(La Prensa/Archivo)

Noche de machos

Crónica Urbana Nicole tiene 24 años. De su vida sólo sé su nombre y su edad. En realidad, antes de la noche del miércoles que visité un conocido centro nocturno, ni siquiera sabía que existía. Y aunque esa mujer morena, de altura media, cabello liso y delgada no me conoce tampoco, sé de sus atributos […]

  • Crónica Urbana

Nicole tiene 24 años. De su vida sólo sé su nombre y su edad. En realidad, antes de la noche del miércoles que visité un conocido centro nocturno, ni siquiera sabía que existía. Y aunque esa mujer morena, de altura media, cabello liso y delgada no me conoce tampoco, sé de sus atributos femeninos. Sé por ejemplo que su talla de sostén es 36 y que su pantalón no debe ser más de un talla 5 americana.

Ella baila todas las noches en el segundo piso del popular night club Aquí Polanco. La joven se pasea por la tarima cual esbelta modelo en una pasarela de modas preocupada más por sus uñas que por su baile. Eso hasta que llega al tubo metálico que se sostiene del techo. Allí comienza su baile al ritmo de música electrónica. Se contonea una y otra vez alrededor del tubo, pero no muestra mucho entusiasmo. Tal vez porque esta noche de miércoles el lugar no está lleno. En el primer piso del edificio tres clientes ocupan las mesas de manteles de plástico rojo, los cuales combinan con unas lámparas fluorescentes también rojas. Sobre las mesas, varias botellas de cervezas vacías que, según los indicadores de temperaturas de unos freezer, está a dos grados bajo cero, pero si uno toca las oscuras botellas y consume el amargo líquido parecerá que están más bien a punto de ebullición.

Aquí Polanco es de esos lugares famosos de glorias ya pasadas. Ahora, las paredes verdes descascaradas por el paso del tiempo y los pisos ajedrez ya no reciben cientos de hombres que esperan las 10 de la noche para presenciar el show de bailarinas nudistas.

Hoy solamente hay tres tipos y dos chicas en el lugar. El más viejo de ellos, un hombre bajito, de complexión media que me recuerda a esas características marcadas de los masayas, juega con su celular, y cuando no juega con él, entonces fija su mirada en la pantalla gigante que pasa un vídeo de Donna Summer en tiempos mozos. Es aquel donde ella está vestida con un cotón parecido a los del hospital. Y mientras él se pierde entre las imágenes del vídeo, Rubí, otra joven bailarina, hace su debut en la tarima bordeada en el techo de espejos rectangulares.

“Rubí, cero millas, nuevecita. Usted se la puede llevar…”, dijo el animador, DJ Juan Gabriel, alias “Pirulín”.

Él no tenía que decir que era novata. El hombre sentado enfrente de ella, con una cara de mal de amores, lo hubiera notado si estuviera más atento al baile que al vacío en que tiene fija la mirada. Rubí lucha por ganar la atención de los pocos clientes. Tuerce el dorso, agita la cadera y mueve una y otra vez el trasero. Pero es inútil, los dos hombres siguen en lo suyo. De repente, ella ve la posibilidad de conseguir dos clientes que están entrando. Se apura a mover el cuerpo. Se desespera por quitarse la ropa. Sube los brazos y se quita bruscamente el top lila de florcitas blancas, después sin mediar movimiento se despoja de la falda dorada. Ya quedó al descubierto su vientre flácido, tal vez por uno o varios partos. Supongo eso porque también sus pechos están caídos.

Éstos son los bailes. Eso es lo que ofrece el night club, pero me aburre ver a esas mujeres sin ninguna sensualidad quitarse la ropa desesperadamente.

Decido salir de allí. Bajé al primer piso de donde un hombre saca a una rata muerta que toma por la cola. No sé si el animal salió de los baños, del bar, de la cocina, de los parlantes… Una vez abajo, me despierta la curiosidad el que los meseros y los pocos clientes estén apostados en las ventanas viendo un espectáculo grandioso.

Salgo a la carretera y pienso en los 90 pesos que tuve que consumir para ver a las mujeres desnudarse cuando otra está en medio de la calle tal como Dios la trajo al mundo, y gratis. Es casi igual de flácida y “sensual” como las que están adentro. Sólo una diferencia: es una demente que decidió hacer su propio show en plena calle. Luego recuerdo lo que me dijeron mis amigos cuando les conté que iba a este centro nocturno: Desde que murió Polanco ya no es lo mismo.

Espectáculo

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