El viento en las cuerdas

El pasado primero de diciembre se le cantó un poema a la música clásica desbordado de cariño para los autores que anduvieron desplazando sus banderas entre los siglos 18 y 20, no eximidos los restauradores en la contemporaneidad como Paco Serrano para quién hubo frases alusivas a su triunfal carrera de guitarrista flamenco desde que […]

El pasado primero de diciembre se le cantó un poema a la música clásica desbordado de cariño para los autores que anduvieron desplazando sus banderas entre los siglos 18 y 20, no eximidos los restauradores en la contemporaneidad como Paco Serrano para quién hubo frases alusivas a su triunfal carrera de guitarrista flamenco desde que nació (1964), como Bernard Garfield, el legendario fagotista de la Orquesta Sinfónica de Filadelfia desde el año 1957. Acompañados por antecesores de profunda data, habitantes gloriosos y tristes del siglo XVIII como Francoise Devianne, maestro de la ópera de París en la cual nunca dejó de oficiar a partir de 1779, sobre las cualidades agrestes y pastoriles, la gravedad exquisita del fagot, honrado por Mozart con perseverancia en su música de cámara y en sus sinfonías.

Bajo las luces hechas de cristal en el pequeño salón del Teatro Nacional Rubén Darío, ahí abajo en el escenario de invitante portada estaban celebrados por la imaginación y la consagración auditiva, otros inolvidables de esos tiempos, el francés Eric Satie cubierto por el velo sagrado de sus Gymnopedies, una de las cuales fue puesta para avivar su memoria y revivirnos, el también francés Georges Bizet (1838-1875), el amor de un nombre por el cual quizá murió, Carmen y otro de sus ilustres paisanos, Charles Gounod en las notas luctuosas puestas graciosamente en el destino de un marioneta.

El espectáculo fue bautizado con el calificativo de El Viento Entre Mis Cuerdas. El viento representado por el fagot, tocado con vocación por sus arterias, por Robin Aldana y quien iba a presentir antes de ser oído que la doliente imagen de Satie iba a reflejarse a través de un conjunto-viento y cuerdas-violín, viola, violoncello, guitarra, por el joven ejecutante, arreglista y compositor Eduardo Araica, sacando a Satie de la soledad del piano, instrumento para el cual la escribió. No era Clidat en Satie, no era el intérprete idealizando a la armonía en los montes de la contemplación. La exclusión del solista (Clidat es solo un ejemplo extraído de las preferencias) fue una de las primicias de esa noche apasionada en la cual los artistas dieron de sí toda la capacidad actuante, técnica y sensible para complacer a la modesta asistencia en un espacio donde lastimosamente superaron en número las sillas vacías, curiosamente lleno el salón de la tortuosa soledad que siempre anduvo tras el destino del melancólico y aislado creador, esta vez sonando a melodía corporativa, solidaria de grupo que lo puso distante —en la paradoja— de su eje ácido y rebelde.

Fue el concierto —en gran parte— un homenaje al fagot, el aparente solitario pero erguido por la estrella del viento a través de Robin Aldana, quien también como Araica, mostró las dotes de arreglista en la marcha de Gounod, donosa y trotante, fúnebre en el fondo pero pícara en la superficie. Concepción novedosa con la cual se puso el adiós en la noche, para fagot, guitarra y trío de cuerdas.

La Prensa Literaria

Puede interesarte

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí