- Por qué a Darío se le considera un hombre asediado por la tristeza, qué sucesos familiares lo marcaron para nombrarlo un hombre melancólico, descubra cuales fueron las tragedias en su vida
Una re-lectura de la magnífica biografía La Dramática Vida de Rubén Darío, del profesor Edelberto Torres nos permite apreciar la vida de un genio signada por el dolor. A esta obra se suma la Autobiografía de Darío donde el poeta escribe dolorosas páginas desde su nacimiento y niñez, huérfano de calor maternal y paternal, un niño temeroso, tímido, pero con un don genial. Ya adulto su sufrimiento se acentúa por la muerte de su primera y esposa, Rafaela Contreras, la muerte de dos de sus hijos, sus eternas penurias económicas, y tantas adversidades que lo persiguieron toda la vida. Con mucha razón, el estudioso español Alberto Acereda, tituló su libro sobre el poeta: Rubén Darío, Poeta Trágico.
Sus tragedias familiares
Su primer dolor, incomprensible para la edad que tenía, lo anota en su Autobiografía y confiesa que conoció a su madre, Rosa Sarmiento, por medio de una vecina que lo llevó a su casa: Estaba allí una señora vestida de negro, que me abrazó llorando, sin decirme una sola palabra. La vecina me dijo. ´Esta es tu verdadera madre, se llama Rosa y ha venido a verte desde muy lejos. Y a continuación agrega que fue una rara visión, la llama también dama para mí extraña (9). Y con respecto al padre irresponsable Manuel García, dice: La verdad es que no vine a saber sino mucho más tarde que yo era hijo suyo (9).
Sin duda alguna que el abandono de sus padres lo marcó para siempre. Ya casado su esposa Rafaelita, muere en plena juventud estando el poeta lejos de ella. El dolor de Darío es inmenso y ahoga su pena en el elíxir del olvido y dice: En cuanto a la inquerida bohemia, ¿Habría yo gastado tantas horas de mi vida en agitadas horas en la euforia artificial y desorbitada de los alcoholes, en el desgaste de una juventud demasiado robusta, si la fortuna me hubiera sonreído y si el capricho y el triste horror ajeno, no me hubieran impedido, después de una crueldad de la muerte, la formación de un hogar? (95).
¿La recuerda con esta bella metáfora de su primer Nocturno: Azucena tronchada por un fatal destino, que se completa con el hermosísimo y delicado poema, El Poeta Pregunta por Stella? Ante lo desconocido, el angélico ser a quien evoca tiernamente pregunta: ¿Has visto acaso el vuelo del alma de mi Stella, / la hermana de Ligeia, por quien mi canto a veces es tan triste? (El Poeta Pregunta por Stella). Busca mitigar su dolor y se hunde en el alcohol: Pasé ocho días sin saber nada de mí, pues en tal emergencia, recurrí a los abrumadores nepentes de las bebidas alcohólicas (97). La palabra nepente es muy significativa porque se define como bebida mágica, un remedio contra la tristeza. Su temperamento inclinado hacia la melancolía le hace escribir estas notas: Sí, más de una vez pensé en que pude ser feliz, si no se hubiera opuesto el rudo destino. Adicionalmente, la muerte de sus hijos, fue un impacto emocional del que quizá nunca se recuperó. Desde entonces, su corazón estará triste hasta la muerte. Sólo le quedó el consagrarse al arte, su escape para el dolor, pero también, su corona de espinas.
El Spleen y la
Innumerables veces, Darío menciona las palabras tristeza y melancolía. Desde muy joven, en Epístolas y Poemas, Darío dice en Ecce Homo:
El Spleen nos invade, nos sofoca
esta tu humanidad se vuelve loca,
a fuerza de sufrir tantos reveses
y tanto desengaño (117)
Y agrega en otro poema:
¡Humanidad! Camina
con tus viejas doctrinas/
yo me muero de spleen
(¡Oh Poesía!…
¡Tuya es el alma mía! (125).
El Spleen fue una actitud ante la vida, el mal del siglo. Veamos cómo lo define el poeta colombiano, José Asunción Silva, el suicida romántico, en los versos siguientes:
Un desaliento de la vida
que en lo íntimo de mí se arraiga y nace,
el mal del siglo
el mismo mal de Werther,
de Rolla, de Manfredo y de Leopardi.
Un cansancio de todo, un absoluto
desprecio por lo humano
un incesante
renegar de lo vil de la existencia
digno de mi maestro Schopenhauer;
un malestar profundo que se aumenta
con todas las torturas del análisis
(Juan Carlos Ghiano, 20)
El término Spleen procede del griego bazo. Antiguamente se pensaba que el bazo era la sede fisiológica de la tristeza y el hastío. Los ingleses hablaban del Spleen al cual los franceses lo sustituyeron con la palabra Tristesse. Esta creencia se relaciona con la etimología de la palabra castellana melancolía, que viene de bilis negra, pues se consideraba que el predominio de este humor en el cuerpo era el causante de la melancolía. En cuanto a este término, vale la pena consignar lo que se consideró como melancolía en los siglos XVI y XVII.
