Las alfombras de aserrín son una tradición de León en Semana Santa.LA PRENSA/ARCHIVO.

AlfombrArte

La ciudad amaneció tan severamente callada como todos los Viernes Santos anteriores, la mística de viejos tiempos idos en nuestra capital viene a mi memoria, pues ese día en León no se corre, no se grita, no se pone alto el radio o el televisor y las baratas no vociferan anuncios. La dolorosa fiesta cristiana […]

La ciudad amaneció tan severamente callada como todos los Viernes Santos anteriores, la mística de viejos tiempos idos en nuestra capital viene a mi memoria, pues ese día en León no se corre, no se grita, no se pone alto el radio o el televisor y las baratas no vociferan anuncios.

La dolorosa fiesta cristiana empieza temprano, en la ciudad es común ver personas dirigirse a la iglesia a oír misa, van correcta y sobriamente vestidas destacando las señoras que ataviadas de pañuelo, chalina o tapado me traen recuerdos de pasadas épocas aunque para ellas este paisaje y escenario sean normales, los escasos autos que circulan por la ciudad van lenta y discretamente, a esas horas el mercado está cerrado y el clima todavía es fresco y agradable.

Poco a poco la urbe va despertando más soñolienta que otros días —quizás— debido al rigor y la devoción con que ahí toman la muerte del Cristo casi dos mil años después, más tarde en las calles la presencia peatonal se muestra un poco más —sólo que— a la sombra de los coloniales aleros, pues el clima comienza a mostrar sus uñas, el tráfico que ha aumentado discretamente apenas se percibe en la ciudad, el sol que incrementa ángulo de reflexión e intensidad calórico-energética nos demuestra su poder cuando alcanza su cenit, sin embargo dentro de este silencio urbano se percibe actividad y movimiento a lo interno de las casas.

Del mediodía en adelante el paisaje urbano cambia poco, el aire seco sólo se percibe cuando toca el sudor de nuestra ropa y lo transmite a nuestra piel, el calor corporal ya es menor que el del medio-ambiente y la reflexión solar ataca severamente nuestra vista al —hacer— contacto con la colorida arquitectura, ello me hace suponer que el sol hoy dio unos cuantos pasos de más hacia delante en León, Santiago de los Caballeros, de Nicaragua.

Sin embargo en Sutiaba la cosa urbana amaneció distinta pues es un día especial —y— aunque muchos cumplieron con ir a misa tempranito, la mayoría amaneció armada de escobas y mangueras para limpiar la calle 111, amaneció armada de anilinas, aserrines, reglas, bocetos y de mucha disposición de trabajar, pues pronto tienen que iniciar la anual tarea de alfombrar la calle por donde pasará el Santísimo.

Una tras otra las familias van sacando sus panas, palanganas, sacos y bolsas de aserrín, poco a poco lo van tiñendo en tantos colores como el diseño se los exige, poco a poco el martilleo de las reglas —cual reloj— va marcando el tiempo, el asfalto en “las calles de las alfombras” va siendo vestido por las laboriosas y artísticas manos, el escenario y el paisaje urbano van transformándose, sutiabeños y leoneses —cual zompopos— cumpliendo rol conocido y reconocido —en relativo silencio— van dando forma a su sacro-artístico trabajo, pareciera que cada cual ya conoce lo que tiene y debe hacer, ahí no hay edades, sexos y diferencias, tampoco conflictos, sólo hay tareas acorde a las capacidades individuales y a la armonía colectiva y familiar.

El sol y el calor parecen sólo afectar a los curiosos y observadores que se mantienen a la sombra, “las calles de las alfombras” se van vistiendo de arte, de color y de vida. Comienzan a aparecer cada vez más curiosos de distintos lares de la ciudad, el departamento, la nación y de otras naciones que quieren conocer más acerca de esta actividad. El astro rey que por obligación debe despertar a seres humanos en otras longitudes y latitudes —de acuerdo con cósmicas leyes— para nosotros sencillamente va declinando, cayendo, poniéndose o hacia abajo.

Pacíficos conflictos territoriales en “las calles de las alfombras” comienzan a aparecer ante el aumento del volumen de feligreses, peatones y comerciantes, pues ya se rozan, pero la urbanidad se impone, al poniente, cuando el sol ha desaparecido el gentío aumenta y aumenta al extremo de impedir el libre tráfico peatonal y, sin que nadie lo dirija, la romería adquiere sentido de orden, disciplina en cristiano fervor, los últimos retoques de retrasadas alfombras se están dando con el artístico aserrín y aunque parezca mentira éstas continúan y las artificiales luminarias cumplen función auxiliar del astro rey.

Cuando la noche entra y la procesión Santo Entierro de Sutiaba se acerca, el sentido cívico-religioso leonés asombra al observador, ya hay un tráfico direccional de arriba hacia abajo —es decir: de levante a poniente— y miles de personas de toda clase social, en grupos familiares de amigos, en pareja o individualmente pasan y pasan previo al paso del sagrado trocito de pan, del cuerpo del Cristo, es una fiesta sin música, sin alboroto, fiesta silente, severa y respetuosa de cristianos leoneses que asisten con sus mejores galas y su mejor disposición.

Cuando sobre las alfombras —a altas horas de la noche— los pies del prelado que soporta en sus manos al Santísimo pisan y destruyen las alfombras junto a su eclesiástico séquito, su feligresía acompañante, la planta eléctrica y sus operarios, los vendedores y uno que otro perro olfateando en busca de su perdido amo, el esfuerzo artístico que cumplió función honrando la memoria del Cristo, sólo es basura, los sutiabeños entonces con el mismo espíritu sacan escobas y palas, la Alcaldía auxilia con recursos y medios, media hora después la calle está limpiecita, como si no hubiera pasado nada.

En su quehacer artístico y comunal, mientras hacía —hace algunos años— su alfombra, Federico Quezada —ese pintor leonés—, mantenía abierta su casa-galería debido al ajetreo, cuando de manera casual descubrió que feligreses, visitantes y turistas de manera natural habían entrado a su casa a observar los cuadros sin percatarse que no era un sitio público o una actividad relacionada con la del Santísimo Sacramento del Altar, así nació la exposición anual que este próximo Viernes Santo cumple ocho años, exposición que apenas dura unas 15 horas, pero que recibe más que ninguna otra a nivel nacional la mayor cantidad de visitantes, la casa-galería de los Quezada-Carrión es sencilla, es privada y es leonesa, pero ese día parece que nos pertenece a todos los que visitamos León, Sutiaba, “las calles de las alfombras” o a los Quezada-Carrión y que sin preguntar nada entramos en ella durante esa romería.

En esta VIII edición de la exposición de Arte Sacro y Pintura Nica “AlfombrArte”, acompañan a Federico más artistas plásticos y visuales que lo normal, pues participan: Aparicio Arthola, Ricardo Morales, Mauricio Mejía, Raúl Quintanilla, José Miguel Flores, Sergio Velásquez, María Lourdes Centeno, Rosa Carlota Tünnermann, Giovanna Serrano, Mario Cruz, Leonel Uriarte, Omar Medal, Santiago Crespín, Francisco Ruiz, Mario Cabrera, Fernando Fernández, Rosa Delia López, Lenín Murguía, Luis Rodríguez, y más.

Visite León, Sutiaba, “las calles de las alfombras” y visite este Viernes Santo: Casa-galería de Federico Quezada, Gasolinera Guido 2c. sur y ½ c. al este, 2da calle de las alfombras.

La Prensa Literaria

Puede interesarte

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí