros con […]

Retorna a Tlaloc

para que vomite diluvio,

arranque maleza de la sangre

y abra horizonte cierto,

la raíz profunda.

En el espejo de Tezcatlipoca,

recóndito en telilla niebla,

muere secuestrada la nación.

Y se retuerce de dolor,

famélica de tanto en vida

en brazos de ilusionistas.

(Hay dolores tan enquistados

que se vuelven compañeros

con lento y afanoso ejercicio

de polilla devorando alma,

tan lento y tan de uno,

que sonreímos en vez de llorar,

duramos en vez de vivir

y el sueño se diluye absurdo

en el avergonzado Ay sin remedio).

Cuando la propiedad despojó el paraíso,

aprendimos a diseñar infiernos,

a tejer llantos con traiciones y guerras.

Hay sonrisas apagadas y verdades derruidas.

¿Cuándo rescataremos a Xilonem

del terrible y seco demonio?

¿Ha de fallecer la palabra-maíz

en el fondo agrio y perverso?

Para que el viento negro y frío

se ahogue en la telaraña

Hay que enterrar una nación.

Para que bondadoso sonría Tlaloc

y germine el verde y el maíz

Hay que enterrar una nación.

Aquélla

de zorros y coyotes con disfraz de jaguar,

que rinden culto y viven del gusano,

que hieren y dividen hasta la médula.

En tribuna alta se enflora el odio.

Para que la niña Verdiazul

reviva en amor, venza a la codicia y

alumbre el sueño de Ometepetl y Nagrando

Hay que enterrar una nación.

Para que haya parto de luz…

danza de isletas con arrullo lacustre

y baje el bello Ganímedes con la copa,

para que brinden Tamagastad y Tlaloc,

mientras Cipaltomal maternal

acaricie el rostro tierno de Xilonem.

(Del poemario en construcción Señal para mito oscuro).

La Prensa Literaria

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