El título del libro está inspirado en la propuesta que el educador brasileño Darcy Ribeiro hizo en la década de los años setenta, de una Universidad necesaria para América Latina. En ese entonces, se trataba de diseñar una universidad capaz de hacer frente a los retos de las últimas décadas del siglo XX. Hoy en día, la naturaleza y complejidad de los cambios que experimenta la sociedad contemporánea, nos obligan a replantearnos los objetivos de la transformación universitaria, que debe traducirse en procesos más profundos y radicales que los promovidos en las décadas pasadas, si es que la institución que por siglos hemos denominado la universidad ha de sobrevivir.
Frente a esta problemática que desafía la inteligencia, creatividad y responsabilidad de la nación humana, surge como impostergable una nueva visión del mundo y del futuro de la especie humana, si ésta ha de sobrevivir al siglo XXI. Ninguna otra entidad está mejor constituida que la universidad para enfrentar este reto civilizatorio. De esta manera, el primer desafío que la universidad del siglo XXI debe enfrentar es asumir críticamente la globalización, hacerla objeto de sus reflexiones e investigaciones e introducir el estudio de su problemática como un eje transversal de todos los programas que ofrezca.
La educación superior contemporánea requiere transformaciones e innovaciones profundas, que hagan temblar los cimientos de nuestros sistemas educativos, tan ligados a la tradición. El profesor Cristovam Buarque, en su ensayo La Post-universidad, afirma: El desafío de la universidad para las próximas décadas es mucho más que cambiar, es evolucionar. Mucho más que reformar, es inventar. Compartimos la propuesta de la Declaración Mundial sobre la Educación Superior para el Siglo XXI, acerca de la necesidad de diseñar, de cara al siglo XXI, una educación superior pro-activa y dinámica, que demanda para su éxito una política de Estado, una estrategia consensuada con todos los actores sociales, un nuevo pacto social o contrato moral, como lo llama el informe para la UNESCO de la Comisión Internacional para la educación del siglo XXI, más conocido como Informe Delors, donde cada sector interesado comprometa recursos y esfuerzos para hacer realidad las transformaciones.
La reinvención de la universidad es, entonces, un reto que deben enfrentar las comunidades académicas, especialmente las del llamado Tercer Mundo. Es lo que nos corresponde hacer en América Latina, si queremos una universidad necesaria que esté a la altura de los tiempos, es decir, del siglo XXI.
¿Y cuál es nuestra propia propuesta de una universidad para el siglo XXI? En apretada síntesis, nuestra propuesta es la siguiente:
Una universidad que mantenga estrechas relaciones de coordinación con el Estado, la sociedad civil organizada y el sector productivo; que forme parte de un Proyecto Nacional de Desarrollo Endógeno, Humano y Sostenible y que contribuya, mediante su visión prospectiva, a configurar los proyectos de sociedad futura, a nivel nacional y regional.
Una universidad que haga realidad la definición de Jaspers de ser el lugar donde la sociedad permite el florecimiento de la más clara conciencia de la época, organizándose, como propone Habermas, como una auténtica comunidad crítica de estudiantes y profesores.
Una institución forjadora de ciudadanos conscientes y responsables, de profesionales, especialistas, investigadores y técnicos formados interdisciplinariamente, dotados de una cultura humanística y científica, capaces de seguirse formando por sí mismos, de adaptar sus conocimientos a los rápidos cambios que se producen en su campo profesional, laboral y científico, de localizar la información pertinente, evaluarla críticamente, juzgarla y tomar decisiones pertinentes.
Un centro donde se contribuya a conservar, defender, acrecentar y difundir los valores culturales propios, fortaleciendo así la cultura e identidad nacionales, y se promueva la cultura de la paz y la cultura ecológica.
Una universidad donde docencia, investigación, extensión y servicios se integren en un solo gran quehacer educativo, enriqueciéndose mutuamente, y se apliquen a la búsqueda de soluciones para los problemas de la sociedad, la nación y el mundo.
Una universidad que promueva la integración regional pero que, a la vez, incorpore en su enseñanza una visión holística del mundo, auspicie la comprensión entre las naciones y asuma, resueltamente, la dimensión internacional que hoy día tienen el conocimiento, la información y la propia educación superior.
Una universidad consciente de la globalización del conocimiento y, por lo mismo, integrada a las grandes redes telemáticas académicas y científicas, que participe activamente en el mundo universitario internacional y regional. La integración de todas estas redes de investigadores y académicos en una red de redes, conducirá a crear, como ya ha sido señalado, una verdadera comunidad universitaria mundial.
Una universidad comprometida con la calidad y la pertinencia, que acepte la evaluación por sus pares y que practique la autoevaluación sistemática de todas sus actividades y gestione la acreditación de sus programas y carreras por agencias nacionales competentes. Además, que consciente de su responsabilidad social, sin menoscabo de su autonomía, reconozca que está sujeta a la evaluación por la sociedad de la eficiencia y eficacia de su desempeño (accountability) y a la rendición social de cuentas.
Una universidad que sepa emplear todos los recursos de la moderna tecnología educativa, sin permitir que la máquina reemplace al profesor, salvo aquel, que según Skinner, merezca ser reemplazado por ella.
Una universidad que diversifique su población estudiantil y su oferta de carreras, incorporando también carreras cortas de nivel superior, prestigiadas por su identidad académica y por su posibilidad de permitir el paso a las carreras de larga duración; que introduzca institucionalmente la educación a distancia y que ofrezca oportunidades de formación a personas de todas las edades, aspirando a ofrecer una educación superior por todos, para todos y durante toda la vida.
Una universidad inserta en la totalidad del sistema educativo, del cual debe ser cabeza y no simple corona, preocupada por los niveles que le preceden, a los cuales debe aportar no sólo personal docente calificado sino también propuestas para su mejoramiento cualitativo y planeamiento.
Una universidad incorporada plenamente en un subsistema de educación postsecundaria. Este debería comprender las universidades y todas las demás instituciones de rango superior no universitario, articuladas entre sí, de suerte que se ofrezca a los jóvenes y adultos mayores una rica y variada gama de oportunidades educativas, todas las cuales deberían permitir la incorporación temprana al mundo laboral y, a la vez, la posible continuación de los estudios hasta los más altos niveles de formación académica.
Una universidad edificada sobre la base de estructuras académicas y administrativas flexibles, que ofrezca currículos flexibles, que comprendan ciclos de competencias generales, básicas, profesionales y terminales, acompañadas de las destrezas y habilidades requeridas para cada especialidad, que propicie la reintegración del conocimiento y el trabajo interdisciplinario y transdisciplinario.
En fin, una universidad donde las ciencias, las humanidades y las artes encuentren un alero propicio; la innovación, la imaginación y la creatividad su morada natural, y la barca del sueño que en el espacio boga un lugar seguro donde atracar.