Bendito el que viene en nombre del Señor

Sacerdote católico Con la bendición de las palmas y la liturgia del Domingo de Ramos entramos hoy en la Semana Santa, la cual tiene como momento culminante la celebración del Triduo Pascual, entre el jueves y el próximo domingo. Comenzamos con la proclamación gozosa de Jesús, que entra triunfante a Jerusalén, como un rey humilde, […]

Sacerdote católico

Con la bendición de las palmas y la liturgia del Domingo de Ramos entramos hoy en la Semana Santa, la cual tiene como momento culminante la celebración del Triduo Pascual, entre el jueves y el próximo domingo.

Comenzamos con la proclamación gozosa de Jesús, que entra triunfante a Jerusalén, como un rey humilde, pero al celebrar hoy el recuerdo de cargar las palmas de victoria debemos comprometernos también a cargar la cruz, pues el verdadero discípulo del Señor está siempre con Él, le acompaña en el sufrimiento, sigue de cerca sus pasos, está a sus pies, como el discípulo amado, las piadosas mujeres y María, la Madre del Señor y deja entrar su misterio de amor en su propia vida.

Este trayecto nos sumerge en la meditación para poder contemplar el acontecimiento de su sangrienta ejecución, antecedida de un proceso injusto ante las autoridades civiles, instigado por las autoridades religiosas de su tiempo que lo lleva a la muerte en el tormento de la cruz, de donde surge el canto Pascual de Victoria.

San Andrés de Creta, en el siglo séptimo, en una de sus disertaciones sobre La entrada de Cristo en Jerusalén, escribió algo muy bello:

“Venid, subamos juntos al Monte de los Olivos y salgamos al encuentro de Cristo, que vuelve hoy desde Betania, y que se encamina por su propia voluntad hacia aquella venerable y bienaventurada pasión, para llevar a término el misterio de nuestra salvación.

Viene, en efecto, voluntariamente hacia Jerusalén, el mismo que, por amor a nosotros, bajó del cielo para exaltarnos con él, como dice la Escritura, por encima de todo principado, potestad, virtud y dominación, y de todo ser que exista, a nosotros que yacíamos postrados.

Él viene, pero no como quien toma posesión de su gloria, con fasto y ostentación. No gritará —dice la Escritura—, no clamará, no voceará por las calles, sino que será manso y humilde, con apariencia insignificante, aunque le ha sido preparada una entrada suntuosa.

Corramos, pues, con el que se dirige con presteza a la pasión, e imitemos a los que salían a su encuentro. No para alfombrarle el camino con ramos de olivo, tapices, mantos y ramas de palmera, sino para poner bajo sus pies nuestras propias personas, con un espíritu humillado al máximo, con una mente y un propósito sinceros, para que podamos así recibir a la Palabra que viene a nosotros y dar cabida a Dios, a quien nadie puede contener”.

Jesús entra en Jerusalén como un rey caracterizado por la “mansedumbre” de las bienaventuranzas, como un rey que no se impone por la fuerza sino que interpela la libertad de cada persona y exige una toma de decisión ante él: la aceptación o el rechazo.

Ante Jesús se desvela el verdadero y el falso discipulado, ya que en el seguimiento de Jesús salen a flote tantas intenciones ocultas.

Nos podemos preguntar en lo profundo del corazón al meditar en estos días de la Semana Mayor: ¿Buscamos el poder o tenemos una firme voluntad de servicio?, ¿queremos agradar a Jesús en el servicio de los demás o seguir en el camino de la vanagloria personal, que al final no dejará sino dolor y amargura?

Desde ya al acompañar a Cristo en su pasión y su cruz, nos alegramos con su Resurrección.

Aunque es bueno descansar en estos días, es mejor aun combinar ese descanso con la reflexión de cómo podemos ser mejores y auténticos cristianos.

Religión y Fe

Puede interesarte

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí