Modelo: Salvador Castillo.

La maja desnuda

Consciente de que un par de ojos la miraban y que después la mirarían miles de ojos, no mostró ninguna pena, ni sonrojos al posar en su lecho, iluminada. La tersura de su piel y sus caderas anchas provocarían miles de antojos buscando de sus brazos el apoyo y de sus manos la caricia franca. […]

Consciente de que un par de ojos la miraban

y que después la mirarían miles de ojos,

no mostró ninguna pena, ni sonrojos

al posar en su lecho, iluminada.

La tersura de su piel y sus caderas anchas

provocarían miles de antojos

buscando de sus brazos el apoyo

y de sus manos la caricia franca.

Así la vemos, desnuda o desvestida:

asombrando la franqueza de su vida

como mujer en diosa transformada.

La mano del pintor no tembló nunca

ni se ofuscó al ver tanta blancura

que dio gloria al cuerpo y salvación a su alma.

La Prensa Literaria

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