Aleluya

Se reinicia el proceso cristológico de la bienvenida y de la resurrección. En ambas inmortales efemérides toma altura el clima del espíritu. Primacías en la cuna y palmas en la Pascua. El nacimiento del Niño Dios llena las casas de unción, de júbilo en el seno de la familia, inspiradora de la militancia en la […]

Se reinicia el proceso cristológico de la bienvenida y de la resurrección. En ambas inmortales efemérides toma altura el clima del espíritu. Primacías en la cuna y palmas en la Pascua. El nacimiento del Niño Dios llena las casas de unción, de júbilo en el seno de la familia, inspiradora de la militancia en la fe en un mundo que requería la protección del Redentor, puesto en el rústico pesebre para preludiar el orgullo divino de la humildad.

En estos tiempos los coros desempeñan una función relevante plena de armonía solidaria. La entonación compartida se pone encima de los solos. Por ello en la celebración se sumerge el egoísmo. Voces de diferente tesitura en cantos poblados de triunfo.

Muchos compositores de ayer y de hoy tienen su aleluya. Muchos igualmente su Ave María. Dos surgen con mayor frecuencia: Franz Schubert y Georg Fiedrich Haendel. En este sobresale una reiterativa variedad de formas. Su Aleluya puede tirarse al viento con sólo seguir la iniciativa del coro al formular una de las tantas entradas del Oratorio las cuales van eslabonándose como si fuera una sola lectura en diversos capítulos, las partes del advenimiento, las partes del drama y las de la gloriosa resurrección.

Hemos disfrutado —cuantas adorables veces— este concierto de reverente, jubiloso y temeroso estilo. “Todos los valles se alzarán, la voz del que clama en el desierto anuncia alegremente cómo cambiará el mundo con la llegada del Mesías”. Se le hace honor al significado de ese fragmento de alma cautivada al ponderarse la vinculación orquestal y de los coros al definirse con la participación de todos, sin exclusión alguna de quienes estén en la línea del sonido, con preámbulo en las contra-melodías de los violines y el remanso de una siciliana para tesitura de soprano. Así —con ese anticipo— los coros envían el mensaje total, corporativo en el plan artístico de elevarse y de decrecer no saliéndose del territorio de la armonía hasta coincidir con lo que deja la impresión de ser un difícil disminuendo al cual no se le perdona la menor indiscreción. Aquí las voces humanas (aria, coro o recitativo) desmejoran el valor de los instrumentos hechos por el hombre. El creador fue el arquetipo de la voz humana. Está sigue siendo la fuente de la inspiración.

Qué sería el Mesías —el Oratorio— sin ese orgasmo divino del Aleluya, sin esas voces que por supuesto invaden el espacio de la orquesta. La orquesta puesta en el rol de acompañante en estos tiempos de festividad religiosa. El Mesías debe gozarse creyendo en la categoría sobrenatural del personaje que le da nombre. Es como una Biblia cantada, Biblia en misa para entonar, para rezar con la guzla mistificada, para festejar uno mismo sintiéndose fuera del clima matérico.

Haendel exalta el nacimiento del cambio del hombre y lo hace no perdiendo de vista la señal de los profetas: “La llegada del Salvador propicia los efectos del fuego y los purifica”. Si usted se fija en el bajo en el pasaje del Aleluya, bien podría percatarse de que su gravedad “glorifica la luz que alumbra en las tinieblas”.

Estamos en el momento en que le corresponde apenas nacer para después quedarse para siempre y ser el rey del mundo cristiano.

La Prensa Literaria

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