Frente aquel deslumbrante estallido
de luces, formas y colores,
fuiste endulzando mi oído,
despertando instintos soterrados,
provocándome nuevos antojos.
Con una sabiduría prodigiosa
dictaste cátedra acerca de ritos amorosos
practicados en otras culturas milenarias.
Occidente mojigato apenas despierta,
con falso rubor tiembla
y condena los merecimientos del cuerpo.
Su hedonismo es una felonía.
En el Empalme de Sébaco
mientras tu elogio ascendía a los altares
ante las ristras de frutas y vegetales
mi imaginación prendía en llamas.
Desesperado no encontraba
la hora de regresar a Bello Horizonte,
para que como una nueva vestal
me iniciaras de una vez
en esas otras maneras de hacer el amor
a las que vos, sacerdotisa ungida,
simplemente llamas ¡fantasías!