- Hace cinco años Estados Unidos comenzó la guerra en Irak. Un pequeño contingente de soldados nicaragüenses se involucró y ahora recuerdan los casi siete meses de un calor inclemente, los pesares y las alegrías en esa tierra del petróleo
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Sólo son tres o cuatro morterazos. Nada más. Por lo menos los españoles le habían dicho que luego del cuarto los soldados iraquíes se iban. Querían asustar nada más. La sargento Reyna Pineda, que hoy tiene 38 años, sintió que los escasos metros que la separaban de la covacha de las españolas, cerca de donde cayeron los explosivos, se disminuían con cada detonación.
Hoy, a cuatro años del retorno de las tropas nicaragüenses y cinco de la invasión estadounidense a Irak, Pineda recuerda cómo ella junto a 76 mujeres más que conformaban parte del contingente Plus Ultra, la experiencia más cercana al peligro que vivió en las cálidas tierras de Ad Diwaniya, provincia ubicada al centro sur de ese país árabe.
Aunque el miedo se apoderó de las 19 nicaragüenses ese mes de febrero de 2004, ellas reaccionaron rápidamente al ataque. “Lo primero fue ponernos el uniforme. Nos pusimos el chaleco, el casco y teníamos lista el arma. Esperábamos lo peor… había histeria, llanto y yo pensaba: ‘A la puta, ya cumplimos la misión y no nos van a dejar ir’”, relata la sargento Nadeska Montiel Mejía.
“Inmediatamente me enteré del ataque a la covacha de las mujeres con tres granadas de morteros, a los tres minutos aproximadamente, me trasladé al lugar para constatar la situación. Ellas estaban bien y gracias a Dios no hubo bajas ese día”, asegura el teniente coronel Osman Corea, quien estaba a cargo de la misión de ayuda humanitaria en Irak.
Los 115 soldados del contingente nicaragüense sabían que tendrían que enfrentar situaciones como éstas el 12 de agosto de 2003 cuando partieron con destino a Irak. La experiencia es hoy para muchos de ellos la más difícil, pero también la más enriquecedora de sus vidas.
¿Voy o no voy? Esa era la pregunta que rondaba en la cabeza de Concepción Herrera. Esta mujer morena, recia, de 42 años, relata que la decisión no fue fácil, pero que sentía que debía hacerlo. Aunque fueron largos seis meses para ella separada de su familia no se arrepiente de su decisión. Las historias que tiene que contar no son pocas y todas las guarda como una fotografía en la memoria.
—¿Qué fue lo más difícil?
—Creo que cuando estuvimos en Kuwait. Allí ya todos queríamos regresarnos. (Ríe).
El calor era terrible. Pensé que en Nicaragua hacía calor. Esto no es nada. Era tanta la presión que durante la formación, que la hacíamos a las 7:00 a.m., teníamos que cargar un camellbag, una especie de mochila pequeña con agua y un dispensador que continuamente llevábamos a la boca. Además, teníamos que cubrirnos los ojos y la cabeza de la arena.
—¿Eso fue lo peor?
—No. También el agua de las duchas. Era agua hirviendo que salía. Nosotras nos levantábamos temprano a bañarnos y no podíamos hacerlo porque te quemaba el cuerpo el agua. Parecía como un baño sauna, aguas termales.
El agua de las duchas dejó muchas anécdotas para los soldados. El teniente coronel Corea recuerda cómo un homólogo se quemó con las aguas de las duchas: “Se levantó tarde a bañarse y el agua del depósito que parecía como un material de llantas se calentó. Él se metió a bañarse y cuando abrió la llave le cayó el agua caliente. Lo quemó”, explica.
El calor y los 60 grados centígrados que se alcanzaron en Kuwait durante los cuatro días que estuvo el contingente Plus Ultra, eran sólo el inicio de la misión. Cuando los buses salieron rumbo a Ad Diwaniya otra historia se comenzó a escribir.
“Cuando íbamos rumbo a Ad Diwaniya pasamos por el desierto. Sólo había arena. Después se comenzó a divisar el pueblo. Muchos lugares estaban destruidos. Recuerdo que los niños se acercaban a la caravana y pedían, las mujeres también. No pensé que podría ver eso. Como estaban en guerra eran más pobres que nosotros”. Esa es la primera impresión que Fabiola Lara García, la de mayor edad en el grupo de las mujeres, tuvo al entrar a la provincia iraquí.
El contingente se alojó en la Base España. Y una vez allí comenzó la labor. El trabajo, según la experiencia de los soldados era de lunes a lunes. Si no salían a las localidades cercanas, atendían en los puestos de salud. Además, tenían que realizar vigilancia nocturna para resguardar la base.
La rutina consistía en baño, desayuno y formación. Recibían las instrucciones y salían a trabajar. Durante los seis meses de trabajo la delegación nicaragüense atendió 16 localidades de la provincia que cuenta con dos millones de habitantes. En total, según datos del Ejército de Nicaragua, los médicos y enfermeras realizaron 10 mil 938 consultas.
Los quemados y los soldados heridos son los más dolorosos recuerdos de la misión. “Me impactaron los quemados. Me acuerdo de una señora bien quemada. Llegó al hospital. Sólo enseñaba la nariz. Estaba tan quemada la pobre mujer. Ella se sentía tan agradecida porque la estábamos atendiendo. Siempre llegaba mucha gente que se quemaba, sobre todo las mujeres y los niños. Era doloroso verlos”.
Para la sargento Montiel la experiencia más dolorosa fue con un soldado herido accidentalmente por su compañero. “Creí que al que le dieron era un nica. No andaba la placa. Miramos cómo volaba sangre. Preguntamos por el tipo de sangre. Recuerdo que dijo claro: O positivo. Nunca más volví a escuchar su voz. La bala se llevó a su paso todo. Tuvo dos paros cardíacos y del segundo no logró salir. Cuando salí vi al sargento que se le escapó la bala. Ese hombre quería morirse y no es para menos. Eran muy apegados. Es algo que te cuesta superar”, rememora.
—¿Teniente coronel, cómo fueron recibidos por la población. Existía el temor entre los soldados de que fueran tachados de invasores?
—La tropa nicaragüense en cumplimiento de una resolución aprobada por la Asamblea Nacional y encargada por el Ejército de Nicaragua prestó ayuda humanitaria en Irak. Por la forma de atenderlos nos ganamos el aprecio, el cariño de la población. Considero que fuimos bien atendidos.
Esta opinión es compartida por todos los entrevistados. BBC Mundo para Latinoamérica informó en agosto de 2003 que Ad Diwaniya era uno de los mejores lugares de Irak para estar. La opinión venía de un soldado nicaragüense, perteneciente a la tropa de zapadores.
“La gente muy contenta y agradecida con una pastillita que le dieras, una acetaminofén. Se iban felices. En ese momento pensaba: si le doy una pastilla a un nicaragüense no se iba a sentir bien, me van a tratar”, cuenta entre risas Reyna Pineda.
Pero no todo fue dicha. Los problemas también se presentaron. Aunque todos recibieron entrenamiento sobre las costumbres en el país y la forma de tratar a la gente durante las visitas a las comunidades se presentaron algunos conflictos. La sargento Mejía asegura que en una ocasión cometieron el error de querer atender a los niños primeros. Los hombres inmediatamente reclamaron su derecho. Al final, con ayuda del intérprete resolvieron el problema. “Los pasábamos de tres en tres: un hombre, un niño y una mujer”.
Lo mismo sucedía cuando se iba a repartir donaciones a la gente. “Eran filas enormes. Los hombres llegaban y se iban de primero y empujaban a las mujeres. Nosotros no podíamos meternos. Ya nos habían dicho que evitáramos cualquier conflicto”, afirma Concepción Herrera.
“Me sentía protegida por Dios”, “La Virgen de Fátima era mi consuelo”, “Dios me acompañó”… Estas fueron las respuestas de los soldados que marcharon a Irak cuando se les preguntó si tenían miedo. El teniente coronel Osman Corea fue más práctico en su respuesta: “Trabajamos con un equipo entrenado y profesional”.
—¿Estuvieron en peligro?
—Todos sabían a lo que iban. Nuestra familia sabía que tal vez no regresabas con vida. Tal vez por una bomba, un accidente– responde Concepción Herrera.
—¿Y por qué decide ir?
—Sentí que lo tenía que hacer.
Pero el deber no fue la única motivación para estas mujeres. Los salarios que recibían mensualmente que iban de 800 a un mil 350 (US$), dependiendo del rango, fue una razón.
“El salario también fue una motivación”, acepta Reyna Pineda. Y agrega su compañera Nadeska Mejía: “Para ganar un mil 350 dólares en aquella época tenía que trabajar dos años. Además, el salario del trabajo también lo seguían pagando. Fue una mezcla de todo”, concluye.
Para Fabiola Lara la misión era también la oportunidad de pisar Tierra Santa. Y para el teniente coronel Corea era cumplir con una disposición del Ejército y del Gobierno, tal como corresponde a un militar.
El 21 de febrero del 2004 el llanto invadió las covachas de los soldados nicaragüenses. Era momento de regresar. Era llanto de felicidad y tristeza. Felicidad porque verían nuevamente su tierra y su familia. Tristeza porque se acababa esa experiencia que probablemente jamás se repetiría. Y también la satisfacción de misión cumplida.