La Pascua es un tiempo litúrgico maravilloso. Con Jesús Resucitado estos cincuenta días nos preparan al regalo del Espíritu Santo.
Para la Iglesia es una semana de semanas en la cual se dispone el corazón para la plenitud del Don de Dios.
Primera semana: Los Testigos del Resucitado.
Segunda semana: Nacer de nuevo.
Tercera semana: El Pan vivo.
Cuarta semana: Cristo Luz del mundo.
Quinta semana: Permanecer en el amor.
Sexta Semana: La obra del Espíritu.
Séptima semana: Gloria de Jesús.
Primera semana: Los Testigos del Resucitado. María Magdalena, las mujeres que fueron al sepulcro vacío y otros discípulos en inicio no pueden identificar al Resucitado. Sólo se logra esto con sus apariciones cuyo culmen es la expresión de Tomás cuando exclama: ¡Señor mío y Dios mío!
Segunda semana: Nacer de nuevo. Meditamos los pasajes en donde Nicodemo que representa a Israel debe pasar de la noche al día, nacer de lo Alto, reconocer el inmenso Amor de Dios que ha enviado a su Hijo para que tengamos vida eterna
El evangelio de hoy (Lucas 24,13-35), es un hermoso texto donde la Liturgia de la Palabra se complementa con la Liturgia de la Eucaristía. El mismo día de la Resurrección, dos discípulos del Señor, van saliendo de Jerusalén hacia Emaús. Ellos representan una comunidad desintegrada, decepcionada y temerosa. Uno de los dos tiene nombre, Cleofás, al otro la Escritura no lo nombra, pues somos uno de nosotros. Los dos discípulos tienen que caminar aproximadamente unas tres horas a pie para llegar a su destino, Emaús. Van tristes.
Jesús se les acerca. Camina junto a ellos, pero “los ojos de los dos discípulos estaban velados y no lo reconocieron”. Jesús, el supremo intérprete de la Sagrada Escritura, al escuchar de ellos lo sucedido en Jerusalén en esos días, les explica que el Mesías debería padecer y luego resucitaría.
Los discípulos responden que han escuchado a algunos testigos oculares de la resurrección, pero no dan crédito a sus palabras.
Muy próximos a llegar a su destino, el Resucitado hace un gesto de marchar por otro camino y ellos le suplican con una frase que durante siglos ha brotado de los labios y del corazón de los creyentes: “Quédate con nosotros, porque ya es tarde y pronto va a oscurecer”.
Si no invitamos a Jesús a permanecer con nosotros, si le cerramos las puertas del corazón viene a nuestra vida la oscuridad, el vacío, el sinsentido, el egoísmo. Por el contrario, si se queda con nosotros y abrimos nuestro corazón a su Presencia viene a nuestra vida la Paz, la Alegría, la Esperanza, la solidaridad, el Amor y la Victoria sobre los signos de muerte que constantemente nos tientan y acechan.
Jesús Resucitado se quedó con ellos. Al partir el pan lo reconocieron. Este gesto revela lo que sucede cada vez que celebramos la Eucaristía, el Señor se revela en la Liturgia de la Palabra como Maestro y en la Liturgia de la Eucaristía como Pan Vivo bajo del Cielo.
El relato de Emaús describe también un proceso de sanación interior. Los discípulos reconstruyendo su experiencia reconocieron como ante las palabras de Jesús les ardía el corazón. Su tristeza, temor, aislamiento y decepción se convirtieron en la Alegría de una Presencia Victoriosa, Amorosa, Sobrenatural. Cristo Resucitado fue la causa de esa transformación.
El mal, la noche oscura, las ambiciones desmedidas de poder pueden hacer mucho camino, asustarnos, afligirnos y decepcionarnos. Pero el Resucitado tiene todo Poder y manifiesta su Gloria aplastando la cabeza de Satanás en la Cruz del Calvario.