Cuando murió Sandino decidió venirse a las llanuras. Era distinto el paisaje de su tierra segoviana. Aquél, un horizonte hecho a dentelladas, éste tirado a cordel. Le sorprendió aquí la pereza de los caminos tendidos en el llano, tan diferentes, y el infinito de su mirada perdida en el lomo del mar.
Su instinto quería lavar la pólvora de tantos años terribles, vida como el horizonte de aquellos paisajes. Había que limarlos en el llano, y tender al sol su conciencia, desgastar la voluntad de guerrear olvidarse.
Se deslizó de la cordillera por el camino polvoriento; para sus piernas de potro no era necesario el potro; para eso subió duros repechos en largas jornadas y se hizo una salud salvaje.
Su juventud primera quedó diseminada en las brumas de la noche segoviana rendida en la distancia; su manta no cobijó mujer alguna; apenas el fusil, caña que le sopló la vida, calentó los sueños ingrávidos. El amor, tal vez, se desplazó violento en cualquier hembra conmovida de miedo.
Ahora era diferente.
Caminó. Bajo el alero de paja de una cabaña encontró sombra en hilachas.
Buenos días, dijo con acento segoviano.
Dios le bendiga
La muchacha, echa de barro, agazapó instintivamente su sonrisa. Le dio de beber y comer. Él podía haberse relamido de inmediato con la presa enfrente, pero había una suave voz en la niña de piel de níspero que dulcificó los ojos; un balanceado andar que meció su cielo.
Y se quedó en la comarca. Un huertero viejo le vendió un predio lindante. Se anudaron al cuello de forastero las miradas desconfiadas de los vecinos. Esta gente siempre teme algo porque la experiencia les advierte el peligro del hombre extraño.
Pero había que trabajar. Arregló el alambrado de la huerta, empajó la casa, removió la tierra con yuntas alquiladas, repartió el maíz en los surcos.
Y en las noches tibias y húmedas de mayo, en la pubertad de la tierra, aspiraba nostálgico el perfume diluido en el campo, con las aletas de la nariz abiertas, como bestias sin pareja, como potro repleto de ausencias.
Algunas tardes se atrevía visitando a la niña. Discretamente le daba a entender que todo el afanarse bajo el sol, encorvarse a la tierra hasta desfallecer, era para que, algún día, le llenara el hueco de su tapesco de varas de guásimo en las noches calladas y truncas.
El año que viene sembraré también frijoles
Ojalá que no venga el chapulín agora
¿Y por qué? Ya verá después. Si alguien quiere venirse conmigo hasta la yunta propia y cuajada de mis vacas tendremos
La milpa se estaba poniendo rubia; era rubia la tierra con el vello de todos los maizales huertanos inclinándose suavemente con la brisa, mano de mujer sobre la piel de la tierra. Rubia bajo el sol de agosto, bajo este claro cielo sin secretos.
La milpa granada estaba ya que dobla; había que cuidarla del animal del monte y del que anda en dos patas no fuera a ser que el mapachín vestido se la llevara
(Fragmento)