Fabián Medina. Editor de Domingo ()

Vivir en contraseña

El día comienza con una contraseña. Ya no es el sol quien determina mi día, ni siquiera el desayuno apresurado frente al televisor, ni el saludo cuando me despido de mi familia rumbo al trabajo. No sé por qué extraña razón siento que mi día queda oficialmente inaugurado cuando frente a la computadora tecleo la […]

El día comienza con una contraseña. Ya no es el sol quien determina mi día, ni siquiera el desayuno apresurado frente al televisor, ni el saludo cuando me despido de mi familia rumbo al trabajo. No sé por qué extraña razón siento que mi día queda oficialmente inaugurado cuando frente a la computadora tecleo la bendita contraseña que abre el mundo ante mis ojos. Magia pura. Ábrete sésamo. Y sólo así puedo comenzar a trabajar: escribir, leer los periódicos del mundo y comunicarme con otras personas, que bien pueden estar en el lejano Japón o a dos pasos de mi computadora.

Pero no es tan fácil. Mi vida, de un tiempo para acá, camina de contraseña en contraseña. Para entrar a la Redacción del periódico en el que trabajo tengo que marcar una contraseña que abre la puerta. Enciendo la computadora… contraseña. Quiero leer mi correo… contraseña. Voy a entrar a los archivos de la agencia de noticias que contratamos y no paso de la portada si no tecleo la contraseña de rigor… Pretendo conocer mi estado de cuenta en la página electrónica del banco que lleva más mis deudas que mis ahorros, y doble contraseña: una para entrar y otra para confirmar que soy yo y no otra persona, o peor aún una máquina, quien entra. ¡Santo Dios!

En mi teléfono celular hay una llamada perdida. Marco *86 para entrar al correo de voz y una voz metálica me ordena: “Por favor marque su contraseña y presione el símbolo de número”. Si en el teléfono de mi oficina parpadea una luz roja cuando levante el auricular me dirá: “Usted tiene mensajes en el correo telefónico. Para consultar su correo marque 43”. Marco el 43 y de nuevo una voz femenina, fría: “Usted tiene uno mensaje. Uno es nuevo. Por favor digite su clave, finalice presionando la tecla numeral”. ¡¿Cómo por Dios voy a retener tantas contraseñas?!

Si quiero dinero en efectivo, voy al cajero automático con quien he desarrollado una relaciona amor-odio. Le agradezco cuando me resuelve con prontitud y billetes nuevecitos y lo maldigo e insulto y lo quiero agarrar a patadas cuando se queda con mi tarjeta o me limpia la cuenta sin entregarme un centavo, obligándome a comenzar un engorroso trámite burocrático para recuperar el dinero que ¡es mío! Pero ese cajón estúpido de metal y plástico sólo cobrará vida si… ya sabe… introduzco la bendita contraseña.

¡Ay la modernidad! A veces extraño aquella época en que las puertas se abrían sólo con llave, y la única contraseña que se exigía era la firma.

Es cierto que son necesarias. A estas alturas ya no podría vivir sin ellas. Y si ustedes se acuerdan, al principio eran contraseñas sencillas. El nombre de un hijo, la esposa o la novia. La fecha de nacimiento o el cumpleaños de un ser querido. Pero a medida que las contraseñas fueron bloqueando los lugares prohibidos, aparecieron los que se dedican a descifrar las contraseñas para asaltar esos lugares vedados. Y cada vez hay que hacerlas más complejas. Ya no basta el nombre. Se le agregan guiones, signos de puntuación, palabras en idiomas extraños… en fin, una contraseña segura sería, por ejemplo, pinGG_45¿!56. El problema es que cinco minutos más tarde la habrá olvidado. ¿Tal vez si la apunto en alguna libreta? ¡Nunca lo haga!, le recomiendan los expertos. ¿Y entonces?

¿Quién no ha vivido la angustia de estar ante un cajero, urgido de dinero en efectivo, sin poder recordar su clave?

Hasta la música tiene que ver en mi vida con contraseñas. Hace un par de días se murió la batería de mi carro. La mandé a cambiar. Al quedar sin batería se desactivó la contraseña de seguridad del radio, que algún día me dieron y, por supuesto, olvidé. No hubo forma que aquel aparato volviera a sonar. Como se imaginarán tuve que ir a la casa matriz para que me dieran la clave y la música volvió a sonar en el vehículo.

El problema es que soy de esos tipos que llaman “cabeza de gallina”. Todo se me olvida. Y por contraseñas me he metido a unos enredos de padre y señor mío. ¿Cuántas cuentas de correo electrónico a mi nombre han quedado ahí, sin que sepa quién me escribió, porque olvidé la contraseña con que se abre y la pregunta secreta que debo contestar para que me reactiven la contraseña? ¿Cuántas veces me han visto llegar los empleados de los bancos a pedirles con cara de angustia que me den una nueva contraseña para poder sacar el dinero de mi salario?

Y así va mi vida, resolviéndola con contraseñas, amargándola con contraseñas. Y viene a mí, en las madrugadas, aquella pesadilla recurrente, cruel, de que un día no voy a encontrar la contraseña que me da vida. Y veré a mis seres queridos llorar sin yo poderles decir que no estoy muerto. Sólo es que no recuerdo la contraseña que me despierta.

Espectáculo

Puede interesarte

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí