Siempre por Navidad me asalta la soledad. Toma fuerza el ímpetu irresistible de compartir con la familia en Estados Unidos, la celebración del Advenimiento. Por esa razón no pude despedir personalmente al inolvidable y querido amigo radiante en la cercanía Álvaro Urtecho. No pude contribuir a sostener el féretro, dejarlo definitivamente colocado en la fosa de su Rivas natal, con unas palabras que le prometí cuando aún no habían sucumbido los destellos de su lucidez, ocasión en la cual hicimos un acuerdo raro y premeditado en el combado silencio de su biblioteca: Poeta si me muero primero, usted me va a dar el adiós en el viejo cementerio de Managua. Si a usted le toca antes, me comprometo a darle el hasta pronto. La respuesta fue fulminante:
Tuyo será el discurso porque vas a morir longevo.
No fue posible cumplir. Hondo pesar, frustración serenada por haber dicho mucho más de una frase y escrito mucho más de un párrafo sobre su obra y sus dotes de caballero excepcionalmente sinceras, tan puras que fácilmente cuadraban con la inocencia. Niño alegre y robusto, cuya partida opaca severamente el verdor de las tardes bohemias (el ticuantepazo) que se hicieron durante años frescura renovada, una tradición tanto en la ruralidad como en las casas de los poetas amigos. Indómito sibarita, incitador de las fiestas dioinisíacas en las cuales hizo gala de su histrionismo, imitador de voces, con oídos para escudriñar la melancolía de Erick Satie y brazos para mover la alegría del rock.
Por eso y por tantas motivaciones, me encontré al regresar con justos y sentidos reconocimientos, leídos todos con los ojos afectados por las aristas filosas de la pesadumbre.
Se seguirá escribiendo sobre Álvaro Urtecho. La pluma de sus devotos continuará desbordando tinta, nutriendo de las primicias no descubiertas el cielo de los recuerdos, y quienes no tuvieron el gozo de tratarlo directamente, seducidos por la lectura de su obra, también harán lo mismo. Lástima, ya no puede leer ni escuchar nada de lo mucho que falta por decirse y escribir sobre él.
Álvaro quiso también a la radio. Revivió El momento en la cultura del noticiero El Momento cuando la sección estaba desflorada por la falta de patrocinio. Ahí estuve junto a él en el micrófono devorando no pocas horas de vuelo en los feudos de Hertz. Me prologó el libro Camilo Zapata, Vida y Canto, presentado con teatro lleno en el Rubén Darío, ordenó cronológicamente las páginas de Medio Siglo de Radio.
Nunca aludido por las tenazas de la pedantería me invitó habiendo tantos especialistas en el arte de presentar libros a que hiciera el preludio oral en la exposición de Tierra sin Tiempo al lado de Róger Mendieta Alfaro.
Pero fuera del afán de revelarlo como lo que personalmente era, como amigo, como hombre, como una joya corpulenta de la humildad, permítaseme cumplir con la inquietud irrefrenable de ofrendarlo como poeta. Quizá las palabras que no pude decir en el sepelio. Ya lo dije, afectivo porque en sus páginas surgieron los nombres de pila y de corazón como este párrafo publicado para ubicar uno de los ejemplos de su apertura: Ariel Montoya, decénico y libador. Orlando Sobalvarro, pintor de vuelos. Erick Aguirre, escrutador de vidas sombrías. Joaquín Absalón Pastora, asiduo de arias y partituras. Juan Carlos Vílchez, poeta del eterno retorno.
Siempre hubo en el canto de Álvaro una descarga de introspección y un vuelo sobre el principio y el final (Tumba y Residencia), el yo profundo, el personaje vinculado con el evangelio existencial. Con las palabras puestas siempre en las cumbres, espació sonidos con el silencio, vaciándolas en la esencia, obsesionado por la distancia entre el existir y el no existir. Poesía terrenal y metafísica con el lirismo viéndose en el cristal de sus versos. Visiones, fantasmas, delirando con Chopin, sensaciones, su Cantata Estupefacta, paisajismo provinciano. No se salvó de la influencia filosófica no obstante ser polifacético. Sus Auras del Milenio me hicieron recordar a Otero Silva: Para temerle a la muerte es esencial estar vivo. Álvaro en la plenitud de sus facultades sugería y seguía el tema con naturalidad, toreándolo con soltura como el acuerdo de la elegía recíproca en el momento de cerrarse el telón para siempre. Conciencia, convicción absoluta de que el mundo se acaba.
La poesía fue su novia, la mujer de su vida. Cantó a la tierra (Tierra sin Tiempo) con riqueza erótica, con el disfrute sensual de hundirse en las entrañas de la intimidad y hurgando otros extremos hizo suyo el dolor coronado por las espinas. Toda una liturgia iluminada, presentada con tremulante desarraigo, rasgando el velo del aura, cuando va aproximándose el límite final que apaga el candelabro, sin la menor posibilidad de volver a encenderse, sentida la divergencia entre la luz y las tinieblas.