Arturo Pérez-Reverte. (LA PRENSA /EFE)

El Pintor de Batallas

El escritor Arturo Pérez-Reverte revela en su novela el conflicto que se establece a partir de la visita de un ex soldado croata, al hombre que le tomó una foto durante la guerra étnica en la antigua Yugoslavia La novela tiene el reto de desentrañar los rincones humanos, destacar historias subyacentes movidas por pasiones, desde […]

  • El escritor Arturo Pérez-Reverte revela en su novela el conflicto que se establece a partir de la visita de un ex soldado croata, al hombre que le tomó una foto durante la guerra étnica en la antigua Yugoslavia

La novela tiene el reto de desentrañar los rincones humanos, destacar historias subyacentes movidas por pasiones, desde las más cristalinas hasta las más oscuras. La creación es esencialmente ficción, que aunque devenga del caos y del horror, se estructura de manera armónica a despecho de aparentar —en su representación de la vida y el mundo— disparate y perversión que en línea general, suelen gobernarnos, ya sea por la búsqueda insaciable de un algo, bien llamado verdad o belleza, o por la obstinación del Mal respecto al concebido Bien pendular.

El Pintor de Batallas (Alfaguara, 2006; 301 págs.), novela de Arturo Pérez-Reverte (Colombia, 1951), trata del conflicto que se establece a partir de la visita repentina de un ex soldado croata, al hombre que le tomó una foto durante la guerra étnica en la antigua Yugoslavia, misma que recorrió el mundo estampada en la portada de una revista importante, por la cual ganó un premio internacional. Aquella foto, por las consecuencias que derivaron de su captura por el enemigo, destrozó la vida del croata, quien proponiéndose matar al causante de su tragedia, no descansó hasta encontrarlo. “Leí, busqué en periódicos viejos, en internet. Hablé con gente que lo conocía… Usted se convirtió en mi navaja de afeitar rota” (p. 116). El fotógrafo de guerra estaba convertido en pintor, viviendo solitario en una torre vigía junto al Mediterráneo, pintando un mural en una de las paredes interiores, la pintura de batallas para la cual se había documentado por años. “Pinto la foto que no pude hacer”, decía.

En el desarrollo de la historia, el diálogo como recurso técnico es esencial, cabal en las expresiones de sus interlocutores, muchas veces inserto en los pasajes de recuerdos, haciéndose parte del flujo narrativo, donde el hablante asalta al narrador casi con una exactitud geométrica.

Sus personajes principales y activos están limitados a dos: Faulques —el pintor, antiguo fotógrafo de guerra— y Markovic —ex soldado croata, el visitante— vinculados desde la distancia y el tiempo a un solo acontecimiento en sus vidas, que produjo una fotografía internacionalmente famosa, causa del resentimiento y del posterior encuentro. Dos tópicos distintos de la historia de una fotografía delinearon su vértice, sumergida en el horror y el dolor, la desesperanza. El cuadro psicológico está caracterizado por las secuelas de guerra, las marcas de un oficio que se desempeña en condiciones o circunstancias de peligro extremo, que exige una actitud de observación fría y distante de las emociones, así como la necesidad de humanizarse, es decir, ir más allá de las aberraciones y maldades de la condición humana.

Interviene el recuerdo de Olvido Ferrara, fotógrafa de cosas e indagadora de lo intenso, apasionada por la historia de la pintura y amante de Faulques, caída durante aquella guerra en el desempeño de su oficio. Es un personaje ausente pero evocado no sólo por las circunstancias de su muerte y la convergencia momentánea de Faulques y Markovic sino también por sus enfoques acerca de la vida, las cosas, la fotografía y el arte en general.

La voz de Carmen Elsken, la guía turística que el pintor conoce casi al final —encuentro efímero— da la sensación de tiempo lejano avenido en eco, un presente que sólo puede contener y evocar pasado en la existencia del pintor.

El caos se personifica en la guerra que Faulques plasmaba en el mural de interiores, representando horror y estupidez, bajeza humana, dolor y degradación moral. “La maldad fuera del control de la razón y como instinto natural del hombre” (p. 256). Pero también hay amor, ciencia, esperanzas por un tiempo de mayor evolución de la humanidad, clausurando el que vive, casi animal. He aquí el mensaje central de la novela. La guerra no es más que un telón de fondo, con la misión de graficarnos la crueldad que el hombre es capaz de generar. En uno de los diálogos, Markovic, con el dolor aún a cuestas por todo lo vivido y perdido durante la guerra, dice: “Para quien ha vivido una guerra, el alba es señal de cielo turbio, de indecisión, de miedo a lo que va a pasar…” (pág. 109).

La belleza tiene expresión sublime en el mural a pesar de sus imágenes trágicas. El afán por la fotografía perfecta nunca antes lograda, se constituyó en su única razón de vida. El proceso pictórico descrito destaca el sentido cromático de la realidad en sus diversos ángulos, incluso en el que se está, pero que por exclusión del visor de una cámara fotográfica, no nos vemos. Faulques, el pintor, concluyó la pintura, pero sólo después que Markovic le hiciera “ver cosas que no veía”.

La Prensa Literaria

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