- Una breve semblanza del poeta Álvaro Urtecho, a propósito de su partida hace unos días
Duerme, poeta duerme/ duérmete niño.
Cierra los ojos: /¡Cuánto espacio en el sueño!
Álvaro Urtecho
Es difícil encontrar las palabras justas y a la medida de la grandeza del poeta e insustituible amigo Álvaro Urtecho. Literaria y humanamente estoy marcada y bendecida por su amistad. Desde mi primer libro, Álvaro Urtecho dejó las huellas de sus aciertos asentadas en mi oficio, cuestionando el título que yo tenía pensado. Fue el poeta el que me sugirió y finalmente bautizo Ama del Espíritu, entresacado de unos versos míos. Desde entonces han pasado muchísimos años.
Tuve la fortuna de viajar con él a México y Estados Unidos y jamás dejé de admirar su extraordinaria capacidad de asombro por la belleza. Era un refinado degustador del arte, se emocionaba como niño frente a una buena pintura, una pieza musical y por su puesto la buena poesía y la buena comida le provocaban arrebatos de felicidad . Recuerdo cuando visitamos en Guadalajara el Hospicio Cabañas para contemplar los frescos de ese colorido pintor del sufrimiento humano el gran Orozco, no podía disimular su estado de encantamiento y así con su paso pesado, con la palabra brillante y el pensamiento hondo iba por la vida, sin ningún desperdicio empeñado nomás en vivirla a su manera. Apreciaba y ejercitaba con maestría el humor, practicaba el arte de la cordialidad.
Coleccionaba conversaciones exquisitas, largas veladas, lecturas, amistades, visitas a exposiciones, paseos a playas y fincas, contemplaciones diversas. Lo que pudiera invertir luego en la construcción de un poema, una crítica o un buen ensayo.
Toda la creación cabía en sus registros. Se internaba en la entraña de Un Mango milagro de la luz, como en el alma de las Veraneras Desde no sabemos cuándo /persiste tu vaivén, veranera festiva, o desvelaba el secreto de una concha marina: Concha viva que estás en la mesa /danos hoy tu porción de sal y pecado /tu sexo puro, solitario temblando.
Escarbaba en el mar: la ola eterna, músculo de las aguas/reventando en espuma, esa baba/ que oscurece la arena o bien se internaba en la médula de algún domingo con la naturalidad del calendario azteca: porque conozco/ este día y lo venero /salgo a la calle y digo Domingo.
Álvaro Urtecho fue de los primeros amigos que compartió conmigo la fuente de su canto y encanto, cuando pisé el reino de la locura divina. Pude gozar y nutrirme de los múltiples talentos del poeta, junto con otros apreciadísimos que hoy lo extrañan tanto como yo, entre ellos Edwin Iyescas , Ariel Montoya , Gustavo Adolfo Páez (que se nos adelantó), Iván Uriarte, Juan Carlos Vílchez, Erick Aguirre, Pedro Xavier Solís y Chichí Fernández, entre otros. Luego creció la lista y últimamente tras pasar por el tamiz del tiempo se me está haciendo breve y entonces añoro más que nunca su presencia, su pluma generosa dispuesta siempre a sostener la obra que alborotaba su curiosidad gatuna, intelectual. Evoco con nostalgia sus gestos bonachones, iluminados por el resplandor del conocimiento. Estuvo a mi lado en todos mis partos editoriales, no sabré acostumbrarme a su abandono .
En su último libro, Tierra Sin Tiempo, destacó con su particular estilo filosófico su ansiedad por el reencuentro con la faz de Cristo: no he dejado de buscar nunca a ese hombre, la suma toda del dolor humano y así reencontré a mi amigo querido en su lecho de enfermo en mis últimas vistas, ahí estaba soportando con resignación la suma toda del dolor humano. Dos días antes de su muerte lo visité en su casa, no estaba solo, tenía la sombra de la parca al lado, en plena labor de seducción. Él parecía rendirse a sus encantos con una paz envidiable. Aun en su estado agónico, se condujo con su habitual cortesía. Abría los ojos y me mostraba una belleza infinita, su belleza intensamente humana preparando el viaje, luego los cerraba pero siempre con paz.
Creo que quería decirme adiós, me voy hacia esa luz que dejé para siempre reluciendo en mis versos. Quería decir, como siempre, buscando la palabra precisa para traducir en este caso, el trance nuevo hacia la otra orilla, hacia el regazo del creador pero se le iban escurriendo las palabras y que podía decir ¿qué diría frente al suave callar/ de la luna que pasa entre nubes de plata /coronando el supremo teatro de la muerte?
Cuando me despedí con esos nudos que aprietan y retuercen con saña la garganta, seguramente pasaron por su mente aquellos versos de su fértil cosecha: Dejadme solo pues señores de la tierra. /Dejadme al menos creer que el sueño será largo. Ahí en el disco duro de su memoria quedaba una montaña de anécdotas que por fortuna me tocó compartir con su genio e ingenio.
Ese penúltimo día de su vida lo encontré como escribió Machado a bordo de la nave que nunca ha de tornar, ligero de equipaje , casi desnudo como los hijos de la mar.
Su sonrisa, sus disertaciones y consejos, los libros dedicados con su puño y letra, su figura grande, su frente anchísima, sus comentarios sobre mis libros pasan a formar parte del botín sagrado de mis recuerdos. y hacia Belén ¡la caravana pasa!