Consciente de que un par de ojos la miraban
y que después la mirarían miles de ojos,
no mostró ninguna pena, ni sonrojos
al posar en su lecho, iluminada.
La tersura de su piel y sus caderas anchas
provocarían miles de antojos
buscando de sus brazos el apoyo
y de sus manos la caricia franca.
Así la vemos, desnuda o desvestida:
asombrando la franqueza de su vida
como mujer en diosa transformada.
La mano del pintor no tembló nunca
ni se ofuscó al ver tanta blancura
que dio gloria al cuerpo y salvación a su alma.