Darío en los versos de Ecce Homo citados antes, con las palabras invade, sofoca, loca, reveses, desengaño revela su tedio que sólo la poesía le sirve de consuelo. En estos versos su Spleen se manifiesta como una toma de conciencia de la condición humana en general. El Spleen, flor del mal asfixia el alma. Para Paul Valery es el tedio del vivir, el sabor amargo de quien no espera nada el estado emocional que permite captar la auténtica situación del hombre, ser radicalmente insatisfecho, condenado a una decadencia que culminará con la muerte (Enrique López Castellón, 47). Adicionalmente, en su poema Autumnal en la sección Año Lírico, de Azul el hablante lírico, en sus manos ardientes posa su cabeza pensativa y sueña y evoca a la Varona inmortal: ¡Ah, los suspiros! ¡Ah los dulces sueños! ¡Ah, las tristezas íntimas! Igualmente, en la sección En Chile, califica de melancólicos los ojos del buey. Su estado emocional lo traslada a los ojos del semoviente al que recordará en el poema Allá Lejos, donde evoca la dulce madrugada bajo el nicaragüense sol de encendidos oros.
Adicionalmente, en su estudio sobre Rubén Darío, Pedro Salinas afirma: El erotismo fue su pasión y su muerte. Se le fingió paraíso y le salió calvario (211). Este es el erotismo trágico que tantos críticos han revelado. Dice Alberto Acereda: En ese Eros vital, trágico rubendariano, se halla la modernidad y actualidad de la dimensión erótica de Darío y desde esta vertiente, su lectura llega a cautivar. El Eros vital de Darío queda reflejado, en definitiva, en un Eros poético de indudable valor lírico que es testimonio de un dolor angustiado de corte existencial, todo él mezclado con lo órfico y pitagórico y lo oculto Como los cabalistas, el nicaragüense considera el acto sexual un acercamiento a lo divino. Rubén Darío goza, sin duda, de lo físico pero su búsqueda se encamina a la unión espiritual (16-17). Octavio Paz va más allá y afirma quiere disolverse en cuerpo y alma, en el cuerpo y alma de el universo.
Las últimas décadas del siglo XIX es la que más deslumbra al Darío deseoso de conocer París y su Belle Epoque y se une a la caravana de los ambientes cortesanos. El poema Era un Aire Suave, al son de violines y violonchelos, danza la bella marquesa Eulalia, la mujer coqueta que va de los brazos del vizconde rubio de los desafíos y al abate de los madrigales. El poeta siente una especial admiración ante esta clase de mascaradas históricas en donde cobra plasticidad el sueño exótico (Salinas, 131). El crítico español se refiere a la evocación de la vida antigua que le fascinaba a Darío en un artículo que el poeta tituló, Vida Antigua y Pompeyana publicado en Páginas de Arte. También a nuestro poeta le encantaron las fiestas históricas que ofrecía Madeleine Lemaire que celebraba reuniones chinas o bailes griegos y romanos (Salinas, 131). Todo incita al placer, el hedonista que intenta callar el gemido del hombre acicateado por el deseo, descubre que una vez satisfecho, causa también Soledad, desolación, desesperación, Spleen. El erotismo y la manera de expresarlo constituye uno de los leitmotiv de las artes plásticas y la literatura durante el modernismo (4) precisamente son la misantropía y el pesimismo del erotismo de fin de siglo lo que nos demuestran su fundamento espiritual. Este impulso se concreta en una filosofía idealista, vagamente derivada de los filósofos alemanes y se manifiesta en la consideración dualista de la vida como campo de batalla entre fuerzas espirituales y terrenales (Litvac, 4). Esta aseveración se aplica con exactitud a la escena, en que el alma del hablante lírico, se asoma a la ventana para ver pasar la procesión de las blancas vírgenes y de los rojos mancebos verlenianos sintiéndose atraída por ellas, las virtudes, y por ellos, los pecados. La batalla del Bien y el Mal, en ese bello poema El Reino Interior causan la escisión interior del poeta, hombre desgarrado entre las fuerzas elementales y el espíritu. Su obra, como la de muchos modernistas, revela su intento de traducir la vida y ello se debe a su naturaleza romántica que lo aleja de las realidades modernas, encerrándolos en un mundo de pavos reales y lirios (Litvac, 5). Este hombre-poeta, tras haber saboreado el fruto prohibido, se debate entre Dios y Satán. Se ve arrastrado en el abismo de la voluptuosidad y, ante la caída, en ninguna mujer encontrará el amor que ansía. Rubén Darío lo busca en las mujeres de todas las razas. El deleite sensual se visualiza a través del vocativo ¿Vienes? de su poema Divagación. Después del placer proporcionado por tantas mujeres, sigue el acto de contrición, el arrepentimiento, que es fuente de dolor. El dolor del individuo moderno es consecuencia de la radical insatisfacción de sus deseos. En su abatimiento, el yo lírico atormentado dirá: Señor, incomparable perdonador de injurias, óyeme, que puede compararse con el poema 139 de Las Flores del Mal de Baudelaire: ¡Ah, Señor! Dame fuerza y coraje para /contemplar sin repugnancia mi corazón y mi cuerpo. Fortalezas y debilidades, rebeldía y sumisión, revelan ambos poemas.
