Sangre ganada

Al Padre, el Poeta Ernesto Cardenal rememorando sus poemas en el recital de Judenburg, Austria ¿Qué energía sopla incrustada en su espalda? Parece que estuvieran naciéndole alas. Cuando se acerca, se aligera el aire: es el cuerpo y el alma, la tierra, el fuego y el agua que se disuelven. El más anciano cruzó y […]

Al Padre, el Poeta Ernesto Cardenal rememorando sus poemas en el recital de Judenburg, Austria

¿Qué energía sopla incrustada en su espalda? Parece que estuvieran naciéndole alas. Cuando se acerca, se aligera el aire: es el cuerpo y el alma, la tierra, el fuego y el agua que se disuelven.

El más anciano cruzó y volvió de la anchura, cargaba en sus manos una piedra morada que traía grabado en relieve un corazón púrpura como saliendo del pecho. El pueblo se agrupó curioso para recibir a quien acarreaba tan sutil encargo. Con mucha calma y mucho cuidado se subió el anciano al estrado y dijo, lo que me ha entregado el poeta viene diluido, para que esa mujer, que ustedes dicen, que es como de piedra, lo descifre.

El nerviosismo y las murmuraciones se hicieron visibles, un jovencito, hijo de una vecina de la mujer, se puso a la orden y fue a buscarla.

Todos conocen un poco de ella, de lo trivial y de lo aparente, y según dicen las malas lenguas, agarra camino por donde los hombres ni se atreven, y como extraño ritual, recoge piedras hasta las dos de la mañana, cuando la oración trapense inicia su madrugada, pues de sus labios lo supo, que a esa hora, la oscuridad se apodera de los caminos, de las ventanas y de las puertas, por eso rezan como cigarras los monjes.

Se apareció justo a las doce del mediodia, el sol vertical sobre Granada, el lago horizontal y dulce, su lago bueno, y con acento de aire pausado, les preguntó, ¿de qué se trata esto que dice el joven me pertenece?

A la bella de los ojos, los únicos ojos que miró y vio el poeta, en el estadio lleno de luces, entre los miles de espectadores, le sonó extraño eso de ir a leer a la plaza.

Y respetando la voluntad que venía de lejos, se entregó la piedra a la dueña de su mirada, de ojos que nadan en lago dulce, en lago manso, así es como los describe y recuerda el poeta.

La demora empezó a impacientar a la gente y los más machos, que no aprobaban el corto paso y largoooooooo camino, abuchearon con impertinencias.

Sin avisar y de improviso se desaguaron todas las piedras. Un rayo de miradas turbias y transparentes descongeló el llanto que ahogó hasta la campana de la catedral.Fue sólo un instante, todos ardieron, se estremecieron y se deshicieron los malos pensamientos. Allí de pie, impávida, pudo tocar la esencia, recordar con el corazón palpitante en sus manos, aquella noche de canto a la vida, allí, donde su joven poeta le robó sus ojos, con sus ojos, se llevó su boca y con su boca todo su aliento.

Aquella noche de iluminación y renuncia perpetua, él se entregó a Dios, percibió cómo las tempestades y las mutaciones de su cuerpo y de su alma habían dominado todos los elementos. Ella, se quedó en su claustro de piedra, pero ese día, el aire, la tierra, el fuego y el agua se conjugaron.

La Prensa Literaria

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