Yolanda tiene un matiz gris-azul en sus ojos. Dice tener noventa años, aunque aparenta ser más jovencita. Tal vez setenta. Tiene el cabello canoso, pies descalzos, uñas sucias y el rostro partido por los años.
Vive en una casita que co mparte con dos niños, una tierna de pecho y dos adultos. Para ellos los últimos días han sido más duros que de costumbre. La nieta y su marido salieron a buscar qué hacer, lavar ropa, chapodar algo. Ya no llegan los camiones con la basura que les daba el sustento. No los dejan entrar.
“Quisiera que se calmara ya la huelga. Que ya dejen de molestar”, dice mientras trata de contener la saliva que se le escapa por los espacios vacíos de su dentadura.
Allá arriba el sol brilla con toda la fuerza del verano. Abajo hace un calor infernal, fusionado con el viento que arrastra el polvo de las montañas de basura que rodean la casa.
Es casi mediodía. Los bisnietos no tardan en llegar de la escuela Los Quinchos. “Ahí les dan un bocado por lo menos”, comenta Yolanda con la cabeza gacha, como buscando algo en el suelo forrado por capas de basura.
Como no hay residuos nuevos que explorar, no hay trabajo para ella, ni siquiera hay desperdicios de yuca o tomates para comer, así que para mientras se ocupa de lavar la ropita de la tierna y de la casita que más bien es un cuartito fácil de recorrer avanzando tres pasos de fondo y seis de largo.
Yolanda termina de colgar los calcetines curtidos y húmedos de la niña y nos invita a conocer su casa. Abre la puerta y una bandada de moscas se agita entre la ropa sucia que cuelga por doquier. “Esto es todo lo que tenemos”, dice la mujer y dibuja una media luna con el índice de la mano derecha. A la izquierda hay un par de camas revueltas con ropa sucia y más moscas; y en el otro extremo una mesita con trastes curtidos y una camilla de lona verde, reclinada. “Ahí duermo yo y la niña”, explica.
En la entrada a La Chureca un grupo de recolectores se mantiene haciendo posta para que no entre ningún camión de la Alcaldía hasta que lleguen a un acuerdo que prohíba que los trabajadores municipales se les adelanten al proceso de selección de material reciclable. Pero ella no se mete en eso.
–Nosotros vivíamos antes allá en el barrio Julio Buitrago, pero después nos venimos para acá porque no estábamos haciendo nada. Aquí por ejemplo, se gana cuando vienen productos, pero mientras no vengan (los camiones) aquí perecemos.
–¿Usted apoya la huelga?
–Mi amor, yo no voy con ninguno. Yo no apoyo huelgas ni vagancias. Lo que queremos es trabajo para todos. ¿Para qué? Los mismos churequeros son los que están fregando. Con estas huelgas buscan a la gente, pero cuando traen alimentos a los de esta parte no nos avisan.
En La Chureca hay dos caseríos. Uno en la entrada y otro al final del basurero. Yolanda y su familia viven en la entrada. El grupo más organizado vive al fondo y según ella, a pesar que existe un censo que los incluye a todos, la mayor parte de la ayuda siempre que queda en el fondo.
En un día bueno un churequero puede ganar 200 córdobas. Pero el tiempo ha pasado, Yolanda ya no es la de antes, ahora sólo recolecta pichingas plásticas por la mañana para venderlas a 2.50 córdobas el kilo.
El calor me ha secado la garganta. Trato de tragar un poco de saliva y un sabor amargo pasa por mi garganta.
Yolanda cuenta que a veces no se siente bien, le dan mareos y dolores de cabeza. Nunca visita a un médico, no tiene dinero para pagarlo y tampoco tiene la disposición.
“Yo, amor, a mí no me gusta ir donde el médico. Me da miedo, me da quién sabe qué. Cuando me enfermo compro pastillas. A mí me agarran siempre unos grandes mareos como si estuviera con mis tragos (sonríe penosa)… pero con acetaminofén, así, pero médico no. Me da miedo”, confiesa la señora.
A mí me da miedo la montaña de basura que hay enfrente de la casa. En la cima un hombre flaco desafía la fuerza del viento, va con un palo y un saco sobre sus hombros. Éste todavía no se da por vencido, algo encontrará entre lo que queda. Quiere trabajar. Los demás que aguardan en la entrada atizan un fuego en el que cocinan los frijoles que les ha donado el Movimiento Comunal. En cambio, en la cocina de Yolanda, sobre la parrilla de abanico posada sobre dos piedras, todas cubiertas de hollín, no hay nada. Hoy al igual que ayer no hay nada que cocinar.