La fase hedonista en Darío no termina de una sola vez, aparecerán varios poemas muy conocidos por la crítica como lo confiesa en: Yo Soy Aquel el primer poema de Cantos de Vida y Esperanza. No es cierto que abandona todo, que deja atrás sus ilusiones de Azul y sus ambientes carnavalescos de Prosas Profanas. Más tarde, en libros posteriores, incluye una buena cantidad de poemas de tema funambulesco y epicúreo. Merecen mencionarse, La Hembra del Pavo real, La Bailarina de los Pies Desnudos y Balada en Honor de las Musas de Carne y Hueso en El Canto Errante (1907). Pequeño Poema de Carnaval en Canto a la Argentina (1910). Es verdad que se siente vacío y que lo frívolo no ha dejado profunda huella. Todas las mujeres que amó no son más que una lista melancólica de su experiencia vital en Canción de Otoño en Primavera. En este poema vuelca todo su ser: sus ilusiones, sus sueños, su ironía y su melancolía. Sabe que sus sueños tienen muy poca relación con la vida, que nunca podrá alcanzarlos. Admite que el sufrimiento ha signado su vida, pero acota que no tiene su intención de abandonar su búsqueda del amor perfecto:
En vano busqué a la princesa
Que estaba triste de esperar.
La vida es dura. Amarga y pesa
¡Ya no hay princesa que cantar!
No obstante, es incapaz de renunciar a la búsqueda del amor ideal y al sentirse viejo, (apenas iba a cumplir 40 años) y con el cabello gris a manera de palinodia, expresa: ¡Mas es mía el Alba de Oro! Darío insiste a pesar del tiempo terco porque su sed de amor no tiene fin. La princesa de Sonatina que esperaba al príncipe vencedor de la muerte, ya anunciaba esa tristeza que se va a convertir en melancolía, ese sentimiento profundo y trágico de sus tres Nocturnos, De Otoño, Melancolía y Lo Fatal. Esta fase de angustia y de melancolía, sus versos de amargor impregnados, son el resultado de tantos episodios que marcaron su vida.
De acuerdo con nuestro planteamiento, Cantos de Vida y Esperanza. Los Cisnes y Otros Poemas, su excelente libro de madurez y en sus libros posteriores El Canto Errante, Poema del Otoño, etc. Ha habido un cambio en su escala de valores, afirma Enrique Anderson Imbert. Evidentemente, en estos poemarios, el tono se torna más melancólico, pero nunca abandonó su Eros vital, su hedonismo, como fin supremo de la vida, la consecución del placer, su devoción epicúrea. La generación de los últimos años del siglo XIX, se vio marcada por una filosofía que señalaba el camino hacia dos morales distintas: la del estoico, que busca la virtud y en ella encuentra su recompensa y la del epicúreo que basa su filosofía existencial en la búsqueda del placer. Mas en estos años de celebradas elucubraciones, existía la virtud en seres que no creían en ella y reglaban su vida de acuerdo con un ideal espiritual en el que no tenían fe, mientras para otros, el hedonismo no era la búsqueda del placer, sino la huida del dolor La carne es débil, el placer se convierte en aburrimiento, en sufrimiento. Tanto como la castidad, el sensualismo lleva en el fin del siglo, al pesimismo más absoluto ( Litvac): Y la carne que tienta con sus frescos racimos y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos, dirá Darío en Lo Fatal, el último poema de Cantos de Vida y Esperanza. Los Cisnes y Otros Poemas. Son versos agónicos que contradicen el aparente optimismo de sus cantos de esperanza.
El imperio de Venus, Cronos-Saturno (amor, tiempo y melancolía): las fuentes de la escritura del texto poético.
Los dioses mitológicos, Cronos, el implacable dios del tiempo y Saturno, el dios de la melancolía, suelen fundirse en uno solo. Según la mitología griega, Saturno acarreaba muchos males. Es un dios devorador. A él se le atribuye la tristeza y la melancolía. Todo tiene un final. Cronos-Saturno derrotará a Eros: Juventud, divino tesoro/ ya te vas para no volver, dirá Rubén Darío. El gozo juvenil, la edad que se quisiera eterna, se va marchitando poco a poco. Hay tristeza dentro de las delicias que se evocan, por eso cambia el tiempo del verbo: Te fuiste para no volver. Según C. M. Bowra es el mejor poema de Darío, el más logrado. Es el epitafio del placer, una corona de flores que en la tumba se marchita. La edad no le impide su entusiasmo por las poesías anacreónticas, pletóricas de placer y de vino. A pesar de que se ve acosado por los fantasmas del tiempo, (Tiempo, tú te quedas, yo soy el que me voy, dijo Calderón de la Barca, el creador de ese otro personaje melancólico, Segismundo, en La Vida es Sueño), Darío, ante lo inevitable paso del tiempo, con el cabello cano, ante la proximidad de la muerte piensa seguir cortando las flores del jardín. Muchos poetas han visto la muerte como una liberación piadosa, un alivio, un fin para las miserias de la vida. Charles Baudelaire está dominado por un disgusto de la vida y siente que sólo Dios puede liberarlo dándole los medios para dominar ese disgusto con valentía, por su parte, Darío está desesperado, no puede engañarse a sí mismo sobre la melancólica realidad y no concibe ilusiones y se lamenta de haber nacido y el pensar que un instante pude no haber nacido, dice en su segundo Nocturno, para agregar en su tercer Nocturno de El Canto Errante que es el Auto-Hamlet, el melancólico personaje de Shakespeare:
¡Insomnio! No poder dormir, y, sin embargo,
soñar. Ser la auto-pieza
de disección espiritual, ¡el auto-Hamlet!
Diluir mi tristeza
en un vino de noche
en el maravilloso cristal de las tinieblas
.
Esa tristeza, antesala de su melancolía, se profundiza en el tercer poema de la sección Los Cisnes, de Cantos de Vida y Esperanza. Los cisnes y otros poetas su erotismo siempre está presente, íntimamente ligado al quehacer poético. El yo lírico saluda a la bella: Antes de todo, ¡Gloria, a ti, Leda! Con este vocativo le anuncia que del ayuntamiento del ave sagrada, surge la creación poética, esa cópula es un acto creativo, se inscribe su gran arte de las profundidades (Salinas 173). Sin duda alguna, Darío se nutrió de los poemas de la Metamorfosis de Ovidio, de Góngora, de Quevedo y del gran Garcilaso de la Vega. El tópico del cisne no fue exclusivo del modernismo, lo fue en la época clásica, en el Renacimiento, en el Siglo de Oro español, época de extraordinarios poetas a quienes Darío admiraba, como lo afirma en Palabras Liminares de Prosas Profanas. Veamos un ejemplo: Garcilaso presenta en su Egloga II, una ninfa degollada en el campo teñido de verde y a su lado yace el cisne que canta para morir, y así queda el blanco cisne, yerto, cuando pierde la dulce vida/ entre la yerba verde/. Darío reformula el verso de Garcilaso y describe al cisne, pero no en su muerte física, sino desmadejado entre las piernas de Leda, después del gozo del éxtasis, la petite morte. El poeta retoma este tema císnico y, en los versos dedicados a Leda de la sección Los Cisnes, de CVE, obsesionado por el mito, el cuello del cisne, al introducirse en el cuerpo de la bella Leda, se diluye en el otro y participa del celeste acto del que goza el poeta-Zeus-cisne. De acuerdo con la estudiosa Iris Zavala en su seminal estudio: Rubén Darío bajo el signo del cisne, Leda no es el objeto erótico, sino el cuello luminoso del cisne: El cuerpo femenino es simple contenido de sus sueños y de sus nostalgias: la angustia creadora está ligada al acto sexual (126). Para ella, este poema es la alegoría de la escritura. En el poema Darío emplea el adjetivo celeste tan caro al modernismo y lo aplica tanto al coito como a la melancolía. Este color es una variante del azul, típico calificativo huguesco, pero también azul en inglés es blue, que significa triste, deprimido, melancólico. ¿Por qué le llama celeste a la melancolía? Por la carga emotiva del sentimiento que embarga al poeta, es el tono del firmamento, es el color del arte, crear es sufrir, porque el poeta-creador es un pequeño dios, es el demiurgo que posee el don divino, celestial, pues la creación poética es como un doloroso parto. Ya lo expresa Darío, agónico y doliente, en Melancolía, el poema dedicado a Domingo Bolívar que se suicidó con cianuro:
Ése es mi mal. Soñar. La poesía
es la camisa férrea de mil puntas cruentas
que llevo sobre el alma. Las espinas sangrientas
dejan caer las gotas de mi melancolía.
*Catedrática universitaria.